Pablo Katchadjian | El Aleph engordado (fragm.)

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La candente y húmeda mañana de febrero en que Beatriz Viterbo finalmente murió, después de una imperiosa y extensa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo ni tampoco al abandono y la indiferencia, noté que las horribles carteleras de fierro y plástico de la Plaza Constitución, junto a la boca del subterráneo, habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios mentolados; o sí, sé o supe cuáles, pero recuerdo haberme esforzado por despreciar el sonido irritante de la marca; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella, Beatriz, y que ese cambio era el primero de una serie infinita de cambios que acabarían por destruirme también a mí.

*

Me miró con arrogancia y leyó con sonora satisfacción:
He visto, como el griego, las urbes de los hombres divertidos,
los trabajos, los días de varia luz, el hambre y el lamido;
no corrijo los hechos, no falseo los nombres, escribo,
pero el
voyage que narro, es… autour de ma chambre, amigo.

*

—Está en el sótano del comedor —explicó, aligerada su dicción por la angustia—. Es mío, es mío, mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar, y eso me cambió la vida. ¿Para mejor? No lo sé, pero ahora estoy fundido con el Aleph: sólo veo a través de él. La escalera del sótano es empinada, muy empinada; mis tíos, siempre sobreprotectores, me tenían prohibido el descenso, pero alguien, quizá un mayordomo, dijo una vez que había un mundo de fantasía en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl lleno de libros infantiles, pero yo en ese momento entendí que había un mundo de fantasía verdadero, por fuera del papel. ¡Ay, literatura! Bajé secretamente, con miedo y torpeza, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, en la oscuridad, vi el Aleph y entendí por primera vez la secuencia Fibonacci.

—¿El Aleph? ¿La secuencia Fibonacci? —repetí.

*

—¿Vendrás a verlo o no?

—¿Qué cosa?

—El Aleph, por supuesto… ¿En qué pensabas?

—En nada. Iré a verlo inmediatamente, si eso te place.

—No es por mí: creo que es tu deseo.

—No, no es mi deseo.

—Bueno, está bien, no vengas.

Cortamos. Los quince minutos siguientes los pasé lamentándome.

*

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías, ordenando papeles, limpiando cosas con un cepillo. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, mezclado entre otros, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. “Tanto tiempo revelando fotografías para estos logros”, pensé, despreciativo. Pero a pesar del revelado y de los colores, la imagen era cautivante. ¿Sería el revelado así a propósito? ¿Tendría que aceptar la hipótesis de la genialidad de Daneri? No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y, empañando el vidrio, le dije:

—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz Elena querida, Beatriz Viterbo perdida, malograda para siempre, soy yo, soy Borges, tu Borges, tu propio Borges.

Tomé otro retrato e hice lo mismo. Luego tomé otro, y otro.

Carlos Argentino entró poco después. Vio el desorden de retratos sobre el piano pero no pareció importarle.

*

Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue, no sin antes gritar un “empieza la función” que me hizo apretar los dientes. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Ese hecho me perturbó, y quizá por eso súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno que él hábilmente había colocado en mi coñac. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Es decir: estaría loco por matarme, pero no por haber visto un Aleph inexistente. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Luego pensé que quizá no había sido envenenado sino drogado. Esa opción me reconfortó un poco: Carlos, para no saber que estaba loco, tenía que drogarme.

Fragmentos de El Aleph Engordado (IAP, Buenos Aires, 2009) de Pablo Katchadjian, gentileza del autor.

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6 comentarios to “Pablo Katchadjian | El Aleph engordado (fragm.)”

  1. spiri...(a andar con los avestruces a andar declamando sueldos) Says:

    Katchadian, postulate a la presidencia como Macedonio o por lo menos para jefe de gobierno.
    Buenísimo. Cuando viaje a Bs As lo voy a comprar porque en el inculto interior no se consigue. Justo había releído el aleph hace unos días y me comentaron del Martin Fierro ordenado y de este nuevo Aleph…Borges sabía que había otro Aleph y que el de Danieri no era el verdadero.

  2. Kodama kontra Katchadjian: ahora dicen que Borges no habría sido el autor de El Aleph « Paseo esquizo Says:

    […] por acá, fragmentos de El Aleph engordado que difundió Salida al mar Me gusta:Me gustaSé el primero en […]

  3. PUPU Says:

    holis

  4. PUPU Says:

    soy borges “la cebra rodriguez” borges

  5. Paulo Coelho, escritor de Irmãos Karamazov | marcosperesdotcom Says:

    […] foi usado como defesa de Pablo Katchadjian, um jovem e vanguardista literato argentino que escreveu El Aleph engordado – uma versão original do Aleph, estendida de mais algumas centenas de palavras. Katchadjian foi […]

  6. Paulo Coelho, escritor de Irmãos Karamazov | A Memória dos Lotófagos Says:

    […] usado como defesa de Pablo Katchadjian, um jovem e vanguardista literato argentino que escreveu El Aleph engordado – uma versão original do Aleph, estendida de mais algumas centenas de palavras. Katchadjian foi […]

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