Barrera

diciembre 21, 2014 by

El aullido de los perros a la luna se explica.
Los bocinazos de los autos a la barrera, no.
El bulldog industrial con su correa
atada a la capital
apenas puede con sus fallas y encima
sufre una ajena: de cálculo.
Oro o lo que sea
estos minutos valen.
Chorrea la frente, los pies le pesan, se evapora
y entiende que la paciencia es el cuarto
estado de la materia. Detrás de él,
reservas de Ulises aguardan
la navidad de los autos, la condición
de nave que salga volando.
Hay, quién dijo que no,
en este lugar
todo tipo de fantasías
forjando familias tan nerviosas como imaginarias
a las que la cena se les atrasa.
Y hay un auto, a veces, que,
con la barrera alta, igual no arranca,
su conductor tomado por un nuevo puro límite
o ya midiendo el lío en que va a meterlo
su revelación.

La tónica del traductor

noviembre 21, 2014 by

Sé hacer fuego, pintar paredes, traducir, hacer un jardín,
enseñar a un perro, encuadernar, hacer ginebra.
Idea Vilariño

Sé escuchar. Es un don compensatorio por no ser un gran poeta. Voy por la calle y escucho; vuelvo a casa, me siento a hacer mi trabajo, y sigo escuchando. Soy traductor, que es como trabajar en un call center al revés: uno levanta el tubo y pone simplemente la oreja. Los textos llaman y hablan.

Todo habla, en realidad. La mayoría de las veces, para decir nada. O cosas muy menores, marginales, que quizás no deberían entretenerme. Voy por la calle y me divierto escuchando a gente que no conozco, me fascina sobre todo cuando los “atrapo” diciendo alguna de esas expresiones que son marcas de época. Esto último nos fascina a todos, ¿no? Escuchamos esas jergas y automáticamente se arma, en el Excel de nuestras cabezas, una planilla con la edad del que las pronunció y con algunos datos más (ambiente en que la persona se crió, si era medio boba en la adolescencia, si lo sigue siendo, etc.). Como el tipo que hoy le dijo a otro, en Parque Centenario: “¿Qué hacés, Desaparecido en Acción?”. Esas cosas también hablan. Los usos de la lengua. La sociolingüística es el porro del traductor.

En el primer párrafo, “levantar el tubo” es otra de esas expresiones datadas, no sé si se dieron cuenta. No uso celular y por eso ejerzo como último guardián de la expresión “levantar el tubo”. Pero también presto oídos a lo que inventa el presente, con sus jergas que a veces me alucinan y otras me dejan triste o perplejo. Hace unos días me preguntaba qué tuvo que pasar para que “Con vos tengo un problema” hoy se diga “Con vos tengo un bondi”. Esa es de las que me entristecen; pienso que un colectivo, un bondi, es algo que debería simbolizar un acercamiento, un contacto, y que “con vos tengo un bondi” tendría que ser más bien “hay algo que nos une”. Pero significa lo opuesto.

* * *

Mi trabajo es así: primero escucho esta lengua. En lugares cerrados y abiertos, en pasillos y parques. En boca de viejas locas que la parafrasean, de académicos que la subordinan, de poetas que la deforman, de actores de teatro que la modulan, de cajeras de supermercados chinos que la sintetizan. Después vuelvo a casa y escucho a la otra, la lengua extranjera. Radicada por un rato en mi departamento, instalada pero siempre de visita, está hecha de frases pronunciadas en otras calles, de Brasil o de Inglaterra, de Lisboa o de Chicago, y que los escritores de esos países roban y recrean. El tercer paso es buscar el semejante castellano para esas frases: de la mano de lo ajeno vuelve lo familiar. Palpo semejanzas entre idiomas, y no paro hasta desilusionarme de que exista una equivalencia perfecta.

Escucho también el rumor de las teorías de la traducción: son muchas, y todas enseñan algo. Si el quid de la literatura, desde el poema hasta la descripción, pasa por elegir una palabra dentro de un bol de posibilidades, ¿cómo no va a haber muchas preguntas (y teorías) acerca de por qué el escritor prefirió tal palabra? ¿Y cómo no van a ser más las preguntas cuando alguien agarra un segundo bol, lleno de opciones en otro idioma, y elige la propia? Para su historia el escritor pensó un obrero, un dandy, un secretario de la ONU y un pastor evangélico. Mantener la misma tónica del habla en cada personaje es, para el traductor, una obligación total. Y a la vez un imposible, pero no porque no existan formas y registros similares en cada lengua. Lo equivalente (que siempre existe) desbalancea. Transforma lo ubicado en desquiciado. Hace de un obrero portuario de la ciudad de Santos, un obrero portuario de Berisso. Y esa matemática fiel al mundo acá se vuelve tramposa. Hay textos que la admiten y otros que la rechazan. Algunos incluso la piden: los más desaforados, los más palabrísticos, son los menos difíciles de traducir. Pero no existe receta. Ninguna teoría es para todos los casos.

Dar con el tono pero sin marcarlo, y hacerlo con palabras que de por sí son marcas. Como no escucho gilipolladas, no las traduzco; pero tampoco traduzco boludeces. Es el principio que normalmente sigo, hablando mal y pronto, pero a veces me traiciono (córtenla con eso de que el traductor es un traidor, dice Marcelo Cohen, cuando en realidad es un traicionado). La salida muchas veces es una apuesta al cómo poner, en vez de al qué poner: una confianza en que el matiz que habrá de convertir a una frase traducida en una frase genuina de algún castellano real no pasa por el vocabulario (el vocabulario hasta puede ser el enemigo de una buena traducción) sino por la sintaxis, por una manera de poner el objeto antes del sujeto o un lugar particular donde colocar esas formas insidiosas que a veces son los pronombres. Todo sea porque un personaje brasileño que está cansado no se vaya a “apoliyar”, como ocurre en las versiones de algún colega. Si me perdonan la frase, creo que la sintaxis y a veces también la morfología pueden dar con el tono mejor que el léxico, y hacer que una traducción tenga su identidad de lugar sin decirla a los gritos. No creo en un vocabulario neutro o pan-hispánico (las palabras más comunes, las usadas para hablar de la ropa o las comidas, son distintas en cada país) ni tampoco en los refinamientos criollistas como ese famoso retruco de Borges según el cual lo rioplatense se capta mejor en palabras de uso amplio, como “patio”, que en otras locales como “bulín”.

* * *

No tengo credencial: soy traductor literario. La formación viene de leer literatura en mi idioma y al menos en una lengua más; la habilitación de trabajo, el certificado, no rige en ninguna parte. Se es traductor literario porque se convence a otras personas de que se lo es. Un título de licenciado en Letras o uno de traductor en el Lenguas Vivas pueden ayudar bastante. Un título de traductor público en alguna facultad de Derecho sirve para otras cosas, que requieren credenciales, como traducir un acta de divorcio. Para esto último la literatura es un mundo aparte. Un acta de divorcio se traduce sin la menor necesidad de leer Madame Bovary.

Traduzco del portugués y del inglés, dos lenguas que dan trabajo aunque por diferentes vías. El portugués, lo mismo que el francés, el alemán, el italiano, el ruso, el japonés y el chino, tienen un archivo de obras literarias extraordinario y dentro de él un puñado de autores conocidos y leídos en todo el mundo. Pero esas obras no tienen tanta demanda de lectores como las que se escriben en inglés. Por ende no generan tantas oportunidades de trabajo. Esto se matiza en el caso del portugués, el alemán y el francés porque existen fuertes programas institucionales creados para que sus literaturas, aunque no se vendan tanto, igual se difundan en el exterior. También el chino, el japonés y en menor medida el coreano, el holandés, el sueco o el finlandés son lenguas de estados con algún tipo de programa estable de apoyo a la traducción –en el caso del finlandés no es el estado sino el gremio de escritores el que otorga subsidios para la difusión internacional de sus obras. El italiano y el ruso son casos llamativos de tradiciones literarias enormes pero bastante desamparadas. En Argentina, un traductor literario puede llegar a vivir de su trabajo si la lengua que traduce es el inglés, el portugués, el alemán, el francés, en parte el japonés. Puede, en esos casos, sostener su profesión traduciendo cada año un puñado de libros de ficción, ensayo o biografías, reforzado quizás por algún manual o enciclopedia que, aunque son textos más “científicos”, circulan con reglas de la traducción literaria (y se alejan de la traducción legal de documentos, que es otro espacio y otra cosa).

Ocho libros por año es lo que hay que traducir para vivir básicamente de esto. O unas dos mil palabras por día, de lunes a viernes. Cansa, sobre todo si está cerca la fecha de entrega y uno tiene que apurar el ritmo. Cuando se traduce tres mil palabras por día, la barba crece más rápido. La convención para la tarifa en Argentina toma como unidad el millar, y lo que las editoriales pagan por mil palabras equivale, más o menos, al precio de una botella de whisky importado estándar (mayo de 2014: 200 pesos, 1 Jameson). Conviene entonces que la bebida te la inviten. Los encargos hechos por instituciones del Estado (ministerios, etc.), por individuales (autores) o por editoriales del exterior pueden tomar una tarifa más alta, la que uno propone o negocia.

* * *

En el siglo pasado era común que un traductor literario trabajara sólo para editoriales. Estas tenían un ritmo de edición más aceitado y hasta podía pasar que el traductor fuera un empleado de la casa, con un sueldo o una relación constante. Hoy uno trabaja para editoriales, escritores o estados. Cualquier elemento de esa triple E puede contratarnos. A veces son escritores (o sus herederos, o sus amigos) que quieren que su obra circule en el exterior. A veces son estados, que quieren promover la divulgación de su patrimonio literario. Se me ocurre que los espías, los agentes encubiertos y los distintos mecanismos para robar y ocultar información secreta fueron el sello de un pedazo del siglo XX, mientras que en este nuevo milenio los países, como los artistas en ascenso, más que ir por lo bajo buscan cualquier oportunidad para el autobombo. Así, de ocultar pasaron a competir entre sí por la exhibición más efectiva de sus patrimonios culturales. Y como estos suelen estar escritos en la lengua de cada país, ahí entramos los traductores. Vinimos a reemplazar a los espías haciendo lo opuesto pero con el mismo fin.

Cuando el trabajo viene de un escritor, uno recibe el llamado y no elige lo que traduce: lo negocia. De los estados en cambio raramente se recibe un llamado (y la invitación a traducir un texto que ellos eligieron); lo más común es que uno se entusiasme con un libro, o con un autor, y pida una beca o un subsidio para traducirlo. Los fondos o programas de traducción contemplan varias posibilidades (novelas de cualquier tipo, poesía, teatro, historieta) y, al menos a priori, no hay restricciones de autor: con que sea natural de ese país, alcanza.

Pero la mayoría de los trabajos se hacen con la otra E: las editoriales. Y pueden ser traducciones que ellas encargan o que uno propone. Para lo segundo lo que hay que hacer es llevarle a la editorial un proyecto, un libro que uno eligió y del que se tiene la seguridad de que los derechos de publicación en español no están en manos de otra editorial. Se hace un informe de ese libro y se traduce algún capítulo, que se da como muestra para que el editor evalúe. Mucha gente cree que con las editoriales primero hay que “pegar onda” ofreciendo una traducción gratis: sobre todo la gente de perfil universitario cree eso. Nunca hay que trabajar gratis y por suerte el grueso de las editoriales que están en el mercado formal (librerías) no promueven esa relación. Otro consejo para el que quiere vivir de este oficio es hacerse un primer currículum traduciendo algún libro para una editorial muy chica, de esas que no están en el mercado formal (sus libros más bien en ferias, festivales y ciclos de lectura) y que son muchísimas dispersas en todo el país: Funesiana en Buenos Aires, Neutrinos en Entre Ríos, Chuy en Bahía Blanca, etc. Yo hice eso para Eloísa Cartonera cuando las ediciones baratas con tapa de cartón se vendían en plazas. Las editoriales muy chicas no pagan, generalmente no tienen cómo pagar, pero el traductor que se está iniciando puede negociar un porcentaje de la venta de cada libro. También están las editoriales chicas a secas, o no tan chicas: sus tiradas son bajas pero tienen distribución en librerías, ISBN, algunas incluso van a la Feria de Frankfurt. La relación con ellas no es imposible; lo imposible es que te paguen. La única solución (siempre hay una) es llevarles una traducción y pedirles que ellas mismas gestionen un subsidio –las editoriales chicas son las mimadas de los programas estatales de apoyo. Si obtienen el subsidio, doy fe de que te pagan.

Por supuesto que los tres tipos de cliente –escritor, editor, estado– pueden estar relacionados entre sí. Cuando un escritor te propone un trabajo, él o ella pueden contar con apoyo estatal o editorial, no siempre lo pagan de su bolsillo. Los editores, a su vez, gestionan subsidios oficiales por sus propios medios, con los que costean la traducción y parte de la edición. De todos modos, a uno como traductor las propuestas le llegan (lo mismo si sale a buscarlas) de espacios bien diferenciados, y es bueno tener en cuenta estas diferencias a la hora de hacerse expectativas. Como también es bueno saber que, dentro de las editoriales medianas o grandes, algunas publican traducciones sin condicionamiento de apoyo oficial: cuando el subsidio está, bien; cuando no está, el libro se hace igual. Otras lo hacen solamente cuando hay apoyo.

* * *

Cuando empieza el otoño y llega, para enseguida quedar atrás, la Feria del Libro de Buenos Aires; cuando quedan atrás las presentaciones de libros recientemente traducidos y editados; cuando los invitados extranjeros vuelven a sus ciudades para reunirse con los afectos y preparar las valijas y los libros que llevarán a otros países del mundo y sus ferias; cuando la actividad toca su pico y todos se despiden con un abrazo y una felicitación, en ese momento el traductor literario se prepara, como un oso, para hibernar.

En medio del invierno, con las editoriales empezando a evaluar los libros extranjeros que recién en octubre (y en Madrid, o en Frankfurt) van a comprar; en medio del invierno y sospechando que esos encargos de nuevas traducciones van a empezar a caer con la primavera, y posiblemente con la última primavera, la del noviembre lluvioso y pesado; en medio del invierno y con la certeza de que es época no de ahorrar (ahorrar, si se logró, se logró en mayo) sino de economizar, de gastar poco; en medio de las preocupaciones por pasar el invierno llega de la nada el pedido de un desconocido: ¿traducirías mi libro? O llega una noticia: la editorial Mengana necesita un traductor para la enciclopedia de comidas sin grasas. El traductor hojea esos libros: le parecen impunes. La primera novela de Fulano es un desastre que el tipo, encima, quiere duplicar en español. A la enciclopedia hay que editarla, porque está robada de Wikipedia y ni siquiera homogeneizaron el texto. “Preferiría traducir sólo libros que me gustan”, dice entonces nuestro personaje. Y su novia le contesta: “No seas vago”. Su mejor amigo lo apura: “¿Cómo que ‘preferiría’? Hijo de puta, ¡si ya trabajás de lo que te gusta!” Su hijo vuelve antes de la escuela, se levantaron las clases por el partido del Mundial; escucha las cuitas del padre en torno a trabajos y preferencias y opina: “El técnico de la selección inglesa dijo que preferiría caer en el ‘grupo de la muerte’ antes que jugar en Manaos. Le tocó el grupo de la muerte en Manaos”.

En noviembre, con calor, en medio del vendaval de traducciones que las editoriales prevén lanzar en marzo; en el verano que ya asoma en noviembre por las calles que se tapan de autos porque todos durmieron con mosquitos y se levantaron cansados y nadie quiere ir a trabajar en subte o colectivo; en pleno noviembre con 32 grados al mediodía, el traductor se sienta en el living. En el escritorio junto a la ventana que alguien abrió en la medianera, se dispone a traducir durante horas con una botella de dos litros de agua tónica al lado. Y toma y traduce y piensa que el agua tónica es la octava maravilla. Va a buscar más hielo y traduce y sospecha que además de ser la octava maravilla es la más simple: agua carbonada con aroma de una planta que se llama quinina. Traduce y toma y abre una nueva ventana que le informa que en Argentina hay quinina a rolete porque se la cultivó mucho para tratar el paludismo. Hace una pausa e investiga la composición química de todas las marcas de tónicas. Cierra las ventanas paralelas que abrió y piensa en los tipos que corren por San Martín o Viamonte transpirando a lo loco y con una latita de Schwepps en la mano. Y se olvida del asunto para meterse de lleno, sin pausas, durante al menos una hora, en la novela que está traduciendo. Y siente que su oficio es el mejor que había disponible en esta ciudad.

Octubre de 2014

Rumba

noviembre 17, 2014 by

Neurosis de destino es un concepto que al parecer inventó Freud en 1916. Designaría algo así como la tendencia inconsciente de un individuo a buscar y repetir acontecimientos que van en contra del objetivo trazado. Los periodistas deportivos suelen utilizar ese diagnóstico cada vez que un futbolista se “hace echar” por nada, por una tontería, y se gana la tarjeta roja que lo deja afuera del partido decisivo. En el peor de los casos (o en el mejor, visto desde el inconsciente) el jugador que se hace echar se pierde la final del Mundial. Era “el” partido, la gran final, la tarde fuera de los tiempos donde había que transpirar y poner todo porque ahí ya no servía, ahí dejaba de tener cualquier atisbo de sensatez, la famosa frasecita de que el fútbol siempre da revancha. Y el tipo se hizo echar. Bah, no sé, dice el relator, pero qué estúpido. Y el comentarista mete cizaña: es obvio, se hizo echar. Cómo son los periodistas deportivos. Casi peor que los psicólogos. Pero al fin y al cabo a los periodistas los avala un dato concreto: el destino de un futbolista profesional es jugar al fútbol. Por lo tanto, si el delantero se hace echar es un estúpido. En cambio los psicólogos, ¿cómo saben cuál es el destino de una persona? Sobre todo si la persona es joven, o adolescente, ¿qué saben? Es verdad, yo amaba la economía, me gustaba incluso más que el fútbol. Quería ser ministro de Economía, realmente lo ansiaba. Pero tenía catorce años, y no me gustó el programa de Sofovich. No sé por qué le hice caso a mi mamá, no sé por qué fuimos a hablar con el productor de “La noche del domingo”. Ni siquiera me preparé, ni siquiera me importó que estuvieran buscando al más genio de los chicos genios. Hablé una media hora: inflación, interés, oferta, demanda, renta, librecambio, empréstito, FMI, OMC, BM, tratados… Todavía me acuerdo del nombre del productor: Locaso. Me dijo “sos el pibe que estamos buscando, preparate que este domingo charlás en vivo con Gerardo”. Salimos con mamá y tomamos un submarino con medialunas. Era miércoles o jueves; el domingo volvimos. Me hicieron pasar a un cuarto al costado del estudio. Locaso corría de acá para allá, hacía aplaudir a la gente, transpiraba como loco. En un momento entró una rubia infartante a esa especie de camarín. Me dio un beso en la mejilla y salió volando. Me asomé para verla irse y ya estaba en el escenario con otras cinco chicas. Detrás de ellas, un guitarrista. Formaban un grupo y los presentaron como “Juan Carlos y su Rumba Flamenca”. No podía dejar de mirarla pensando cuánto faltaba para que volviera al camarín a darme otro beso. Me quedé tarado, se me olvidó todo lo que sabía de economía. O tal vez tuve una comprensión rotunda del lugar y supe que mi destino estaba en otra parte. Terminó la canción y las rumberas salieron del escenario por el otro costado. Locaso agitaba al público para que todos aplaudieran cuando salí. Entre el estudio y la vereda caminé unos cien metros y la calle Cochabamba estaba completamente oscura.

El poeta indigente (1a parte)

noviembre 7, 2014 by

Circunstancia nacional: circo y estancia,
la masa en el trapecio, mamá en cama
forrada y con tristeza, papá recio
lotea en ajedrez y gana en damas.

Me fui cuando empezaban los noventa.
Mi Morrissey interno me avisó:
“Andate de esta sociedad de mierda,
llevate la tarjeta y el Renault”.

Me fui y viajé. Por selvas y desiertos
sentí la soledad, como Rimbaud.
Llamé una noche a casa, mandé carta.
Papá, si la leyó, no respondió.

Entonces trabajé. Cinco semanas
a pleno en una hacienda yerbatera
de un paraguayo loco de Posadas
que me ofreció a su hija, misionera.

Vivimos por un tiempo de la renta
que nos daba mi suegro. Un día me visto,
salgo a comprar el diario y me doy cuenta
de que Papá, de golpe, era ministro.

Ministro y con ideas importadas
para reorganizar la economía:
campo que no rendía, se loteaba;
pueblo que daba pérdida, moría.

Su lema era cerrar si no recauda.
Mi suegro no aguantó y se fue a Asunción.
El campo se secó como un paraguas
sobre otra mesa más de disección.

Y mi mujer, ¿qué hizo? Siguió al padre.
Yo a Paraguay no voy, fue mi respuesta.
Con la última plata, llené el tanque.
Volví porque extrañaba los noventa.

Y me anoté en Sociales, en la UBA
y me anoté en un curso de poesía.
“Vos siempre haciendo cosas pelotudas”,
dijo Papá al saber que yo escribía.

Entonces lo encaré y casi lo estampo.
Al mes largué la facu porque sí.
Un día que mamá estaba en el campo
tomé prestado el auto y fui a Brasil.

Y en Río atravesé una buena época
viviendo en clubes, autos y garajes.
Ahí publiqué un poemario, era mi réplica
al neoliberalismo salvaje.

Me colgué en esperar. Pasaron días.
Hice un viaje al sertón, como Rimbaud.
Nadie leía mi libro. En Argentina,
Papá, si lo leyó, no respondió.

Mi poesía también estaba sola:
el público lector no acompañó.
Dejé el Brasil. Volví. Rompí las hojas
de aquella mi creación: Floripon/Dios.

Ahora vivo en la calle, a mi familia
jamás la volví a ver, sólo a un amigo
que estudia bilingüismo y psicodelia
le paso cada tanto lo que escribo.

Agora sou eu mesmo, o que também
significa ser-não, perder o trilho.
Meu día en Praça Flores é um réquiem
para o cara que eu foi cuando era filho.

de: La sensación de trabajo

Historia del comic estadounidense (fragm.)

octubre 17, 2014 by

Jerry Siegel y Joe Schuster tenían diecinueve años cuando crearon a Superman. En la industrial ciudad de Cleveland, en el medio oeste, recién salían de la secundaria. Sus otros amigos, los más cercanos a la yunta de tiempo entero que ambos formaban, eran amigos por correo: fans, como ellos, del cine y los cuentos de ciencia ficción. Iban moldeando, en sus cruces de cartas, una hermandad moderna de chicos tímidos capaces de tomarse muy en serio el pedacito de cultura popular que los apasionaba, y de discutir horas sobre temas que la otra gente simplemente rechazaba o consumía. Eran los primeros junks, o nerds, o geeks.

Tres años antes, en el ‘31, Jerry y Joe se conocían y debutaban como dupla creativa con historietas para el diario de la escuela. El primero, que quería ser escritor, ya publicaba un fanzine, Cosmic Stories, con los cuentos que las revistas le rechazaban. El segundo, más historietófilo, dibujaba hasta entonces con sus propios guiones. Tenerse uno a otro a dos cuadras de casa los envalentonó: armaron una nueva revista, otro fanzine mimeografiado en las máquinas del cole. De salida mensual, le buscaron un título a lo grande: Science Fiction, the Advance Guard of the Future Civilization.

La base la aportaba Jerry: eran cuentos propios, que Joe dibujaba, y reseñas de libros de otros, como por ejemplo una nota sobre Gladiator, el éxito entre las ficciones populares de 1930. En esa novela de Philip Wylie, un científico inventa un suero que potencia enormemente la fuerza física humana, y se lo inyecta a su mujer embarazada. El resultado es el nacimiento de un niño superpoderoso, que cuando crezca dirá: “Soy como un hombre hecho de acero en vez de carne”.

También para la revista de ambos, Jerry y Joe compusieron un relato ilustrado: “The Reign of the Superman”. El término superhombre era usado allí más o menos en sintonía con el concepto de Nietzsche, designando a un protagonista que por su fuerza de voluntad –en este caso, por sus poderes telepáticos– se propone dominar el mundo: un “villano”. Pero meses después barajaron la idea de un héroe, no una amenaza, con ese nombre, y sin el recurso a la magia o la telepatía sino con poderes básicamente físicos, corporales –Joe, dicho sea de paso, era muy flaco y tenía una obsesión con el fisicoculturismo y las academias como la de Charles Atlas.

Lo otro que barajaron entonces, y en esto el rol de Joe creció, fue plasmar al héroe en historieta. Era 1933, cinco años antes de la llegada de Superman al público. Al menos eso es lo que probaron los herederos de Siegel y Schuster en 2009, en uno de sus tantos rounds judiciales con DC Comics: la primera historieta, la del origen, la que destruye a Krypton, la que exhibe al bebé en su cápsula espacial, al héroe con sus típicos brazos en jarra y al traje con sus colores primarios, la hicieron a los diecinueve.

* * *

Más que de comprar diarios para leer las tiras y los suplementos, eran chicos de perseguir espacios donde la ficción lo ocupara todo: salas de cine y revistas pulp. Sin embargo el personaje se plasmó en cuadritos, y para eso fue determinante la llegada a kioskos de una primera revista de historietas a base de material inédito: Detective Dan. La publicación, que apenas tuvo un número en 1933, traía por héroe a un detective que plagiaba a Dick Tracy, y le daba a Jerry la idea: crear, para ese ambiente germinal de los comic books, no una historia de crimen sino de ciencia ficción. Detective Dan fue el disparador para saltar del relato ilustrado al comic; fue una influencia de otro tipo, más de formato que de contenidos, pero que quizá impuso pautas argumentales: uno podría pensar que fue esto, el salto del pulp a la historieta, lo que implicó pasar de un protagonista “villano” a un héroe. El editor de aquella revista, por lo demás, se dice que aceptó a Superman para el número 2, que nunca llegó a salir.

Y el dibujo humilde de Joe para esa primera historia (que acabaría editándose años más tarde) sugiere poco interés por los desafíos realistas que se proponían los dibujantes de tiras de aventura para los diarios. Tampoco es que abundaran esas tiras –a comienzos del ’34 era muy reciente el ‘Flash Gordon’ de Alex Raymond, y todavía no estaban ‘Terry y los Piratas’ de Caniff ni ‘El Fantasma’ de Lee Falk–, pero ya había héroes famosos: Tarzán, Tim Tyler, Buck Rogers y Dick Tracy lo eran. El centro del medio oeste, Chicago, nucleaba a los dibujantes mejor formados y más exitosos: Harold Foster (Tarzán), Lyman Young (Tim Tyler), Dick Calkins (Buck Rogers) y Chester Gould (Dick Tracy), todos habían pasado por la escuela de Bellas Artes, el Chicago Art Institute, y traían, unos más que otros, su aprendizaje culto.

Pero Joe dibujaba estrellas de cine, ésa era su fuente de inspiración.

Jerry diría más tarde: “Las películas fueron nuestra mayor influencia: sobre todo las de Douglas Fairbanks”. Cosa que la imagen de Superman delata. Los estudiosos, en efecto, notaron que el calzoncillo por encima de las calzas ajustadas y los característicos brazos en jarra del héroe vienen de un fotograma publicitario de la película El ladrón de Bagdad, que tenía a Fairbanks como actor principal. Schuster era el ladrón del Ladrón de Bagdad, mientras que Siegel, precursor de Tarantino, mechaba un poco de todo: la narrativa tomaba lineamientos del pulp, el escenario y los personajes homenajeaban al cine; el nuevo hogar de Superman, Metrópolis, aludía al film de Fritz Lang, y los actores predilectos del escritor, Clark Gable y Kent Taylor, daban el nombre para el héroe en su vida cotidiana: Clark Kent.

Otra cosa que dirá Siegel: “Joe y yo prácticamente vivíamos en las salas de cine”. Y Superman, en esa línea, vendría a ser el tipo de héroe que la pantalla aún no podía representar. El héroe que se luce tirando un auto a cien metros, saltando kilómetros, finalmente volando (no lo hace desde el principio). Es historieta que levanta la apuesta del cine en palabras de pulp, y es imagen de una filmación que vendrá. No fue entonces una lógica interna –nunca lo es– lo que hizo que con él la historieta imponga un nuevo género: el de superhéroes, o el de cierto tipo de superhéroes.

superman-fairbanks

La sensación de trabajo (1)

octubre 8, 2014 by

Hace diez años que volví de Helsinki a Buenos Aires. Me mudé a dos cuadras de Plaza Flores, a un PH que hoy está en plena refacción y donde durmieron más de cien poetas latinoamericanos invitados al festival Salida al Mar. Para celebrarme los diez años pego acá un poema escrito a caballo de esa mudanza y que alguna vez publicó Eloísa Cartonera. Un poema de los días en que los clubes de trueque empezaban a languidecer y Néstor Kirchner a volverse entrañable. Yo esa vez no volví al país porque creía en el gobierno; volví porque quería hablar castellano. Pero lo bueno es que estaba Néstor.

plaza-pueyrredon

PLAZA FLORES

1

Una vez más nos encontramos todos juntos
con esa fuerza.
El viento sopla, la tarde se infla. En el centro
de un cuadrilátero de tipas
un mandiyú florece, el tronco hinchado del polen
que cinco plátanos vecinos le traen.
Zigzagueando
entre los árboles y los monumentos
los chicos van de las facturas al fulbito –gritan:
“¡Una docena se van a comer!”.
Todo es acción y hasta el indigente
apenas drogado
con el envión del despertar crea otra siesta.

“Gana Ibarra, Kirchner lo apoya”, dice
la banderola. Una cuadrilla
palpa la tierra por donde va a pasar
el nuevo riego. Van a cerrar la plaza
se calcula que por sesenta días.
En la parte de los juegos las madres
miran a sus críos en los subibajas
y hablan de panzas.

Está viniendo
(“va a estar acá en una hora”) el tipo
que llegó a presidente
apenas con el voto de los poetas.
Vendrá y no dirá ninguna palabra,
una corriente de afecto ligará su mano
a la del chico que imita a Michael Jackson.
Otros, en entrañable big bang
irán dispersándose
hacia los clubes de trueque y los centros culturales del barrio
luego de abrazarlo.
Quedarán las madres, al lado de los toboganes
y el indigente en su banquito y la pelota
que pega en el santuario de ladrillo.
La pelota que la virgen rechazó.

Mañana cierran la plaza.
Por sesenta días. Por mejoras.
El doble de Michael llevará su paso lunar
a la temporada de Villa Gesell.
Pero ahora está ansioso y quiere
bailar para el visitante.
“En una hora” esto se llena de gente
que, como él, vive del arte, sin plata
trocando sílabas.

Cadencia y enojo: en una hamaca
a uno que comía pizza
se le cae la caja.
(haiku)

Alrededor: audio, iglesia y pañalera.
Más allá un cine que brilla
menos que la pizzería.
Cables de teléfono y luz
tejen un ring entre las copas de las tipas.
Por esos cables la voz
de la esposa del futbolista
llega a los oídos de la esposa
del entrenador.

Sexto piso enfrente, sin balcón.
Ahí vive y mira la plaza, desde arriba
la oposición. Desde la ventana del nene gutural
y hasta donde llegan sus brackets y su departamentitis
se escucha el disco del año: Infame. Abajo,
en la vereda
el hombre que está solo
es peras lo que vende, fruta argentina
a la cabeza de lo que exportamos.
Otro que vende chombas piratas
con un pequeño cocodrilo.
Alguien corre, ¿hace deporte? Tres tiras
le desconfían las zapatillas, lo paran,
se lo llevan.

plaza flores2

2

Baja el dentista a la plaza
a reunirse con el polaco de Bacacay y Artigas.
Hay mucha gente hoy
como para que jueguen al ajedrez.
El optimismo general los invita, de sopetón
a sentirse filósofos
porque además de mirar, como todas las tardes, embelesados
el baile del chico Jackson
miran la multitud y hablan
del movimiento. Una madre
especialmente joven se tienta unos pasos
más allá de su bebé y pregunta
por qué se llenó la plaza. El polaco
responde: “Porque en este día histórico
seremos más inmaduros y felices que nunca”.

3

Acá lo que hay es obstinación,
dice el dentista. Obstinación orgánica, gente
que si las condiciones lo demandan
conserva los dientes de leche
hasta los quince. Como Evita. Eso,
interrumpe el polaco, es lo que me gusta de este país:
todos así, tan poco dados para el ocio,
tan obstinados en ligar una experiencia con otra
que hasta el saludo es parte de la Historia
y comprar un kilo de papas funda una vivencia.
Eso, dice el trotskista que arregla dientes,
a mí en cambio me parece que es nuestra limitación.
Preferiría un país de gente
capaz de frenar, parar la pelota,
incorporar la Técnica.

michael1

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El polaco dice “acá la vida es desbordante”
el dentista dice “acá la vida es muy dura”
el polaco dice “mire cuántas madres”
el dentista dice “mire esas criaturas:
apenas tengan dientes y no tengan comida
el padre derrotado y la madre medio ida
en vez de reclamarla van a ir a la iglesia”
el polaco dice “usted es de los que aprecian
el cambio por el reclamo, dele tiempo a la inmadurez
que a media que inmadura se vuelve más pura”
el dentista dice “por sí sola la cosa
no va a cambiar nunca, lo suyo es una utopía
color de rosa”, el polaco dice
“lo suyo es reclamología
color izquierda sesentosa”
el dentista dice “no me venga con la prédica
de la vida inmadura y desorganizada
cuando acá hay que juntarse, si no, no cambia nada,
hay que organizarse e incorporar la técnica”
el polaco dice “mireló al chico Jackson, en la esquina:
la técnica la vive como cosa ajena, de otro,
no la incorpora, por eso la domina;
decirle ¡che, qué técnica! sería el peor insulto”
el dentista dice “tampoco hay que rendirle culto
a la disciplina, a ver si nos entendemos:
hablo de amar la técnica un par de horas al menos
mientras el resto del día la anarquía persiste”
el polaco dice “esa mezcla no existe”
el dentista aclara “Jackson es un ejemplo
de técnica incorporada como trasfondo
detrás de lo inmaduro”, el polaco replica
“Jackson es un ejemplo de experiencia rica
y técnica irrelevante, secundaria, actuada”,
el dentista dice “no veo la diferencia
entre la técnica como trasfondo o como representación”
el polaco dice “en un caso es Sensación,
en otro es Disciplina que mata las Vivencias”.

(sigue…)

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Los claros mandan

agosto 20, 2014 by

 

En la novena de Platense éramos muchos, pero casi todos querían ser Maradona. La competencia era por pararse de mitad de cancha hacia adelante, así que sólo los defensores teníamos el puesto asegurado. Eso influía en nuestro cotidiano: los de atrás nos sentíamos algo así como trabajadores de planta, hablábamos como trabajadores de planta. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. La defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers, el colectivo que te lleva al entrenamiento no se atrasa.

Debe haber sido algo de pánico ante esa sensación de vida hecha ya a los catorce, un rechazo al bienestar escandinavo del defensor, lo que me hizo dejar el club después de escuchar, y aceptar, el proyecto más delirante del fútbol. Era la idea de un pibe de Villa Luro, el Palla: fundar un club y entrar a Primera D. El Palla era fan de Phil Collins y el club se llamaría Génesis. Tenía un año más que yo pero no jugaba: él era técnico.

Los primeros partidos fueron contra un combinado de Villa Santa Rita: entre los rivales destacaba Pablo Rago, que era bueno. Rago ya estaba en “Clave de sol” y al final de cada partido nos regalaba entradas para el Palermo Club de Serrano y Santa Fe, donde el programa de televisión tenía una tonga. Génesis, entonces, dividía sus fines de semana entre el fútbol y esa disco. En el equipo del Palla pude, gracias a mi historial en Platense, saltar de la defensa el mediocampo, y de mirar cómo otros bailaban en City Hall pasé a improvisar pasitos en Palermo Club al son de Los Pericos.

Pero de los favores de Rago, las entradas gratis eran lo de menos. Tuvo un gesto mucho más importante: vino a los cumpleaños de quince de las chicas que queríamos impresionar. Nos hizo populares en sitios donde nos conocían de memoria. Prendidos todos a su yugular, Génesis de noche podría haberse llamado “Ahí vienen Pablo y sus vampiros”.

Hubo algún cumpleaños donde pagamos caro el haber prometido que Pablo iría, cuando sabíamos que quizás no podría ir. Un sábado a la noche terminó temprano y volví a casa, me acosté en el sillón y puse una y mil veces, hasta que amaneció, “In the Air tonight”. Daniela la Loba me había dejado. Carolina Ochiuzzi también.

Cuando hoy lo veo conduciendo TVR, me río de todos sus comentarios. Tiene pinta de que sigue jugando al fútbol los sábados, quizás ahora en la defensa. Al Palla lo reencontré por internet, tiene desde hace años un programa de radio que se llama “Vélez, el sexto grande”. En cuanto a Génesis, nunca llegó a estar cerca de aquel supremo objetivo de ingresar a Primera D. Duramos sólo un año; el golpe de gracia fue un 12 a 1 en un amistoso con la octava o la novena de All Boys.

Pero dos cosas no se olvidan, y una es la racha ganadora por los quinces del oeste junto a Pablo Rago. Lo otro es haber aprendido, desde chico, yo que era diestro, a manejar la zurda por insistencia del Palla, para quien el mediocampista es el que lleva la pelota por donde la cancha deja un claro y “los claros mandan”, decía, por qué zona avanzar y con qué pie.

Arquero volante

julio 14, 2014 by

 

Corrijo, traduzco, tipeo, edito
textos distintos entre sí
y aprovecho estos minutos para sentarme
en la plaza, donde un pelotazo me pasa cerca.
Alcanzo a ver cinco pibes en el claro
entre las tipas y los plátanos
y sobre el pasto embarrado
los arcos hechos con pilas de carpetas
como las de mi PC: contenedores de tareas
cada una con sus pautas, sus materias,
su caravana de signos que dan trabajo a quienes los copian,
en este caso a los alumnos de la escuela República de El Salvador
o a un grupo selecto de ellos, estos cinco atorrantes
que hoy aprobaron matemática sin ir a clase,
se preguntaron: ¿cuánto es cinco dividido dos?
Tres contra dos.
…                            Y cómo corren.
Sobre todo el equipo de dos. Cómo corremos.
Traduzco, tipeo, corrijo, edito
y si tuviera tiempo en los bolsillos
podría leer por placer. Una gran novela
o uno de esos ensayos enormes
acerca del fin de las grandes obras.
El arco quedó solo y, lógico,
el equipo de tres acaba de meter un gol.
Podría escribir en vez de hacer estos trabajos
que hacen los que escriben. La pelota
cruzó la calle y fue a parar a la Iglesia
Universal. Del año que viene no sé nada
–obra abierta durísima. Ahora alguien
en el equipo de dos se hace cargo de su contribución
a la victoria ajena. ¡Pobre arquero!
…                                                     Yo escribo
como él ataja: haciendo siempre otra cosa.
Somos arqueros volantes,
sólo que a mí me opaca, si no la edad, la acumulación
de años sin tiempo para esto: poner cara
de que todo está en orden, meter la pata sin pena
o temor a que el otro nos sorprenda con un gol,
repasar teatralmente la jugada
y decir ¡bueno, qué podía hacer!,
cultivar, en suma, cierto estilo
donde, además del resultado, el propio esfuerzo
mucho no importa.

El Gran Torneo de Ascenso (2)

junio 17, 2014 by

17 de junio (Fuleco 1 – Tatú bolita 0)

Simpatizar de entrada con un reclamo puede ser la mejor manera de anularlo. Sabiendo que Sudamérica es un criadero de causas ecológicas, lo que hizo la Fifa fue anticipar públicamente que es una entidad comprometida con el cuidado de la naturaleza. Pero claro: lo que no está en el contrato con el país organizador del Mundial, no se paga.
Es lo que pasó con el tatú-bolita, la imagen de la Copa. Especie en riesgo de extinción, y que hasta hace poco uno podía encontrar no sólo en el Chaco y los pantanales de Brasil sino en la Provincia de Buenos Aires, fue elegida por la Fifa por una característica que tiene el animal: es el único armadillo que no cava madrigueras para protegerse, lo que hace en cambio es enrollarse en forma de pelota.
“Uno de los objetivos principales de la Copa”, dijo Blatter en su momento, “es transmitir la importancia del medio ambiente y la ecología”. Se anunció, entonces, que la Fifa apoyaría con dinero a ONGs ambientalistas comprometidas con la preservación del tatú-bola. Nada de eso se concretó, y no hay forma legal de reclamar. Faltó la cláusula, de parte del Estado brasileño, en sintonía con lo que muchos países europeos hacen para sus productos y símbolos nacionales (el queso roquefort, jamón serrano, etc etc): si se hace referencia, se paga. Y la expresividad suiza -si se me permite el oxímoron- quedó en eso: un bello anuncio. Se eligió el nombre de la mascota: “Fuleco” (contracción de “fútbol” y “ecología”). Todo lo que Fuleco recauda va para la Fifa.
Como dato curioso: tiempo después se encontró que la palabra “Fuleco”, aparentemente inventada ad hoc, ya existía en portugués. La registra el “Grande e Novíssimo Dicionário da Língua Portuguesa”, de Laudelino Freire. En lo que es un coloquialismo de ciertas regiones del Brasil, se trata del verbo “fulecar” (y su sustantivo derivado). Significa “perder todo el dinero en un juego”.

tatufuleco

El Gran Torneo de Ascenso (1)

junio 16, 2014 by

12 de junio

Empieza. Hay agitación. Un falso Ronaldinho le hizo una macumba a Messi. Está en su derecho. Es uno de los 200 millones de brasileños que invirtieron en el evento, ¿cómo no va a estarlo? Hay que ganar.
Empieza el Gran Torneo de Ascenso. Juegan distintos países que quieren ser protagonistas, más Estados Unidos, que juega porque clasificó. En busca de un héroe de algún tipo (salido de laboratorio o más de estilo rousseauniano, como Pirlo) viajan al trópico la Europa Central y Mediterránea; para ver el regreso, aunque sea transitorio, de ídolos hoy radicados en Europa viajan los sudamericanos un trecho corto. Los espera el local, Brasil, que juega la misma copa de Ascenso aunque con una diferencia. Juega con la necesidad de un triunfo.
Son 15.000 millones de dólares pagados o a pagar de las arcas públicas (85% de la inversión total). Cada brasileño puso 75 dólares:
20 dólares para (re)hacer estadios;
20 dólares para mejorar aeropuertos;
5 dólares para seguridad (formación de policías y afines, nuevos policías y afines);
y otros 30 dólares para puertos, telecomunicaciones, obras urbanas, carteles…
En paralelo está la Fifa. La única que no juega; la que administra. Un emprendedor con plata no es un emprendedor, es un administrador. Brasil emprende (pide préstamos a sus bancos); la Fifa bien, pensando en julio: esquiar.
La legitimidad de las inversiones/los gastos es el primer tema. ¿Se está tirando plata? Los que dicen que no se basan en un sofisma: el hecho de que toda obra pública se alza para vivir más que el Mundial, por años, décadas, es más. Salvo los millones en señalética: carteles que cuando termina el Mundial hay que tirarlos. Después, ni los gastos en fuegos de artificio son fatuos: quedan en la retina, a veces para siempre (los chicos).
Lo que no dicen los progresistas es que los 4.000 millones puestos para estadios no quedan por años, y menos por décadas. El mantenimiento de estas arquitecturas del XXI requiere otros 4.000 millones cada diez años; si no, no sirven, se desgajan. No son la cancha esa de Uruguay, la de cemento hasta en las tapas de los inodoros. Son de plástico.
Después: gastos aeroportuarios, cursos de entrenamiento policial en Estados Unidos… todo de muy discutible legitimidad. Ni hablar de: vueltos/sobreprecios. La nieta de Joao Havelange twittea -y se disculpa y lo retira-: “Lo que tenía que gastarse y que robarse ya se hizo”. “Quiero un Brasil lindo”. “No hay que protestar ahora, hay que protestar después, en las elecciones”.

“¡Bienvenidos a la Ciudad do Galo!”: carteles. Y el falso Ronaldinho haciéndole una macumba a Messi. Está en su derecho. Como sea, hay que ganar.
Con fútbol, con macumba, metiendo, si se puede, un juez simpático.
Porque lo sabemos: lo único capaz de saldar tanto gasto es un triunfo. Visto desde un gobierno que normalmente nos gusta, el de Dilma, ganar es la posibilidad de que nadie le dé bola, después, a lo que pide la nieta de Joao Havelange. A meses de las elecciones, Dilma quiere el cemento de una emoción que perdure. El despilfarro en inversiones fatuas, en megaestadios de plástico renovable en ciudades como Curitiba, Cuiabá o Manaos, no va a dárselo.

13 de junio (Brasil 3- Croacia 1)

Habrá que leer este Mundial en clave delictiva.
El capitán croata, Srna (un robado de entrada por la lengua, que le afanó la vocal E del Chicho Serna), hablaba ayer del nuevo robo, el del penal.
“Influye la localía”, decía. Y sí, al parecer el fútbol es la única tecnología donde los japoneses son influidos en vez de influyentes. La localía: 75 dólares por cabeza (200 millones de cabezas). Un profeta cualquiera (por ejemplo este) escribía ayer: la clave es “como sea, hay que ganar”. Y uno lo piensa desde su simpatía con la delantera Dilma-Lula y sería bueno, más que bueno, que lo ganen. Como sea, se entiende. Lo que no quita el amplio margen para el aburrimiento y la previsibilidad de los próximos 30 días. La pesadilla de un Brasil-Independiente versus 31 Huracanes (chiste rastrero, para los que amamos el fútbol de abajo).
Por lo pronto ayer se vio un lindo juego croata, un Jogo Bnto entrecortado por las iniciativas del árbitro japonés, y ahora la expectativa está puesta en un Mxico quizás más caliente y discutidor, ¿más robable? Veremos.

14 de junio (Holanda 5 – España 1)

En virtud de las redes sociales, el Holanda-España de ayer quedará como la paliza que más gente narró mientras sucedía. Y es que no todos los partidos tienen capítulos, pero este sí, fue una “historia”, como las historias que a todos nos gusta contar: impredecible no sólo desde el comienzo, también desde la mitad de los hechos. Tuvo algo de paliza de secundaria, de esas pueriles y sorpresivas, donde acaba imponiéndose el que menos conciencia tenía de su capacidad física. Y donde el que toma esa conciencia salta en un segundo de la puerilidad al sadismo. Vimos a Robben, en el 5-1, haciendo tres amagues antes de patear, y haciéndolos pura y exclusivamente para ver al arquero español gatear dos metros. La película se oscureció. A mí se me vino a la mente un amigo, el Tano, pegándole a un tipo en el piso de Juan de los Palotes al ritmo de las luces estroboscópicas. Algo despiadado, también pensé en los cadáveres con incrustaciones de piel y astas de ciervos en la serie “True detectives”. Me costó salir del “the end” y ver que seguían siendo dos adolescentes. Tuve que buscar en la memoria otro tipo de paliza, más metódica y progresiva (y normal, y adulta, y aburrida), como la que los alemanes nos dieron a nosotros en Sudáfrica, para rehacer el mundo.

16 de junio (Argentina 2 – Bosnia 1)

Hay una institución del fútbol que es peor que la Fifa. Se llama hinchada de la selección argentina en Brasil. Está compuesta por cincuenta mil almas con un mismo sueño. El sueño es hacer un Punta del Este en Copacabana. Cinco años atrás, en Buenos Aires, cortaban las calles para exigir que el gobierno liberara de impuestos a los sojeros. Horas antes del partido, el sábado, se sentían con derecho a que la policía brasileña cortara la Avenida Atlántica, principal vía del barrio carioca, para que ellos festejaran antes de jugar. Su modo de festejar, sin embargo, es oscilante. Durante el partido, en el Maracaná, no tuvieron ningún escrúpulo en saltar del entusiasmo al silencio, veinte largos minutos de silencio, porque ni Messi ni Di María podían hacer un gol. Parecían indignados (¿te suena?). Parecían la hinchada de River, también. Después Messi hizo un golazo. E inmediatamente al gol volvieron los cantos de entusiasmo, ¿de qué tipo?: de goce. De gritar “ooole” cada vez que nuestros jugadores se pasaban la pelota delante de los bosnios. Yo, frente a la tele, le decía a mis hijos esto: que hay dos derechos a gritar ole. Cuando tu equipo va 3 a 0 es uno. El otro: cuando alentaste durante todo el partido, más allá del resultado. La hinchada de la albiceleste en Brasil, en cambio, siente que puede indignarse o delirar de felicidad como ella quiere. Sus referentes -Macri, Massa, Rodríguez Larreta, Tinelli- la habilitan a tal fin, desde las butacas VIP del Maracaná.


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