Me acuerdo que con el amor vino Mamala:
íbamos por un parque cuando se apareció
y te gritaba “loca, loca”. Queríamos armar unas vacaciones,
la sensación térmica no daba descanso.
Yo me la imaginaba toda vestida de gris,
arquitecta no tanto en su pueblo como en la imaginación
de un cuadro de Piranesi. Empavesada
como un Fiat 600 de colección,
llegó y cambió la época.
Pero ya nada tiene sentido por las madres.
La vergüenza que no es propia
es frivolidad.
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