El mundo de la poesía argentina

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convivio

Compuesto en su mayoría por gente lúcida que no vive ni aspira a vivir del arte aunque sí, muchas veces, como fuerza capacitada en los distintos lugares donde el arte es un tema (docencia, gestión cultural, periodismo, industria editorial, librerías, bibliotecas); recorrido por sus habitantes y por algunos viajeros entusiastas o curiosos o caídos de otro mapa vecino (el mapa de la música o el de la narrativa, el de la historieta o el del teatro); forjado y renovado en sí mismo, demolido o ensalzado exclusivamente en base a opiniones entre pares, a años luz de escenarios en donde el prestigio o el reconocimiento vienen de afuera (de una calle, de una universidad, de un Estado); conectado y agitado en su interior por emociones de amor, odio, resentimiento y por la necesidad de abrir discusiones o de ganarlas o simplemente de promocionarse aprovechando que en este país se discute, se alza sobre el mapa de la República Argentina el mundo de la poesía argentina. Un mundo que tiene su Córdoba en Rosario, su Catamarca en Córdoba, su Jujuy en Entre Ríos, su Tierra del Fuego en Bahía Blanca, y su capital en Buenos Aires.

Si existen las proporciones, la poesía parece estar para derribarlas. A veces da la sensación de que todos la escriben, o de que cualquiera la escribe, y por la cantidad de libros que salen al año se podría decir –hete aquí nuestra proporción platina más que áurea– que en cada manzana del país se exhibe un poeta, mientras quizás otro se esconde. Hilando fino, animándose a grabar esos nombres y la frecuencia con que se repiten, surge de todos modos una conclusión menos desproporcionada. A veces lo que pasa es tan sencillo como que una misma persona edita tres, cuatro libros de poesía en un año: lo que aparentaba ser una explosión de autores y sensibilidades se vuelve un conjunto infraclínico de egolatrías orinando terreno. La máquina estaba a mano, entonces se publica.

Visto más de cerca, el mundo de la poesía argentina parece estar formado en principio por unas diez mil personas que escriben y publican poesía. Hay razones para pensar que alrededor o al costado de ese núcleo hay otros, de gente que escribe poesía y no la publica, o de gente que lee poesía y no la escribe. Pero también hay motivos para sospechar que estos otros espacios están casi despoblados: pampas profundas donde perseveran, tal vez, un par de miles de sobrevivientes de otro concepto –y otra época– de cultura. En las redes sociales, por ejemplo, con su conocida tendencia a la necrológica, las noticias de las muertes de dos grandes poetas argentinos como Juan Gelman y Juana Bignozzi generaron diversos posteos de obras, fragmentos o anécdotas en primera persona subidos por personas que enseguida dejaban traslucir que ellas también eran poetas, y poetas con libro editado. Las noticias, en cambio, de las muertes de dramaturgos, bailarines, sociólogos o historiadores –para no hablar de cantantes ni de novelistas– derivan en muchísimos más posteos alusivos, subidos por gente que la mayoría de las veces no es ni bailarina ni historiadora pero que aun así se siente conmovida por el fallecimiento de Tzvetan Todorov.

El mundo de la poesía argentina está compuesto a su vez por los objetos que sus habitantes interpelan: ante todo, los poemas y libros de poesía de los últimos años, y en menor medida el resto de los poemas y libros escritos en otras épocas. Los diez mil poetas que viven hoy en el mundo de la poesía argentina publican sus libros (en papel o digital) a razón de 800/1000 títulos nuevos cada año. Además, publican poemas sueltos y textos sobre poesía, casi siempre en soporte virtual. A esos 800/1000 libros los lee una cantidad X de habitantes del mundo de la poesía, cantidad cuyo rasgo característico es que nunca oscila demasiado, ya se trate de poetas con o sin prestigio y con o sin talento. No existen en el país, hoy, diez mil lectores de ningún libro de poesía argentina, ni cinco mil. Las revistas y blogs donde circulan los textos sobre poesía tienen a su vez esta peculiaridad: no suben notas o reseñas sobre libros publicados un par de años atrás. Como si necesitaran creer que ya fueron leídos y conocidos.

Una novela reciente puede alcanzar los mil lectores en tres meses y los diez mil en dos años, mientras que otras novelas editadas al mismo tiempo pasarán desapercibidas. En cambio, un libro como Poesía civil de Sergio Raimondi, lanzando en 2001 y elogiado desde entonces por muchos pares –e incluso, notable excepción, por algún intelectual–, vivió diez años sin haber agotado su primera edición de mil ejemplares. O sea que fue ganando menos de cien lectores por año. Y cualquier otro poeta puede ganar setenta lectores en un año. Repercusión e indiferencia, éxito y fracaso en poesía son, en suma, cuestiones sobre las cuales el consenso tiende a ser muy bajo. Irene Gruss no es tanto más leída que Clara Muschietti; editar a Jorge Leónidas Escudero no despierta mucho más interés que editar a Carlos Godoy. Hay una desjerarquización que los poetas de los noventa ni fantasearon. Alguna vez Josefina Ludmer declaraba: cualquiera puede ser crítico literario, no necesita para eso las credenciales de la UBA. Cualquiera puede ser cualquier cosa gracias al mundo de la poesía argentina, pionero en despreciar todo consenso y toda institucionalización.

Volviendo a los diez mil, existen otros mundos en Argentina que tienen una cantidad similar de habitantes. Por ejemplo el mundo del ballet. Ese mundo contiene destinos más que roles: una nítida separación entre quienes lo practican, lo juzgan o lo disfrutan, y criterios fuertes, empezando por los fisiológicos, para establecer quiénes sí y quiénes no pueden bailar. El mundo de las artes plásticas en Argentina, por su parte, es algo más poblado, aunque no mucho, y es un mundo fluctuante a la manera clásica, institucional: en su interior hay roles (curador, artista, público), las personas pasan de uno a otro cumpliendo rituales que la novela realista francesa supo describir en el siglo XIX. Hay mucho en juego en ese otro mundo de la plástica, en principio porque es un mundo cuyas capitales administrativas se ubican off-shore, en otros países. Por sus características, el mundo de la poesía argentina se opone a esos otros de la pintura o el ballet: no tiene roles definidos, en él es imposible decir que tal es el artista, tal otro la audiencia y aquel el empresario o gestor; no hay aptitudes naturales (como en el ballet) ni convenidas (como en las artes plásticas), y prácticamente todos los que lo integran son curadores y son público de poesía además de poetas y al tiempo que poetas. El espíritu gremial funciona: no hay libro de poesía que no tenga sus agitadores además del editor (y agitadores concientes de que hay que comprar el libro), no hay ciclo de lecturas sin participantes fieles (son participantes, no seguidores) y nunca falta un tercero que tome parte en toda discusión pública entre dos. Pero lo singular es que esos agitadores, aquellos participantes o estos terceros en discordia están todo el tiempo cambiando de posición dentro del juego. En el mundo de la poesía argentina lleva unos veinte años cumpliéndose lo que en el movimiento punk ocurrió durante tres meses del ’76: el público de esta semana es el artista de la próxima. La incógnita, en todo caso, pasa por descubrir si esta fluctuabilidad zarpada y tan, si se quiere, silvestre o asilvestrada, tan independiente del corsé de las instituciones que opera por ejemplo sobre las artes plásticas, no termina siendo una estacionariedad letal, un reducto supercodificado y cerrado, un mundo que no tiene nada para decirle a otros planetas.

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El asilvestrado mundo de la poesía argentina funciona con la energía del voluntarismo. No sólo a la hora de escribir. Es más, quizás cuando menos subjetivo y voluntarista es, es a la hora de escribir. Más acá o más allá de esa cuestión de que, como en el punk, “cualquiera puede tocar”, donde se pone en evidencia el voluntarismo es en la aplicación que el mundo de la poesía argentina hizo del lema arltiano acerca de hacerse un futuro por prepotencia de trabajo, o al menos por prepotencia de exhibición. Al faltar las instancias de reconocimiento externo, los distintos circuitos del mundo de la poesía argentina se ven llevados a actuar con una lógica de microcomunidades autogestivas y autofestivas (cosa que siempre existió) sólo que cada vez más concientes de que editarse y celebrarse entre sí los distintos miembros de un grupo es una necesidad que habrá de desembocar un día en… volver a editarse y celebrarse entre sí, ad infinitum. Claro que ningún voluntarismo es escéptico, y este tampoco. La fe en el mundo de la poesía argentina es a la vez enorme y agnóstica ya que consiste en mover cada día una partícula de la montaña. Construyendo de a poquito, diciendo presente desde la sucesión de lo ínfimo, ese positivismo forzado a veces cansa. Y además de cansar levanta sospechas sobre el valor de lo que se construye. Aprovechar cada paso, como estrategia, es gris.

La poeta Juana Bignozzi desató furias cuando se refirió a una página web, las elecciones afectivas, como “el Larousse de los desconocidos”. Las elecciones afectivas, con sus más de quinientos poetas mencionados, promovía este mecanismo: el administrador invitaba a un poeta a publicar dos o tres textos en la página y, ante todo, lo invitaba a recomendar a otros cinco poetas, con la idea de que estos otros mandaran a su vez un puñado de poemas y una nueva recomendación de otros cinco, así en una cadena sin más límite que el tiempo del administrador para actualizar la página. En sus primeros meses, el sitio crecía exponencialmente: diez poetas traían a otros cincuenta, y estos a otros doscientos y tantos. Se iba formando así una enciclopedia sin límite, un desfondado who’s who del multiverso de la poesía argentina. Reacciones como la de Bignozzi apuntaron al contenido: los poetas incluidos en el proyecto no eran poetas, su poesía era mala. Otras reacciones y negativas a participar apuntaron al mecanismo. Con él, se pasaba de la práctica a la sanción del voluntarismo (y en gran modo a su reducción al absurdo). Del “voy a hacer lo que quiero y si la sociedad no lo acepta, peor para la sociedad” –que sería el lema de partida– surgía algo distinto: “Voy a juntarme en sociedad con otros que hacen lo que quieren, lejos de la sociedad”. Era la forma más triste de aunar voluntades. Y siendo que partía de un mundo bastante cerrado y por dentro informe o separado en clanes autoreivindicativos, con el correr de los meses mostró su hilacha. Dejó de explorar el multiverso de la poesía y empezó a exhibir –la página es excelente en este sentido– cuáles eran los clanes y sus miembros: grupos de quince o veinte poetas que se validaban entre ellos, en listas con mínimas variantes de apellidos recomendados dentro de cada grupo. Esos círculos del afecto (compañeros de editorial, colegas de taller, hasta talleristas potenciando a sus alumnos) ofrecían un súper-argumento para todos los que con o sin justicia recelan de la nueva poesía argentina diciendo que no es más que autogestión entre amigos, poca lectura y mucha exposición.

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El voluntarismo convierte al mundo de la poesía argentina en tanto barrio (apenas transitado por otros que no son poetas) en un multiverso de opacas tierras y familias paralelas. ¿Pero sería mejor un mundo de consensos y jerarquías internas? En general, no. No si viniera del “reconocimiento” a la poesía –premios estatales, formas de monumentos, canonizaciones– porque las cosas que se “reconocen” así son cosas muertas. No si viniera de la “legitimación” de un canon de la poesía en universidades, porque vendría de los mismos interesados sólo que amparándose en otro tipo supuesto de autoridad. No si viniera del “amor” de un hipotético gran público lector que sigue a la poesía aunque no la escriba, porque sería como el amor al fútbol del televidente, y siempre es mejor un juego que juegan todos. Sólo hay un consenso bueno para este caso: el que acaba llegando.

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Lo que nos salva del mundo de la poesía argentina es que la poesía está en todas partes. Mucha gente que no lee poesía la vive y la reconoce y la necesita y la encuentra en otro lugar. No hablo de abstracciones sino del lenguaje: la lengua poética que por ejemplo se instala en algunas canciones, o en la conversación de algunas personas. Muchos poemas destruyen eso. Pero un mundo sin poesía sólo es imaginable para los poetas.

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Por el voluntarismo que lo define, por su constante desjerarquización, por su horizontalidad, por la ausencia o la extrema parcialidad de sus consensos, y por la falta, también, y en última instancia, de evidencias que digan que un poema es más “poético” que un no-poema (una palabra en el mundo, una charla, una canción), por todo esto, en suma, se diría que el mundo de la poesía argentina está estructuralmente obligado a no ser un mundo. Por eso esta es una gran oportunidad para demostrar y demostrar que no es cierto que somos amigotes hasta que dejemos de serlo. Si la acusación –que también es interna, y normalmente surgida de los poetas con menos visibilidad– dice que toda esta democracia es falsa y que por detrás corren las mafias, los acomodos, los cambios de favores y la salida a la caza del poco y disputado premio –más bien consuelo– institucional, la mejor apuesta sería entonces destruir todo asomo de eso. Ya que no reconocemos ningún Olimpo, despreciemos también cualquier Secretaría del Olimpo. Ya que nos reímos más que Heine de los dioses venidos a menos, no construyamos dioses. Ya que abandonamos el paraíso de la dependencia estatal, no queramos entrar. Y que se nos tenga en cuenta, además de por nuestros poemas, por la cantidad de subsidios a los que no nos postulamos. Por las veces que dijimos no a la verticalidad que no nos gusta. Por como trasladamos la desjerarquización a nuestros hábitos de consumo. Por las brechas de vitalismo que le abrimos a esta cada vez más replegada ciudad. Por como calcamos el tamaño del gremio sobre la superficie de la república. Por como escribimos en el mundo después de publicar en la poesía. Por como llevamos nuestras elecciones afectivas a Catamarca. Por el sanjuanino que alojamos en casa e invitamos a leer. Por el sanjuanino –hablo del vino– que nos tomamos con el chaqueño. Y por el asco que sentimos ante la palabra “carrera”. Por el fastidio que nos da la “legitimación”. Por el brillo de la poesía que no está en los poemas. Por la alegría que nos despierta la palabra “desconocido”.

Escrito y publicado (acá) en mayo de 2010, revisado en mayo de 2017.

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios to “El mundo de la poesía argentina”

  1. FedericoR Says:

    ¡Pero muchas gracias! Encima, otro gran post. El único problema es que me siento obligado a decir algo inteligente, y no me sale.
    La verdad es que me dejó pensando en ciertas similitudes (y diferencias) con la “escena” de la historieta independiente.
    Me quedo por ahora con una frase, cortada con alevosía (¿no estamos hablando de poesía?): “a los poetas actuales habrá que juzgarlos por su perseverancia”.
    Ya re-leeré…

  2. necro Says:

    Ey Cris! te contesté en la podredumbre, para mayor intimidad. Muy bueno este último post. Estás afilado con la poesía argentina, eh! Abrazo

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