Francia

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Natalia-Oreiro

A Natalia Oreiro la amamos desde la época de poesia.com y era un amor de formación donde se sabía, porque se sabía, que algún día íbamos a dar algo más de nosotros mismos. Nati hoy da la actuación de su vida en Francia, la nueva película de Caetano; por mi parte acá estoy, tratando de escribir sobre esta película que recomiendo y que recomiendo ir a ver al cine de Néstor, el Gaumont.

Está todo bien con Francia, que es lineal como ninguna en su trama y es experimental de a ratos, con su laboratorio al servicio del argumento. Ya a los diez minutos de empezada el director cuela una suerte de poema sobre las imágenes, y la primera sensación que da es la de ser un rebusque algo pretencioso, un nerdismo. Pero lo cierto es que esos juegos formales acaban funcionando muy bien, y se dejan leer como el eco de una voz que en la película apenas puede alzarse: la voz infantil de la nena que es la hija de los protagonistas. Por medio de ellos habla la voz que tiene que ser educada, y habla más claro que el sistema o los patrones de educación.

Francia acierta también en la representación del sistema de enseñanza privado, lleno de docentes artistoides que actúan para sus alumnos un capital simbólico entre hippie y cool cuando en realidad lo último que pueden es escuchar lo que los pibes no dicen. El final de la película (hay que verla) es ese momento de gloria que el director (Caetano) logra sintetizar: la gloria de salir del discurso y del sueño de la época. Muy bien elegida la última palabra: presente.

* * *

Más de un filósofo alemán alguna vez reclamó: lo que se llama Alemania apenas es una cultura; Francia en cambio es una civilización. Por “cultura” esos filósofos estaban entendiendo algo así como un set de valores de circulación más bien privada y para el bienestar individual, siendo que en una “civilización” esos y otros valores corren libremente formando ciudadanos. De un lado el burgués, del otro el citoyen hijo de la Revolución de 1789. Y así creció en efecto la imagen de Francia-país en Occidente como una totalidad sin partes o, se diría, sin cosas. En la película de Caetano los protagonistas ni siquiera dicen la palabra “Francia, ni falta hace: se conocieron en una librería, símbolo de lo francés como civilización, prefieren el vino a la cerveza. Después la vida los va alejando a uno del otro y a los dos de las librerías, como también los aleja de otros ritos para una buena vida civil: están separados (no tienen ni un poco de amor francés), él está a punto de cerrar su taller (lo espera un remisse), ella tiene que trabajar como empleada doméstica en una casa muy fina. La película estaría sintetizando eso en lo que hoy se convirtió “lo francés” para nosotros. Y el drama que subyace es el de pasar de una civilización a una cultura. De la integridad armónica de las cosas a los códigos, las aspiraciones y hasta los nuevos clisés de la clase media porteña. Los protagonistas son, en ese sentido, sinécdoque de una ciudad como la nuestra en sus últimas transformaciones y desentendimientos de lo que es una ciudad.

Entonces por un lado lo francés se convierte en un set de elementos que connotan bienestar individual (acceso a remisses, a cierta gastronomía). Pero por otro lado la película insiste “No vas a conocer Francia” quizás en sentido global. Esa es una de las frases que leemos en el film, mechada en esos textos tipo poemas, repetida varias veces: “No vas a conocer Francia”. ¿Qué significa eso? ¿No vas a conocer el lado fino del mundo? ¿No vas a poder seguir viajando en remís y tomando buenos malbecs? Queda liberada al espectador la faena de asociar con ese significante “Francia” cosas que pasan en el desarrollo de la trama y también, veremos, en el contexto de exhibición del film. ¿Cosas de la cultura francesa?, ¿cosas de la civilización francesa? El grueso de las cosas que pueden ser pensadas como símbolos de un galicismo cultural burgués o individual aparecen ajenos o al margen de la familia protagonista: por ejemplo el comer postres después de cenar: lo francés high de los postres sólo se da en la casa donde la protagonista tiene que terminar trabajando como empleada doméstica. Otro elemento: los muebles de diseño: sólo se dan en la casa de la escritora con la cual el protagonista tiene un “affair” después de separarse. Se diría que, a nuestra familia porteña separada y con una hija, la galaxia semántica de lo francés les es esquiva. Por otro lado tenemos la escuela privada, que es a donde la pareja manda a su hija. La escuela privada entraría, me parece, y sin ser un símbolo cultural francés, en un imaginario de elementos aliados a una concepción individualista de la vida. Pero que acaben sacándola de esa escuela y llevándola a una pública, si bien representa el fin de una ilusión de clase media, recupera la galaxia semántica de lo francés desde otro lado, como civilización. ¿Y de qué modo la película sintetiza esa recuperación? De un modo sencillo y genial: Natalia Oreiro pese a todo cuando está sola en su casa toma vino. Se puede comprar un vinito: clarísimo. En una película copada de escenas hogareñas donde a los protagonistas casi no se los ve comiendo y sí, muchas veces, sentados a una mesa vacía, sobre el final aparece ese cuadro que condensa la más argentina de las pasiones francesas: la mesa de la cocina con el mantel a cuadros y, sobre ella, un vaso y una botella de vino. Natalia Oreiro se embriaga con lo único francés real que realmente tenemos, y con lo francés más democrático y menos indicador de status.

No, no es lo único. A la par del vino tenemos la terapia. Y si mucho del cine argentino reciente es mudo y hostil al diálogo, así como mucho del cine argentino viejo es charlatán, Francia, que es una película sobre la necesidad de diálogo genuino, da lugar al psicoanálisis entendido como otro emblema no cultural sino civilizatorio, llevado a cabo en proto-consultorios de edificios públicos que se caen a cachos -es lo que hay- o en bares sin el menor rastro de glamour. En este punto la película propone una vuelta a la imagen de la escena psicoanalítica propia de las películas argentinas de los ’80, y opuesta a las nuevas representaciones (sobre todo en la televisión) donde el psicoanalista recibe a sus pacientes en un living hiper codificado de objetos culturosos.

Y para terminar tenemos algo más. Un último símbolo de lo francés como civilización en vez de prestigio. Pero para notar esto hay que salir de la película y de la sala. Y darse cuenta de que asistimos a todo desde un lugar llamado Gaumont. No hay nada de paradojal en que a Francia haya que ir a verla al Gaumont: esa sala permanece como un hito en el sueño de una civilización cosmopolita al sur del planeta. Para muchos está ahí, envejeciendo de cara al Congreso, bien ajena a los nuevos conceptos de sala de cine, negada al cambio, hecha la roca viva del pasado. Pero para otros es el lugar donde uno puede ir a ver las películas que verdaderamente nos ligan.

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Una respuesta to “Francia”

  1. federico Says:

    Aguante Nati! abajo Mollo!

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