Una biblioteca sudamericana

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Trato de acordarme cuándo fue que leí por primera vez al fundador de la literatura sudamericana Edgar Allan Poe. Su nombre y algunas versiones de cuentos suyos pululaban por la Fierro y en fanzines de finales de los ’80. Pero deben haber sido “El retrato oval” y enseguida “Ligeia”, y eso en el ’93, los primeros cuentos que leí. El contexto ya era la carrera de Letras, esa que se cursa en la calle Puan.

Debería escribir un libro de Puan y ofrecérselo a Leonora Diament, la editora que confía en Letras y publica, por ejemplo, a Dardo Scavino. Estuve en la presentación del primer libro de Scavino, en el ’93. Pronto voy a cumplir veinte años yendo a la calle Puan. La mayoría de ellos trabajando en contacto con todos los programas de las distintas materias de la carrera. Tengo en casa, archivadas, clases magistrales de David Viñas, Beatriz Sarlo, Ofelia Kovacci y Nicolás Rosa. Son cuatro patas que sostienen la carrera durante la década del cambio de Constitución.

La primera clase a la que entré: Literatura Argentina, programa ’92, tema: los quinientos años. Viñas da la charla inaugural: se para frente al pizarrón, arriba a la izquierda escribe la palabra “Constantes”; a la derecha, “Variaciones”. Es agosto, yo estoy prácticamente pelado, un mes atrás desfilaba por las calles del barrio El Jagüel en uniforme. Fuerza Aérea: tengo que ordenar esta confusión, quiero un nuevo amor para estar libre. Viñas incluye en el programa, entre libros de los siglos XVI a XIX, una novela de César Aira.

* * *

Dos semanas de agosto yendo a escucharlo a Viñas que dicta las clases magistrales, y a una de sus ayudantes, una chica igual a Liz Fraser, que da los prácticos. Hasta que alguien me dice: no te va a servir esta cursada si antes no aprobás la introductoria, Teoría y Análisis. Sigo asistiendo las veces que mi patrón en la Fuerza Aérea, Julián, me da permiso para salir a las tres de la tarde. Y dejo el comienzo institucional de la carrera para el ’93.

Los cuentos de Allan Poe son la primera lectura que luego será examen; por azar mi biblioteca universitaria empieza por el comienzo de la biblioteca sudamericana. En paralelo están las locas teorías de Víctor Shklovski acerca de lo que hace que alguien, cuando escribe, escriba literatura y no otra cosa. La especificidad de la palabra que hace olvidar por un segundo las ventajas de entender y ser entendido; la “ostra-nena”, diría el poeta Daniel Durand recomponiendo eso que los rusos llaman ostranenie. A Shklovski y otros rusos los enseña Jorge Panesi al frente de la cátedra de Teoría y Análisis. Los cuentos de Poe vienen en el paquete Literatura Norteamericana, aunque un estudiante comenta en clase que la cátedra de Literatura Argentina 2 (siglo XX) también decide, ese año, empezar con Poe. No es la cátedra de Beatriz Sarlo la que comete tal atrevimiento sino otra, la paralela, dictada por una señora de apellido Frietzsche.

En Gramática, por su parte, una mujer de carácter insiste: hay que empezar por lo que no es gramática: los sonidos que el ser humano hace con la boca, vamos a tratar de describirlos. A los veinte años estudiar fonética es una forma extraña, rusa, de pensar en sexo oral. Hay que llevar los dedos a la altura de la nuez de Adán para comprobar la diferencia entre la /p/ y la /b/, una diferencia que producimos todo el tiempo sin pensar. Las clases de Ofelia Kovacci son en la práctica lo que las clases de Jorge Panesi postulan para la teoría: cosas raras. La mayoría de mis compañeros varones, sin embargo, se aburren como una ostra, no así las nenas, que parecen disfrutar tocándose la garganta y haciendo ppp, bbb. Ellas son mayoría. Termino el servicio militar y me rodean estas chicas que se tocan su no-nuez de Adán. Vamos a ver Viridiana, la de Buñuel.

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La primera experiencia es con una ostra-nena que, no iba a ser de otro modo, es diferente dentro de lo diferente. Porque las demás tienen la misma edad que yo, y ella es una nena de casi cuarenta. Empieza Letras después de años de arquitecta. Por el lado paterno tiene sangre árabe, la madre es paraguaya. Me baja los rusos a la realidad pidiéndome, cuando estamos solos, muchas cosas por primera vez.

Las exigencias de Gramática y Teoría pronto llevarán a que abandone la cursada donde había estado leyendo a Poe. Tres materias son mucho, más si tenés dificultades para hacerte de los textos de lectura obligatoria: en su mayoría fotocopias. Porque un día falto a un teórico de Norteamericana me veo obligado, si quiero dar el primer parcial, a comprar la desgrabación de esa clase. El centro de estudiantes la graba y publica, pero cuando voy no la tienen hecha. Cruzo la calle Puan y voy a la fotocopiadora “privada”, SIM, que también las publica. Y pago el equivalente a actuales ocho pesos para tener una copia de esa clase, que era una clase doble. Si vuelvo a faltar no es tan sencillo esto de comprar la desgrabación. Íbamos por Nathaniel Hawthorne, yo todavía estaba leyendo el asunto de la unidad anterior, Moby Dick.

El grueso son las fotocopias, y algunos son libros de existencia empírica en librerías o en bibliotecas, como las Narraciones de Arthur Gordon Pym que leo mientras escucho en casa, en el vestíbulo, el disco de Pachuco Cadáver. Trazar correspondencias: la mejor forma de asimilar lo que se presenta como nuevo es emparentándolo con algo igual de nuevo, creando así familias adams en donde derrapar sin, digamos, perderse. Sentirse perdido es sentirse perdido de una sola cosa, nunca de varias. Poe y Pachuco Cadáver. Mi compañera Tere y un barrio que estaba tan cerca pero por donde nunca había caminado. Es mi forma de no matar la novedad, desfocalizándola, poniendo dentro de una categoría general -¡vida!- cualquier cosa que irrumpa con sentido puntual de nuevo. Armo con-novedades, no puedo ser raro ni quiero. Tere me ayuda porque pide muchas cosas nuevas, provee muchas otras, eso sin contar que es la que provee las fotocopias de Teoría y de Gramática, la que las presta. Aun así a ella como un “todo sólo Tere” tengo que corresponderle, para vivir, la extrañeza de las calles por donde caminamos.

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(sigue)

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