José Carlos Yrigoyen

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José Carlos Yrigoyen nació en Miraflores, Lima, Perú, en 1976. Ésta será su primera visita a Buenos Aires. Yrigoyen, que es un referente en la poesía peruana de las últimas décadas, publicó cinco libros de poesía: El libro de las moscas (1997), El libro de las señales (1999) Lesley Gore en el Infierno (2003), Los días y las noches de José Carlos Yrigoyen (2005) y Horoskop (2007). El último fue publicado en México.

Y ha escrito también una crónica: Breve historia del fútbol de Indonesia (2009), editada en Lima por el sello Estruendomudo. Y un libro documental junto a Carlos Torres Rotondo, Poesía en rock. Una historia oral 1966-1991. Actualmente prepara un diccionario de poetas peruanos de los años 90.


José estará leyendo en el auditorio del Malba el 10 de noviembre a las 19, y en cierre del festival el 12, en Teatro Mandril. Siguen dos poemas suyos.

Álbum familiar

Regresando tarde a casa, ya entregado
a los favores de la hierba quemada y a las horas de trabajo,
volviendo entre la dispersa luz de una calle desierta,
hoy he sentido, y no sé por qué, algo que me arrastra
a escribir la historia de la pareja que duerme a cinco pasos
de mi cuarto: hombre y mujer que tiempo atrás
se dispusieron en medio de una gran cama, cercándome
con el rumor de sus cuerpos, siguiendo con los ojos
y con las manos el recorrido de un río blanco y caliente
por el que yo pasé, sigiloso entre ellos, orgulloso
como un muerto que a besarlos se niega.
Quizá sea hora de volver a sumergirme en ese río.
Quizá ha llegado, pienso, el momento de ser bueno,
de salir a la noche y liberar el corazón
del mismo modo en que la mano suelta al pájaro,
de apartar por fin de mi mente este humo prohibido
donde mi cuerpo agotado casi siempre se extravía.
Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre los dedos,
sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo
bajo una luna que no tiene ninguna intención de perdonarme,
prefiero contar la historia que comenzaba todos los domingos
cuando él la recogía en su auto, a las cuatro de la tarde,
en una esquina cercana a su casa, esperando verla llegar,
y ella aparecía con la sonrisa del acróbata que no le teme al cielo.
Sin embargo su alma temblaba tanto como el caballo
a punto de saltar a través del aro ardiendo.
Pero por ese entonces lo único que les importaba
era llegar a ese hotel barato cercano al aeropuerto.
Dentro del cuarto, una mesa de palo y un áspero lecho
eran testigos de sus ceremonias, sucio asunto de blancos.
Ella se desnudaba. Bajo el vuelo de los aviones.
Luego retorcía su cola de mono entre las piernas de mi padre.
Y su cuerpo como un libro que no se me ha permitido leer.
Y un par de horas después debían vestirse de nuevo y salir,
dejar el cuarto para alguna otra pareja que, como ellos,
hizo guardia esperando su turno en el frío de las afueras.
Volvieron a ese lugar un par de veces más, eso es seguro,
sucedieron cosas que he olvidado, que han preferido
no contarme, sino guardar para el tiempo de alabanza.
Pero ahora les digo que ese tiempo nunca llegará,
y es a este lejano lugar levantado para el reposo debido
que hace más de veinte años ustedes esperaron,
padre Jorge, madre Marisol,
donde he vuelto para que miren a su hijo nacido en cuarto de hotel,
para que lo miren a los ojos y acepten juntos estas palabras,
manos pálidas que a través del aire nos trajeron compasión, misericordia,
y otras cosas que aún no hemos entendido.

Hotel Amazonas

Esta es la canción, respiramos, es la canción del padre
que golpea al hijo, la del hijo que golpea al padre,
es la canción que ambos escribieron luego de caer por las escaleras
enredándose con la violencia de dos amantes que jamás sonríen,
y si sonríen lo hacen hundiendo la cabeza entre los imprecisos
signos del lavabo:
ciudad suspendida en la esperanza de poseer algún día
la breve alegría de un sueño favorable donde pueda encontrar
el reposo que la libre de sus malos pensamientos
-como por ejemplo el levantar la mano contra el padre
que tiene el rostro secreto de lo que hemos olvidado.
Pero de ti no me olvido. Lesley Gore no cantará esta canción.
La vieja radio de esta habitación ajena no la pasará jamás.
De ti recuerdo sobre todo tus viejos apuntes sobre morirse.
Es como salir de un país para entrar en otro, decías.
¿Entraremos como la luz en este cielo de papel mojado?
Tú sabes de lo que hablo: luego de tu accidente
en la carretera, te observé cerrar y abrir los ojos echada
en una mesa de disección y veías luego de cada parpadeo
una imagen diferente. Tenías el cráneo abierto a la vista
como las entrañas de una máquina fotográfica. La boca
repleta de ceniza. Y así como se inician habitualmente
las aventuras policiales despertaste una mañana a mi lado,
mientras escribía una canción, la del padre, la del hijo,
la que nadie entonará, la que pasa entre nosotros
como el reptil que sin ánimo imita el movimiento de un río,
me hablaste de una pintura que te gustaría hacer,
Ladrón en una tienda de discos rogando por su vida.
Será un gran cuadro del que no habrá nada que decir.
Expresar la muerte en un cuerpo temeroso que suplica
sobre las baldosas negras y blancas, sumido en el llanto
sería entonces para ti una fría, inesperada venganza.
¿Y la cubano-alemana? me preguntaban por ti los otros enfermos.
Aquí está, echada en su litera, pintando, cubriendo
de cuando en cuando con delgadas y sucias sábanas
a los robustos hombres que se descomponen a su lado
como si fueran ensangrentados países sobre grandes camas.
Que el padre golpee al hijo hasta matarlo. Que luego
lo haga pasar por mujer y lo deje a la suerte del viento,
pues toda muchacha es hermosa cuando ha visto a la muerte,
y tú ya te la has encontrado tres veces -qué más puedo decir.
Aquí el pasado tiene sus habituales pretensiones de distraernos
para que no hagamos daño. Admiremos su fracaso.
O mejor solo recuerda lo que te contaba cuando éramos
desnudos en el baño del hotel, el incienso nos protegía
igual que la bondadosa mirada de un santo, y nosotros reíamos
fumando y fumando en el baño. El sufrimiento del alma
y el dolor al orinar eran así tan fácilmente confundibles.
Esta luz amarilla sobre nosotros -no hay brillo en nuestra piel,
somos piedras gastadas en un templo- y yo sobre ti
como el acróbata que desde arriba sonríe a un público cansado.
Que el hijo golpee al padre. Tomémosle una fotografía.
Alguien llamó a la puerta entonces, tú te cubriste con las mantas
y yo salí al encuentro del uniformado que en el umbral esperaba,
con su perfil sombreado como la carátula del disco que perdimos,
muy serio, a que termine mi poema con esta triste letanía:
Señor policía, por favor, no es este más que el humo
que brota teatral de mi espíritu sumido en el cansancio,
Señor policía, le ruego, debe usted comprenderme,
mi cuerpo está demasiado blando como para poseerla,
qué hacer si como un Cristo de Guinea me espera en el lecho
con la mirada piadosa y burlona, los brazos extendidos.
Nada queda por decir, oh Señor policía, sino que ella es inevitable
como el doble sueño que separa a los enfermos de la vida.

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Una respuesta to “José Carlos Yrigoyen”

  1. Yrigoyen | TagHall Says:

    […] "jqmodal", embeddedHeight: "400", embeddedWidth: "425", themeCSS: "" }); . José Carlos Yrigoyen « SALIDA AL MAR . Joven motociclista hospitalizado tras choque en Bv. […]

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