Una biblioteca sudamer…(5)

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Dicen que Letras “mata” el gusto por leer. Es mentira. Lo que mata es la seriedad de la lectura. Pero esto, la muerte de la “seriedad”, es un premio que llega después de años de bajar la cabeza y leer sólo parcialmente a distancia: desconfiando y hasta burlándote de la voz del autor de una novela o un poema, pero tragando sin chistar el recorte de textos que ese otro autor, el profesor, te pone delante y que te deja, porque es un recorte pero es una tonelada de texto, sin tiempo material para refutarlo con otras lecturas. Un día llega, de todos modos, en que ya se lee a distancia del texto y de quien te lo manda leer; que ese día llegue muy temprano o llegue recién cuando se acaba la carrera no es algo de lo que una persona deba jactarse. Requiere un tiempo que no sea poco ni demasiado el desoír a tu maestro y empezar a “leer mal”, desviándote de sus pretensiones, el enfoque que te hizo repetir. Una profesora como Beatriz Sarlo, por ejemplo, escribía un artículo titulado “Olvidar a Benjamin”, pero no vayas al examen final olvidando a Raymond Williams -Sarlo, es sabido, es de los profesores que en final esperan que reproduzcas sus clases.

Así las cosas, no se puede decir que el objetivo de Letras sea enseñar a leer a traspelo. No se puede porque está ahí, negando lo anterior, la ambición de los profesores por que los estudiantes repitan la lección. Te dan la droga que combaten, sinteticemos. Los objetivos, entonces, son dos que entran en cortocircuito: leer “bien” y leer “mal”. Ya si pasamos a los objetos de estudio en la carrera, en principio también son dos, el lenguaje y la literatura, y que tienen la capacidad no sólo de entrar en cortocircuito entre sí sino de generar un árbol maligno de recursividad: reflexión sobre el objeto, reflexión sobre la reflexión sobre el objeto y así. Si no queremos irnos por las ramas, podríamos decir que los objetos de estudio en Letras son cuatro: el lenguaje, la literatura, lo que se ha escrito sobre el lenguaje y lo que se ha escrito sobre la literatura –y encorsetemos dentro de estos últimos lo que sería una reflexión sobre una reflexión sobre el lenguaje o sobre la literatura. Hay una cosa que, siendo obvia, a veces se descuida, y es que cada curso importa ya un pensamiento sobre el objeto que va anunciado en el título; que en una materia como Literatura Argentina no se “hace” literatura sino análisis, crítica y hasta teorías, y en Teoría Literaria se hace teoría de las teorías que tienen a la literatura como objeto. El lenguaje y la literatura como experiencias directas, en este sentido, están en cualquier parte menos en Letras. Pero también tengamos presente otra cosa: no existe el objeto libre de reflexión sobre otro. No existe el lenguaje que no acarree cosas ya dichas generando así, a veces sin quererla, una reflexión sobre el lenguaje. Esto es algo que la escuela del lingüista Chomsky ha puesto en primer lugar, la recursividad de las lenguas humanas, evidente cada vez que metemos la palabra de otro en una frase con subordinada, por ejemplo –la primera que se me ocurre– Este tipo se cree que los libros son baratos. En cuanto a la literatura, lo mismo: no hay obra que llegue virgen de reflexión sobre las que la anteceden. Sin embargo hay tendencias, y al menos quien esto escribe no cree que el lenguaje sea ante todo reflexión sobre el lenguaje como sí es la lingüística, ni que la literatura sea ante todo reflexión sobre la literatura como sí es la teoría literaria y como creen los malos escritores.

Pareciera, por todo lo dicho, que en Letras se “filosofa” a más no poder, pero es poco lo que se filosofa comparado con lo que se historiza. Y es que cualquiera de los dos/cuatro objetos de estudio que recién nombré, también el lenguaje, es ante todo un documento de época, aunque no deje de ser un asunto más o menos largo como la humanidad. Una novela es una novela publicada en tal año y en tal país mientras circulaban tales otras obras y ocurrían tales acontecimientos, y es también una estructura forjada de una vez y para siempre con tal acopio de recursos sin fecha de origen ni, parece, de vencimiento como pueden ser la metáfora, el paralelismo o la condensación. Eventualmente el campo de lo investigable se ensancha abarcando otros documentos de época, y así pueden entrar en el programa de una materia textos de valor historiográfico, documentos puros y duros que, curiosamente, son los preferidos de los profesores más “light” –un duro como David Viñas, por ejemplo, nunca abusaba de la paciencia de sus alumnos y casi no incluía en sus programas textos que no fueran buenas piezas literarias.

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Dos/cuatro objetos de estudio, y puede haber más porque siempre hay profesores que creen que tienen que innovar. Ahora, ¿qué parte de eso que es el lenguaje, o qué parte de eso que es la literatura, se privilegia en Letras?

Digamos que para el estudio del lenguaje parece haber un marcado interés por expresiones “catastróficas”. Esto si no me equivoco lo señaló alguna vez Fogwill: que las profesoras de gramática aman dar ejemplos de oración donde alguien muere o sufre un accidente o padece algo. Lo que quiero añadir es que las profes son totalmente cabales al hacer eso, y que emitimos lenguaje por la necesidad de expresar un cambio de estado, de otro modo más bien nos quedaríamos callados. La gramática cognitiva –una de las tendencias actuales– capta perfectamente esta cuestión cuando sostiene que existen dos modelos de construcción de frases. Uno es el “modelo escenario”, presente en una oración tipo Juan está cansado: es un modelo estático, podemos imaginarnos a Juan en una tarima de un teatrito con cara de cansado. Y el otro, mucho más productivo, es el llamado “modelo bola de billar” donde algo golpea en otra cosa y produce un cambio en lo que de otro modo sería un escenario estanco. A este último lo usamos todo el tiempo, es el típico de las oraciones con sujeto, verbo y objeto directo: El policía atrapó al ladrón. Y éste es el catastrófico, el que está en la base de nuestra vida. Fogwill se quedaba corto cuando decía que las maestrulis abusan de esto. De pasada, mientras escribo, me doy cuenta de por qué más de una vez defendí ante jóvenes literatos que la van de vanguardistas el talento inmenso de Gabriel García Márquez. Alguien que empieza un libro con la frase “Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa” es alguien que sabe muy bien cómo es esto de jugar al billar con las palabras. De hecho, si mal no recuerdo, en su autobiografía la madre lo va a buscar (para vender la casa) cuando él está jugando al pool en un bar. Debe ser por esto que pienso en el modelo bola de billar y me acuerdo de García Márquez. Y de repente pienso en grandes comienzos de libros que ponen en una misma oración, uno detrás del otro, el modelo de la bola y el modelo del escenario. Acabo de comulgar y estoy en éxtasis, de Viel Temperley. Algún lector dirá que Acabo de comulgar no tiene la estructura típica de la bola (sujeto-verbo-objeto), pero sí, sólo que tiene al objeto dentro del verbo: acaba de hablarle al Señor. Y está en éxtasis, que es un efecto de la catástrofe.

Decía que en Letras hay dos objetos de estudio básicos, el lenguaje y la literatura; y que del lenguaje recorta las frases más calamitosas. Dentro de la literatura se inclina, también, por el género con más disposición a la catástrofe: la novela. Lo cual es curioso si, como decía al comienzo, la carrera enseña a matar la seriedad. Se expone en todo caso a densidades y bajones espectaculares para lograr su cometido. En lo personal no sé cuándo llegó, pero sí sé que Letras, lo mismo que un buen taller literario o la compañía de un buen lector, mata la seriedad de la lectura. Se me ocurre, por ejemplo, que si hoy a la tarde, en la plaza Ejército de los Andes, cuando con mi hijo menor empezamos a jugar a que él me tenía que leer a mí y yo saqué de la mochila El discurso del vacío de Levrero y le dije “a ver, leeme éste”, y él empezó a leer en voz alta fragmentos de esa novela que es, digámoslo, más allá de su calidad literaria, un relato de introspección bajonera, un relato que podría ser demasiado “serio” si se lo sigue al pie de la letra, porque es una letra que usa mucho la “liviandad” pero al servicio de una pesadez del yo extraordinaria, se me ocurre, decía, que cuando hicimos ese ejercicio de lectura con el objetivo común de reírnos de lo difícil que a él le resultaba pronunciar algunas palabras desconocidas, al mismo tiempo yo estaba ejercitando algo que pude haber sacado de la carrera de Letras y actualizaba en ese momento, con el calor de la primera tarde de primavera, después de jugar a la pelota, y lo actualizaba con la esperanza de que en una neurona de él quedase grabada para siempre esa experiencia: la de enfrentarse con un texto bajonero escrito por un autor que se toma bastante en serio y hacerlo con el arma de la risa.

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5 comentarios to “Una biblioteca sudamer…(5)”

  1. estrella Says:

    Muy bueno, me quedo con la escena del último párrafo.
    Y el Discurso vacío, serio, liviano o bajón, está bueno, aunque mejor aún, La Novela Luminosa.

    (Me acuerdo de esta historia: una día, la profesora de lengua les dice a los alumnos qué libros les gustaría leer. Mi hija, de 11 años, propone Relato de la muerte de un náufrago, porque lo había leído en las vacaciones y le había gustado. Pues entonces lo leyeron. Llega el momento del examen, donde cada alumno debe dar cuenta de la propia lectura, y la bochan porque no contestó no sé, algo anecdótico sobre la historia. ¿No es abusurdo?) Te dan la droga que combaten, sinteticemos, decís vos. Algo así.
    Perdón por la largura.

  2. denapoli Says:

    y sí, las dos cosas, lo de levrero y lo del examen. creo que no le voy a entrar a La novela luminosa. estoy con este otro, me lo prestó el querido Necro, y lo encuentro muy bueno por momentos. quizás me agarra distraido y lo termino. saludo, estrella

  3. necro Says:

    Cristian, gran definición del libro lo del “uso de la liviandad al servicio de una pesadez del yo extraordinaria”. De hecho, por momentos, el ritualismo neurótico y costumbrista se vuelve de una pesadez insoportable, y lo bueno es que no necesita recurrir a ninguna escena de tipo reviente, sordidez a full, etcétera, para lograrlo, y al mismo tiempo mantiene el interés, a diferencia de mucho del movimiento falso y sus epifanías pseudo-bresonianas. Es como el diario de un personaje de Kafka que admirara de Proust, pero es cierto, por ahí con ochenta páginas está todo dicho, por eso creo que la novela luminosa vuelve un poco yeite lo que El discurso vacío se había ocupado, en efecto, de vaciar. Un abrazo!

  4. joandemena Says:

    Qué bueno. Esa falta de seriedad es lo que nos vuelve imposible leer Ñ, ¿no?

  5. denapoli Says:

    la del personaje de kafka que admirara a proust, muy clara la imagen. lo terminé el otro día. lo que más me gustó fue el capítulo donde habla de un músico uruguayo olvidado, un tal rodríguez. es un buen libro, ahora si la novela luminosa está en la misma línea creo que no le entraría.

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