El problema es el polideportivo

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Y un día hablarás de fútbol sin saber por dónde empezar…
Sí, porque cuesta ordenar algo que no es un discurso y que tampoco llega al cuerpo para ser dicho.
Pero lo cierto es que hice campaña por Uruguay, por este equipo de Uruguay, lo seguí a la cancha y espero seguirlo y ya no me importa que gane, es más, que gane Paraguay la copa, que la gane Perú. Pero era uruguaya la selección que mejor podía enfrentarnos con nuestras veleidades.
Me gusta que triunfe la experiencia. Los jugadores argentinos no se conocen, la dupla Messi-Gago es como hacer un shuffle en un portal de música: intercalás temas de dos bandas y por ahí sale bien, por ahí se crea un clima, o quizás el resultado es tan malo que te saca las ganas de escuchar y pasás a mercadolibre o a poringa. En abstracto, los veinte jugadores argentinos en esta Copa son jugadores de selección, están bien elegidos. Los uruguayos, además, están bien armados. La diferencia la da un fenómeno que veinte mil años atrás les permitía a seres de 80 kilos matar a otros de dos toneladas y simpáticos colmillos. Acovacharse, calcular y salir, volver a la covacha, volver al cálculo, salir de nuevo a la cancha, y un día el mamut cae. ¿Alguien se acuerda que este equipo uruguayo es el mismo que en las eliminatorias clasificó, como se dice a veces, de lástima?
Me gusta que triunfe la paciencia. Ninguno de los veinte jugadores argentinos en la Copa tiene más derecho que otros a estar ahí. El affaire Tevez-Batista previo al torneo, la prepotencia de un jugador que a algunos, queriéndolo, nos cayó mal; eso de insinuar que el técnico se equivoca si no me llama. Y en la selección uruguaya ese loco Abreu, un himno a la paciencia, el suplente más decisivo que se ha visto en estos años, metiéndole confianza a los titulares… Ningún hincha uruguayo va a decir que en esta copa Abreu no jugó.
Me gusta la claridad, saber a dónde vamos. A Lavezzi, otro que algunos bancamos, todavía no le sacan de la cabeza la idea de que ese yate de cinco millones de euros que compró en primavera, de que esos diez pasaportes que agilizó para sus amigos del barrio, eran para este verano europeo que termina pronto. Ahora, malicia sería juzgar frívolo al que presenta sus calzoncillos en revistas de moda, y liberar a otros que no posan pero quién sabe en qué están pensando. Ninguno de los veinte jugadores argentinos de esta Copa es más frívolo que los otros o está pensando más en otra cosa. Todos se sienten igual de presionados: igual de lejos.
Y es esta loca obviedad que sigue pidiendo atención: el capitalismo es hostil a la experiencia, a la claridad, a la paciencia, y por ende también al fútbol. Lo que no implica -ahí está Uruguay para demostrarlo- que todo esté perdido. Ni que hagan falta revoluciones permanentes, como sugiere el periodismo deportivo por su lógica trosca de reclamar cabezas (sólo que para seguir teniendo de qué hablar y cenando en Puerto Madero).
La única solución no revolucionaria es esperar. Como hizo el equipo uruguayo, aunque a nosotros tal vez nos exija más tiempo -la presión social es distinta, la calidad individual es mayor y esto no facilita las cosas- y quién sabe algunas bajas.
Mucho más que la confirmación de que Messi y Pipita Higuain se entienden, no se podía sacar de este equipo. Ya es una base, ahora hay que cruzar los dedos para que el calendario de los espectáculos europeos les dé horas libres antes de las eliminatorias. Digo yo, ¿no se podría hacer un polideportivo de Ezeiza en Bruselas, en Bilbao? Lo digo sin ironía. Si el equipo es a base de jugadores de exportación, en algún lado hay que juntarlos seguido. No sé cómo se llama ese predio de Ezeiza donde nuestro equipo entrena, pero como el fútbol es omnipresente permítanme que lo llame, a ese lugar, polideportivo. Y que pida uno igual en el viejo continente.
Por esto también es que pedir la renuncia de Batista suena a despropósito. Es seguir pidiéndole al país que haga magia. Sólo en este punto creo que es sensato hablar de fútbol y por encima de política. Los porotos de soja que exportamos no vuelven cada tanto al país; si volvieran no sabríamos dónde ponerlos, en los restaurantes perderían por goleada con los cachos de lomo, con los filetes de merluza, con las zanahorias. Nuestro fútbol es tan de exportación como nuestras commodities, sólo que incluye hombres con pasaportes agitadísimos de acuerdo a sus expectativas totalmente válidas de seguir perteneciendo. No digo que hay que descartar a esos hombres; ésa es una solución. La otra es asumir que durante 340 días al año Messi no sabe nada de Zabaleta ni Pastore de Mascherano, y que esto no sirve.
Si vamos por la primera, mantegamos el polideportivo en Ezeiza. Para la segunda hagamos otro en Bilbao o en la isla de Córcega, en algún pedazo de Europa sin demasiado europeísmo. Y ahí acovachémonos, practiquemos y a esperar. Con Batista y con estos veintidós, hasta que llegue el día en que los jugadores se conozcan y “Argentina”, lejana y abstracta como en algún punto siempre lo será, deje de ser un mamut inabordable en sus cabezas. Ese día ya no podrán dar, siendo que ya no la sentirán, vergüenza.

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