Una biblioteca sudamer…(3)

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La bailarina Isadora Duncan distinguía a los argentinos de los estadounidenses: los primeros son los “brutos calientes”, decía, los segundos los “brutos fríos”. Esto lo cuenta el brasileño Oswald de Andrade, poeta, escritor y amigo de la Duncan, en sus memorias que llevan el título de Un hombre sin profesión. Oswald sólo llegó a escribir el primer tomo de esas memorias, y a ese volumen lo llamó Bajo las órdenes de mamá. Digo, para enlazar estadounidenses y brasileños, porque ya es hora de ir introduciendo a unos vecinos que, como se verá, ocupan un lugar destacado en esta biblioteca sudamericana. ¿Y qué de los brasileños, Isadora? ¿El equilibrio? ¿A mitad de camino, brutos, entre la frialdad del norte y la calentura del sur? ¿O en otro paradigma? ¿Los finos calientes? ¿Y Europa los finos fríos?

Me inclino por los finos calientes, empezando por el mismo Oswald de Andrade cuya obra tengo a mano. Un Oswald que perseguía el ideal de un “bizcocho fino” para su escritura: fino, y bizcocho. Alguna vez lo traduje como “mis facturas son de grasa pero sin dulce”. Si soy un bruto caliente, ¡de qué otra forma lo iba a traducir! Me gusta también la vida de Oswald, interrumpida por memorias, vale decir por libros, de poesía, de ficción, que son memorias. Entre divorcio y nuevo amor, fa: memoria. Entre decepción y utopía, otra vez. Y lo que ve de las mujeres.

Cuenta que Un hombre sin profesión lo empezó a escribir el mismo día en que recibía en su casa a ese enorme crítico literario que es Antônio Cândido, después de que éste se despidiera diciendo lo siguiente: una literatura nacional sólo alcanza la mayoría de edad con memorias, cartas y documentos personales. Y si pudo empezar el mismo día con esas autotituladas memorias es, digo yo, porque había estado practicando el género todo el tiempo. No va a ser cosa que creamos que una memoria se escribe una sola vez.

* * *

Un hombre sin profesión es un diario de experiencias vividas hace tiempo, no una autobiografía. Es un registro de la configuración, en ese momento en que escribe, de su pasado. También las autobiografías son eso, no nos engañemos: formas de encorsetar en un momento dado. A esta altura de la soirée, con tanto que se teorizó sobre la escritura en primera persona, los títulos para este tipo de libros deberían ser más honestos: no Una vida por el mundo sino Dos meses sin trabajo, que son los meses desde donde se configuró tal versión del pasado y no otra. Este libro que estoy escribiendo, por ejemplo, se debería llamar Una temporada sin mujeres.

Pero se llama Una biblioteca sudamericana y también es honesto, porque es lo que construyo en el lugar de una mujer. El resto sigue igual: juego y charlo con mis hijos, con mis amigos, trabajo, tomo mate, camino. Con esto que construyo me olvido de un olor que de otro modo estaría en toda la casa. El momento siempre es la falta de algo, ya para que sea presente tiene que ser la falta y su ocupación con otra cosa.

Y esto que escribo, ¿son memorias? ¿O es una autobiografía? Las dos parece que trabajan sobre una pérdida. Las dos, a su manera, la llenan con algo. Las memorias tratan de buscar con qué; la autobiografía ya lo sabe. Hay algo de negocio hecho en la autobiografía, y de operación a futuro en las memorias, y eso es así aunque las segundas suenen más a “viejo”, a mano cansada sobre el papel: cansada pero que no deja de querer el objeto o, al menos, su comprensión. La autobiografía sublima los recursos, la técnica, los procedimientos, conciente de que el placer sólo estará en ellos y no de vuelta en el objeto, perdido. En las memorias, igual que en un diario, todo, también lo que duele, es devenir, preguntas, palpitaciones. Los separa un mecanismo que se llama fe. Tom, cuando piensa en Jerry, escribe memorias. El Coyote una autobiografía.

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