Cap/1: Visión de la moza

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Ella es moza, él es bachero. Elsa y Edgardo. Trabajan en distintos restaurantes, en Palermo. Quise contar la historia de ambos en un libro que se llama El pájaro rodante, aunque todavía me los cruzo y sé que la historia sigue. Copio el primer poema. Voy a leer un poco de esto el sábado 17 de diciembre a las 20.30 hs en la biblioteca Estanislao del Campo: Pasaje de las Artes 1210, Parque Chacabuco (a tres cuadras del parque mismo). Gracias al querido Juan Desiderio que me invitó.

 

 

Avanza

y entre el dogma ligero de los piropos

también escucha una canción. En su escapada

detrás del kiosko en medio del valle

de los locos tiene puesta una ropa discreta que

se sale de la falsa primavera

de esta calle últimamente cosmopolita

de antiguo barrio obrero

hoy pintado de carnaval. No lleva

–negro o blanco como el trabajo–

el famoso delantal, pero camisa

y pantalón lo sostienen: es uniforme, es mesera,

podría confirmarlo con el kioskero cuántico,

ella saldría, yo entraría a comprar,

él preguntaría con cuánto y si pago justo

me daría un informe, podría cruzar

donde el rapado ni tan gordo ni tan pesado y de él

enterarme en qué bar se junta el gremio

al final del día. En esta misma mesa en la vereda

muchos se habrán sentado, las suelas de las zapatillas

pegoteadas por las tintas que se les pone a los panchos.

Un pensamiento estorba y otro se desliza

como en política, y si parezco uno más

entre crudísimos mirones apenas consolados por lo que comen

también es cierto que estoy solo, que no

digo guasadas entre amigos, que soy

un solo social. Conste que ahí sigue

el rapado no muy gordo, podría consultarlo

como a un oráculo (o no trabajaría de seguridad)

cuando la veo salir del kiosko cargada de alfajores y choco

por un segundo con su mirada.

Debe hacer dos turnos, almuerzo y cena,

la merienda es su momento de mirar.

Podrían estar, esos ojos,

separando lo que es pose de lo que es postura

y prefiriendo la postura, aunque tal vez la más caprichosa.

Ya que escuché de personas

que flecharon distraídas mientras se enjugaban el sudor de la frente con una botella de agua tónica,

quizás convenga bajar el nivel de iniciativa

dejando al coro en su lugar:

sirve, sí, pero poco

la ayuda del hombre que arruina los pómulos de los chicos sin clase

como poco serviría

encararla de golpe con aquella vieja efusión verbal

porque si algo es

es uno de esos gestos que uno emite y jamás practica

el que la acompañe ahora

de vuelta a un trabajo que los dos hacemos casi sin pensar.

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