Oeste

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Una noche puse a Nick Cave, el músico australiano, en una reunión de kimbanda. El Mestre Fábio, con quien yo había tenido la oportunidad de conversar toda una tarde en una galería de la zona, me miró sorprendido. Esperaba mi visita, no así la de una estrella tan “cultuada” –dijo– de la música pospunk. “No es común encontrarse con gente como usted en el barrio”, le apuntó Fábio al visitante, a lo que éste contestó: “Coisa nenhuma é comum, vocé sabe”. Nick hablaba un portugués diferente del nuestro, como muy espartano –y no canchero– al pronunciar sonidos nasales, que había adquirido en sus años de residencia en San Pablo después de la caída del Muro. Su simpatía por la kimbanda, nos contaría después, había nacido ya en Berlín y pronto fue madurando a instancias de Viviane, la brasileña con la que se casó, madre de su segundo hijo (el primero es apenas diez días mayor y nació en Australia). Mientras subíamos las escaleras del edificio –un predio ocupa en lo que antes había sido una mutual de imprenteros–, Mestre Fábio quiso saber si el visitante ya conocía la zona. Como yo me apuré a contestar que no, el propio Cave restableció la elegancia anticipándose a la siguiente pregunta del Mestre y dijo: “Adoro o bairro. A meninada aqui é muito punki, tem punkis lavando carros, eu nunca tinha visto”.

El mismo Nick había pedido una visita a aquel barrio secretamente famoso por sus sesiones de kimbanda. No es que estuviera harto del Buenos Aires céntrico que seduce a los turistas –todo lo contrario, quería pasar al menos una semana– sino que se moría de ganas de conocer esta otra parte de la ciudad. Hecho su pedido, la gente de la discográfica me llamó a mí, que de acá nunca salgo, para guiar al músico los tres días que pasaría entre nosotros. Lo que sigue es un resumen de mi descripción de la zona tal y como se la hice a Cave en el tiempo que transcurrió desde la primera cita en el bar Gregory’s hasta nuestra despedida ocurrida al séptimo día de su estada –porque al final Cave pasó una semana entera en la perifa.

El oeste de la ciudad nace por decreto el 18 de diciembre de 1872 (“justo 100 años antes de mi nacimiento”, le dije a Cave). Lo que nace es, en realidad, un papel dictaminando que allí se construirá una estación intermedia del Tren de la Provincia y junto con ella un pueblo. Ambas cosas, pueblo y estación, surgen años después, ya incrustada a Buenos Aires la villa vecina de Flores. Según parece, había en aquellos terrenos donde hoy termina la ciudad una escuela de monjas que tenían a su cargo las finanzas personales del virrey Liniers. Esas monjas le habían construido una capilla al lombardo Cayetano de Thienne, primer ícono religioso pampeano si descontamos a la Virgen. San Cayetano sigue siendo el patrono del trabajo para los argentinos que sienten que pueden perderlo o simplemente no lo tienen.

La historia del oeste la resumo ahora, porque en aquellas noches con Nick Cave fui demasiado lejos en mi entusiasmo a tal punto que él en un momento me reprendió: “Olha, menino, que isto não é Manchester mesmo”. Primera ola inmigratoria, gallegos, napolitanos, casas hacia 1910, urbanización cuadriculada, obreros ferroviarios, clubes, comisarías. Segunda ola, bolivianos, argentinos del norte, centro comercial a cielo abierto, la Especiería, maxikioskos. Y un capítulo aparte para el ferrocidio: privatización de los trenes, cierre de talleres, despidos masivos, abandono de los galpones y las playas de carga. Ahí están las viejas locomotoras Werkspoor que Perón le comprara a Holanda: las “sandías”, les decía mi abuelo. Empezaron a llegar en el ’51, después de la visita del príncipe Bernardo, el “príncipe del clavel” que se había enamorado de Evita al escucharla en su primera lectura pública de La razón de mi vida.

Fue Cave, sin embargo, quien se interesó por la conexión inglesa vía el ferrocarril. Yo intenté un parentesco entre el rock argentino y el británico. Me respaldaba el dato de cuatro mil obreros promedio en los Talleres (entre ellos mi abuelo) pero no tenía mucho más que eso. O sí: lo tenía a Safo. La segunda noche volvimos a lo de Mestre Fábio y ya de mañana llevé a Nick al negocio del Gordo Safo. La casa de audio. Ahí yo había escuchado los discos del australiano por primera vez. Safo metió a mucha gente en la música electrónica que en su momento había sido lo nuevo pero una forma rara de lo nuevo: lo nuevo que no exige privilegios. Porque, como era música que se hace con máquinas, y como éste es un país donde la gente establecida desprecia el conocimiento industrial, la electrónica acababa cayendo en manos peludas, manos curtidas en revistas de divulgación técnica y en la compraventa de equipos usados. Lo mejor de una fiesta electrónica siempre lo puso gente muy inteligente pero muy borde, muy reacia, muy sangre peluda. Por ahí ni bailaban, como dejando en claro que la electrónica había nacido de ellos, no para ellos. Safo sigue teniendo su local de audio en una galería oscura del oeste. Pero cuando llegamos con Cave a la galería todos los locales estaban abiertos menos el del Gordo.

La tercera noche pasamos de kimbanda a Gregory’s y a eso de las cuatro de la mañana salimos a caminar y pintó la sinestesia. Formaban una sola cosa el olor de los tilos después de la lluvia y la sensación de tocar telgopor a través del plástico (envoltorio de un juguete chino que encontramos tirado). Pintó también la lujuria en un bar con mesas de pool: Ramón, el encargado, bajó la cortina tras la salida del último cliente, puso un disco de Chico Buarque y llamó a tres amigas. Una de ellas tenía una poronga enorme de ésas que nunca se paran del todo. Ramón nos decía “vamos, poetas, hay que chuparla” y Cave y yo nos reíamos. En un momento él me miró como diciendo “si vos te animás, yo también” y yo pensé “ni lo sueñes, Nicasio”, pero creo que al final me la metí en la boca jugando.

La cuarta noche la pasamos en un locutorio de Internet, él resolvió unos temas de su agenda, yo me puse a chatear con un amigo brasileño que me ayuda cuando tengo alguna traducción por hacer. Nos fuimos a dormir temprano con la idea de encontrarnos al día siguiente y visitar la Especiería.

Entrando a la ciudad por la avenida del oeste, hay o hubo un cartel publicitario de Marlboro con la imagen de un hombre fumando un cigarrillo y abajo una leyenda: “come where the flavor is”. Y, en efecto, lo primero que uno se cruza apenas saliendo de la ruta es la Especiería. Son dos cuadras de venta callejera de todo tipo de especias y saborizadores poco usuales en la cocina porteña (una cocina donde lo que manda es el alimento base y no, como en la peruana, el condimento). Ajíes, comino, jengibre, un olor más rico que otro nos deleitaba. A propósito de este mercado a cielo abierto, le traduje a Nick al portugués un fragmento del poema “La Especiería”:

Donde el graffiti dice “vuélvanse a Bolivia”
está la prueba: el mal gusto como tal
no existe. Lo que existe es el buen gusto,
el gusto, y el negocio del mal.

Lo que iba a ser una visita para una sesión de kimbanda terminó siendo una semana donde Cave prácticamente no salió del oeste. La quinta noche y la sexta lo arrastramos a Mestre Fábio al Gregory´s, lo empapamos en alcohol y nos confesó todo: de brasileño no tenía más que la fonética trabajosamente adquirida pero eso sí, adquirida en viajes de formación. Fabio –sin acento– era de La Plata, una ciudad más al sur de Buenos Aires. Como la mitad más uno de los platenses, Fabio había estudiado Bellas Artes en la escuela pública y tenido su banda de rock. Un día hizo el primer viaje a Brasil, se enamoró y fue recibido en el seno de una familia católica de Curitiba, el padre de su chica le ofreció un trabajo, después otro, tercer y último ofrecimiento despreciado, abandono semi-voluntario del nuevo hogar, vuelta al ruedo y entrada, por medio de un amigo de la muchacha, al mundo de la kimbanda. A Cave su historia le resultó encantadora pero en un momento de esa última noche me dijo “vamos, dejémoslo”. Fabio se negaba a caminar la media cuadra que había desde Gregory’s hasta su cama en el mismo departamento donde horas atrás habíamos hecho el rito. Decía que en el pasillo de la planta baja lo estaba esperando un hombre con los brazos en jarra y en uno de ellos atrapado un gallo negro.

Seguimos, Cave y yo, algunas horas más caminando entre casas bajas y sentándonos de a ratos en algún umbral. Amaneció mientras, ahogados en el olor de los tilos, íbamos oscuros por la avenida Juan B Justo. Había manchones de whisky y sangre en nuestras camisas. Era la madrugada de un lunes de primavera. Ya se ubicaban en sus puestos de trabajo autogestionado, en cada esquina con semáforo, balde y secador en mano los primeros punks.

2006-2007

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Una respuesta to “Oeste”

  1. Necro Says:

    Dos experiencias con rock stars:
    Una mañana despejada y fría del año 93 o 94, mientras me calentaba las manos con un vaso de plástico lleno de un café muy dulce sentado sobre un banco de piedra de la plaza Los Andes, vi bajar a Syd Barret y al baterista de Can de un 127 semi-vacío. Barret tenía una guía turística de Montevideo arrugadísima y Liebezeit un maletín de visitador médico (que supongo que hace al menos treinta años ningún visitador médico debe ya utilizar) Barret estaba pelado, gordo, desganado, irreconocible bah, y yo fui tan obvio como para pensar en la grabación de Wish you were here (igual, ¿en qué hubiera podido podía pensar si no?) Al batero de Can no lo hubiera reconocido en cien años si Barret minutos más tarde no hubiera hecho una oscura alusión, que semanas o meses después me llevó a profundizar en la identidad de su acompañante (en esa época yo sólo había escuchado Tago mago, en un cassette TDK de noventa que me había pasado el cantante de una banda que homenajeaba a Joy Division y que se llamaba, si mal no recuerdo, Exhibición atroz) Me acuerdo que Liebezeit observaba los árboles y a los jubilados que deambulaban por la plaza como si fueran, a nivel ontológico, la misma clase de seres, y que Barret no levantaba los ojos del plano arrugado con expresión circunspecta, incómoda. Me dijeron en un castellano incomprensible que buscaban la tumba de Gardel, por lo que les señalé la mole taciturna que marca el confín o el comienzo oriental del cementerio. Barret asintió compungido, sacó un paquete de Chesterfields, encendió un cigarro y vomitó dos veces. Liebezeit me miró a la cara y dijo expulsando con dolor cada una de las (dos) palabras “Memento mori”. Después se alejaron rumbo a la entrada principal del cementerio convirtiendose en una alegoria de algo que me resultaria complicado explicar. En otra oportunidad vi a los Die Toten Hosen paseando por Corrientes pero la verdad no me dio para acercarme y comentarles nada.

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