Metaleras

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Noticias y… Después de diez años que no lo abría, voy al cajón de las cartas de puño y letra. Es mucho, y fuerte es poco. Mi colega se va a hacer cargo del trabajo este fin de semana.

Genias, loquísimas. Ahora, si me tengo que quedar con un adjetivo: metaleras. Qué manera de expresarse al filo estas pibas, yo no sé qué hacían, en qué rincón de sus casas se sentaban y le daban al air guitar con sus emociones. Todas metaleras se me cruzaron, aunque en el común de los hábitos fueran más punks o más darks. Y todas trepanadoras de cabezas, la de cada una, la mía. La más pirada, la inolvidable D.: cada vez que anticipaba un “la expresión de mis sentimientos te parecerá cursi”, uy con lo que venía después. Todavía no aprendí a escribir ni con la mitad de esas imágenes.

La era del puño y letra, la era del metal. La nostalgia no me moviliza en lo más mínimo, hablo de otra cosa: de mundos donde no había vuelta atrás. Una vez que empezabas una oración había que seguirla. De repente una tachadura acá y allá, en caso extremo tirar la hoja y empezar otra, pero nadie llegaba a tanto. Y así, en la obligación de ir siempre al frente, salían los imprevistos, los “últimamente pensé mucho en mi estado mental” (últimamente = últimos diez segundos de escritura desenfrenada). Y salían delicias, claro. También salía mucho comentario del momento, cosas tipo “mientras te escribo estoy haciendo tal cosa” que tienen un valor documental impresionante. P, por ejemplo, cuenta que mientras ponía a calentar la pava para el mate en otra hornalla ponía una cacerola y adentro la pluma para ablandarla. Había fábrica de Rotring en la era del puño y letra, ¿habrá todavía? Ay, esas metálicas que conocí, fetichistas de la pluma. Claro que algunas iban al Yrurtia, la escuela de Bellas Artes de Mataderos, ahí las Rotrings eran el pan de cada día.

* * *

Entre cartas yrurtianas que me reservo encontré un documento de mi puño y letra. De esas cosas que hacen que no te lamentes tanto por no haber llevado un diario en ningún tramo de tu vida. Es la lista de los libros que había leído hasta entonces, y entonces es: septiembre de 1991. Apenas pasan de treinta ítems, treinta y dos unidades con lomo y hojas cosidas entre las que gasté parte del tiempo de los 15 a los 18 años. La lista es la siguiente, la trascribo en el mismo orden en que la encontré:
Jauría. David Viñas.
Sobre héroes y tumbas. Sábato.
Deshoras. Cortázar.
Los premios. Cortázar.
La hierba roja. Boris Vian.
La sombra fuera… Lovecraft.
El amor brujo. Arlt.
Los siete locos-Los lanzallamas. Arlt.
El criador de gorilas. Arlt.
Cuentos. Arlt.
El juguete rabioso. Arlt.
El informe de Brodie. Borges.
Frankenstein. Mary Shelley.
Dracula. Bram Stoker.
El nombre de la rosa. Eco.
No todo es vigilia… Macedonio.
El último verano de Klingsor. Hesse.
Werther. Goethe.
Prohibido suicidarse en primavera. Casona.
Gracias por el fuego. Benedetti.
Nadar de noche. Juan Forn
Rimas y Leyendas. Bécquer
La vida es sueño.
Las flores del mal.
Huesos de jibia. Montale.
Poesía latinoamericana. Autores varios (Una edición de un club de lectura, con poemas de César Vallejo, López Velarde entre otros)
Carta a los poderes. Artaud.
Mara. Lord Byron.
El fantasma de Canterville. Wilde.
Las enseñanzas de Don Juan.

Es una lista que, en principio, abarca todo lo que leí hasta el invierno del ’91 en formato de libro y con contenido de “literatura”. Está hecha poco después de los bochazos en parciales de Matemática y Química que me hicieron renunciar al CBC para Medicina. El grueso son libros leídos ese mismo año en que la confeccioné -tendría que escanear la lista, están los meses de lectura anotados, y el ’91 fue sin duda un parteaguas porque recién había empezado a noviar con la metalera Dolores que tenía biblioteca en su casa. Sin embargo algún olvido hay. No mucha cosa, pero no están, por ejemplo, los de Salgari o el Jack London que leía hacia 1986, o los de Stephen King. Quizás les bajé el pulgar alevosamente, porque sí me acordé de otros leídos en la misma época: El nombre de la rosa, algunos de Arlt y El informe de Brodie. Qué putazo, todavía no había entrado a Puan, no sabía lo que era Puan, y ya miraba de reojo a Stephen King. Para mí esto es una prueba de que el esnobismo no necesita a la academia para desarrollarse.

Hablando de Puan, no está tampoco en la lista el Informe para una academia de Kafka que me acuerdo de haber leído en la Biblioteca del Congreso en el ’90. Y no incluye clásicos como El matadero que entraban en los programas de Castellano en la secundaria. Tampoco están los poemas de Pizarnik o los de Girondo ni una serie de cosas que entonces leía en fanzines. Fue curioso recordar que a los 18 tenía leído un solo libro de Borges, y justamente su libro más arltiano, el que tiene el cuento homenaje a El juguete rabioso (tomé al pie de la letra ese homenaje: por un buen tiempo no agarré otro libro de Borges y sí todos los de Arlt). Afuera también quedaron, como si estuviera convencidísimo de que armaban otra zona de la experiencia estética, las revistas de historietas. Más allá de todos estos descuidos, la lista es fiel y da una idea de que ya a comienzos de los ’90 se podía entrar a la carrera de Letras siendo un iletrado.

* * *

¿Por qué hice esa lista? Porque los libros eran casi todos prestados, y algunos leídos en la biblioteca del Congreso. Sería mi forma de conservarlos en papel. De lo que estoy seguro es de cuál fue la circunstancia que hizo posible que yo armara esa lista. Fue el trato con Jorge Sánchez.

En diciembre de 1990, cuando yo acababa de terminar la secundaria, dos meses después de su fiesta de quince donde me aparecí con un jean robado para ella de Carrefour y le dije a cámara “Ti amo”, pasados ya dos años de vernos casi todos los días, generalmente en la puerta de su casa, a veces en la escuela de Bellas Artes, cada tanto en el interior de su casa, en esa cocina donde se preparaba y se consumían toneladas de café, en diciembre, tal vez el 7 o el 8, de 1990, en el amanecer de un sábado o un domingo, minutos después de volver en grupo de alguna fiesta, Dolores me invitaba a entrar a esa cocina mientras los amigos se quedaban, como acostumbrábamos hacer, hasta las ocho o diez de la mañana en la puerta de su casa, y empezábamos una relación de cinco años.

Y a Jorge Sánchez, su padre, que ese mismo año había empezado una relación de veinte años con el diario Clarín, pasé a tratarlo con algo más (poco) de confianza. Jorge para nosotros era Gregorio, el mismo nombre que él le había puesto a su perro, creo que un mastín napolitano. Gregorio era un tipo que vivía para el trabajo y los sábados a la noche les daba a sus hijos, de un saque, licencia para sentir que los amaba. Los sábados a la noche era común que en su casa de la calle Yerbal cenáramos y bailáramos veinte, treinta personas del Yrurtia o de la cuadra y alrededores. Cuando no había plan para salir o banda que ir a ver, los Sánchez hacían una fiesta y Gregorio estaba ahí, bancando, con su generosidad, las empanadas y el vino para treinta pendejos que él poco conocía, y también bailando. Las pocas fotos que tengo de esas noches son muy elocuentes. Gregorio era un jodido provocador y alguien que esperaba que todo el mundo a su lado estuviese tan lleno de orgullo y confianza en sí mismo como él. Y obviamente los más orgullosos o pagados de sí eran los que menos pelota le daban. Pelota en sentido minucioso, cotidiano, porque en el fondo de nuestras mentes Gregorio seguía siendo el tipo que te provoca a más no poder. Me acuerdo cuando me vino a visitar, y eso para acompañar a su hija, al cuartel militar en la primera visita de familiares. Estaba también mi mamá, había venido en el auto de los Sánchez. Y me acuerdo que Gregorio decía que la colimba era gran cosa. Hoy todos recordamos al escritor Fogwill que se acaba de morir, un Fogwill cuyas novelas pegan fuerte sobre todo en una generación: la de los treinteañeros que conocieron internet justo cuando dejaban de escribir cartas de amor (a mano) y se casaban, y empezaban a acostumbrarse a un uso no del todo satisfactorio del pito y del espacio público. Bueno, Jorge Sánchez alias Gregorio y Fogwill tenían mucho en común, entre otras cosas el cigarrillo que los mató este año y la defensa del servicio militar.

* * *

De la lista de 32, doce libros pertenecían a Jorge Sánchez. Lo conocí en el ’88; en el ’90, cuando yo todavía no salía con su hija, ya me prestaba Los siete locos y Frankenstein. A partir del ’91 me dio permiso para sacar libros de su biblioteca. Me quedé con uno solo, el de Macedonio Fernández. No me recomendó ninguno en particular, simplemente un día me dijo que me prestaba cualquiera que yo quisiera leer. Quizás me mostró él, porque en la tapa tenía un dibujo creo que de Alonso (amigo suyo), Jauría de Viñas, un libro que a mí no se me habría ocurrido pedirle. La novela de Benedetti vaya a saber por qué la elegí, todavía no existía la película El lado oscuro del corazón, aunque es probable que al uruguayo uno lo tuviera como un “must” porque se lo recomendaba seguido en los suplementos culturales de entonces. En cuanto a Nadar de noche de Forn, me acuerdo que había salido ese mismo ’91 y Jorge lo trajo del diario, lo mismo que la edición Planeta de los cuentos de Arlt. Después me siguió prestando muchos otros: de Cortázar, de García Márquez. Más tarde, a fines del ’93, fue el que puso la plata y no sé si también el visto para que su hija me regalase el Ulises de Joyce.

Ya fuera de las ediciones de Sánchez, unos cuatro o cinco libros de la lista los leí en la biblioteca del Congreso, junto con alguna cosa de Kafka que se ve que olvidé de anotar. El ’89 fue el año en que empecé a buscar poesía, cuentos y novelas. Íbamos, cada tanto, con Miguel (el Papa) a la biblioteca a eso de la una de la mañana y nos quedábamos hasta las cuatro o las cinco –a las tres servían un té. Me acuerdo, sobre todo, de Las Flores del Mal, de Baudelaire, seguramente el primer libro que fui a buscar, encontré y volví a buscar. Y de Lord Byron. El de Hesse me lo regaló este amigo Papa que después se hizo chorro -hay que decirlo, incluso cuando la verdad es tan “literaria” e incluye amigos que se hacen chorros. Lo tengo en mi biblioteca al de Hesse, la dedicatoria es de enero del ´91 y en ella Papa escribe:
Quizás el tiempo nos separe o peleas impredecibles, o un destino tragicómico como la muerte o la indiferencia. Pero queda expreso que te quiero hoy y ningún ser sensible se olvida de nada. Ojalá que este libro o recuerdo sea un lazo infinito como un hilo de muzzarela y no se corte la amistad y las noches de Villa Luro, Congreso y otras calles en que la sinceridad salía de nuestras bocas soñadoras e inexpertas tratando de arreglar el universo de la vida nocturna (un poco pesado, ¿no?)”.

Vuelvo a la lista. Diez libros estaban en casa. El más veterano es Rimas y leyendas de Bécquer: lo encontré en la calle, entre bolsas de basura, el mismo día que Bélgica le ganó a Argentina en el partido inaugural del Mundial ’82. Después viene una seguidilla de ediciones que robé en Carrefour Vélez más o menos para el mundial que siguió, el de México. Envalentonado por el gol a los ingleses, no sé por qué me las agarré con los franceses del supermercado y me llevé el de Eco y el de Borges, y otros como los de Stephen King que por alguna razón censuré en mi inventario. Ya dije también que no incluí los pocos de Salgari, Jack London y Verne que mi madre me regalaba de la librería de Hilda, a metros de la escuela primaria. La lista se completa con unos cuatro o cinco libros que no me acuerdo quién me prestó, leí y devolví, como Las enseñanzas de Don Juan o el de Artaud.

* * *

Por entonces no compraba libros. Además del Bécquer y los chafados del supermercado había otros que no puedo acordarme cómo llegaron a casa para quedarse. El juguete rabioso, que leí a los 16, tal vez lo compré en un negocio de revistas usadas, o me lo quedé de alguien. Tampoco sé cómo llegó La hierba roja de Boris Vian y Drácula, quizás de Parque Rivadavia donde iba a comprar historietas. El Werther de Goethe es un misterio, lo debo haber comprado en Corrientes después de verme la película (una versión española) en el ’90.

El primer libro que me acuerdo con nitidez que compré lo eligió la vendedora que me tocó en suerte. Fue en agosto del ’91, nunca olvidé ese momento y ahora, gracias a esta notita autobiográfica que guardé entre cartas, puedo fecharlo con algo de precisión. Esa vez entré a Librería Hernández y pregunté si tenían poemas de Benedetti -acababa de leer Gracias por el fuego de la biblioteca Sánchez- y la vendedora me dijo que sí, que tenían, pero que yo debería leer otra cosa (¿Quedan libreros que hablan de deber? Ojalá.) Y me recomendó otro autor que además, me dijo, tenía un libro en oferta. Ahí fuimos hasta el fondo a la mesa de poesía y ella leyó en voz alta “La casa de los aduaneros” de Eugenio Montale, y me vendió nomás Huesos de jibia.

Las flores del mal lo terminé comprando ese mismo ’91 o al año siguiente, en la misma librería. Ya para entonces me sabía de memoria tres o cuatro poemas en la traducción de no sé quién, y uno de esos poemas, el que más me conmovía, era “El sueño de un curioso”. Cuando compré la edición traducida por Nydia Lamarque debo haberme sorprendido al leer:
“¿Conoces como yo cierta aflicción sabrosa
y de ti haces que digan: -¡Oh, qué hombre singular!…”

siendo que en mi memoria forjada en la biblioteca del Congreso el poema era más lindo y sencillo:
“¿No sufres como yo el gustoso daño
de que te tomen todos por extraño?”

* * *

Vuelvo a las metaleras, y a la escuela de Bellas Artes, el Yrurtia. Esas pibas le metieron, también, mucho celuloide a mis días. David Viñas, que después acabaría teniéndolo de profesor, decía en una clase: “Las minas son las que pro-ponen, ¿no? Uno no va al cine por ejemplo si no se lo propone una mina”. Años después conocí Berlín y puse la mano en la misma baranda de la biblioteca donde se apoyaba Bruno Ganz. Y creo haber estado en el mismo bar de esa película, “Las alas del deseo”. Una película propuesta por una metalera.

También les debo a metaleras como D., y en general a muchos amigos del Yrurtia, no ya el descubrimiento de algunos artistas de la historieta, que en general los conocía, pero sí la alegría de tener con quién compartir ese encanto. De hablar del dark espartano de los dibujos de Alberto Breccia. Pero, bueno, para no hacer de esto una nostalgia voy a terminar con un poema. Y al que le gusta este tipo de relato autobiográfico más allá de la coincidencia en una época determinada, le recomiendo cualquiera de los seis tomos de memorias de Darío Cantón (son caros, pero es cuestión de ir a buscarlo a Darío, demostrar interés, y él te regala uno). El poema se lo dedico a Dolores; el ensayo que acaban de leer, a Mora, la mujer de Jorge Sánchez.

Acá hubo giras como hubo cortes de tránsito,
sueños de inmortalidad y de muerte joven,
glucógeno, mucho glucógeno para la dulce resistencia,
ayuno del cerebro titulero por ser mente creativa;
acá, en esta escuela de Bellas Artes, una
de las tres secundarias de este tipo que tiene la ciudad,
distintas primaveras (del año, de la vida, del país)
ayudaron a buscar en el barrio otra cosa.

La cara de Lenin estampada en el ojo de gato
de una bici atada al plátano y la a de anarquía
dripeada en la pared. Nadie funda su adolescencia
en la sencillez, quizás por eso sus símbolos son tan claros
y –¿qué opinar de esto?– los mismos antes y ahora.
Las bicisendas que conozco. En algún aula
habrá un Guernica, infalible para detectar agentes de civil
en una marcha: los únicos que no relajan la vista.

Los que pasamos por este lugar porque hubo amigos
que acá estudiaban y abrían las puertas los días de fiesta
incorporamos códigos en la ausencia de elitismo
que embellece a los jóvenes mientras se forman en un arte.
Alguno, gracias a ellos, terminó de abandonar su casa
y alteró la rutina en sus otros entornos de amistad.
Mariano, Dolores, Analía, Mariu… siempre están presentes.
Los que íbamos a una secundaria comercial los saludamos.

* * *

Y un gran saludo a tantos que no nombré en el poema: Karina, Andrea, Marcelo, Claudito, Carla, Nora, Alejandra, Miriam, Alejo, Ariel, Mono, Gabriel, Sebastian, la chica que se llamaba ¡María Eva Duarte!, los hermanos de apellido terminado en -elli, Alejandra, Daniela la loba… camadas del Yrurtia… Con uno me porté mal y no lo olvido.

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Una respuesta to “Metaleras”

  1. federico Says:

    Muy emocionante y movilizador el texto. Extraño las cartas manuscritas y no por nostalgia, es por otra cosa que todavía no sé.

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