Archive for 22 diciembre 2011

Ladrones

diciembre 22, 2011

Trataba de explicarle a ella que, si ahora estaba metida con otro tipo, hiciera de cuenta que me estaba quitando los ojos, porque nunca más la iba a mirar.

Y le insistía: “Si alguna vez yo te ofendí y trataste de olvidarme aceptando a otro, ahora no es lo mismo, porque ahora no te ofendí”.

Ella, en silencio. Yo meta argumentar.

Hasta que de repente le decía: “Ya sé, estarás saliendo con Bergessio”.

Todo porque ella ahora vive en Francia, como el ex goleador de San Lorenzo. Y todo, supongo, queriendo en realidad decir: “Si ahora estás metida con otro tipo es por deporte”.

Por ahí el piloto de la pesadilla era este miedo: que ella estuviera con un tipo portador de un pene de treinta centímetros (“Bergessio”). Un tipo capaz de sorprenderla, de dejarla con la boca abierta (nooo….) como Bergessio al Monumental entero el día que le hizo esos dos goles a River -ella es de River.

Al final del sueño venía la repetición de algo que escuché ayer, en casa, en mi fiesta de cumpleaños. Una frase que soltó un amigo que vive de varios trabajos, pero que no trabaja. Mi amigo dijo: “El que roba por necesidad cae por obligación”. Después agregó que esa es una máxima muy repetida en el ambiente de los ladrones.

El sueño terminó así: yo diciéndole a ella “El que roba por necesidad cae por obligación”.

Poesía editada en 2011

diciembre 22, 2011

esu

En 2011 volvieron los libros de poesía. Esto es lo primero que hay que señalar. Un poco contra todo pronóstico, se editó mucho, o bastante. Si se mira bien es comprensible: con dólar quieto, hace tres años una tirada de 500 ejemplares de un libro de 70 páginas costaba 3mil en imprenta, hoy cuesta 3mil quinientos. Y no es lo mismo juntar ese monto en 2011 que aquel otro en 2009.

Pero en realidad los que más editaron fueron los proyectos chicos. Gog y Magog, que este año saltó a ser una editorial chica-mediana, se lució con ediciones de muchas páginas, bien hechas además de buenas. Gog y Magog imprime todavía algunos libros en un papel blanco leche de calidad centro de estudiantes, que espero abandone en el futuro, pero a la par hace otros en papel bookcel (cremita) que están muy, muy bien.

También Ediciones en Danza hizo varios buenos libros, empezando por la obra reunida de Escudero: lectura obligada. El Niño Stanton cambió su nombre a Ediciones Stanton: maduró, y publicó las reescrituras de Leónidas que no circulaban en papel desde la edición de Edgardo Pígoli para El Dock en los ’90. Catálogo pesadamente varonil el de Stanton, todos chicos últimamente salvo Leónidas: un grande. El otro grande es un pendejo, Blatt.

Turista es otra editorial, de Córdoba, que irrumpió con buen catálogo. Bajo la Luna este año apostó más a la narrativa. Entre los sellos más grandes Adriana Hidalgo sostuvo la línea de uno o dos títulos de poesía al año para su catálogo: bien elegidos normalmente. Mansalva fue fiel a su clásica combinación: excelentes reediciones (Punctum, de Gambarotta) + poemarios auténticamente inexistentes pagados por el autor. Donde Mansalva apuesta en serio es en narrativa. Finalmente otra chica-mediana, Vox, posiblemente la que más libros y cuasi-libros publica, este año sacó poemas de Pepe Cuevas y de Martín Prieto. Que hayan dejado de editar en 2011 sólo me viene a la mente IAP, la editorial de Pablo Katchadjián, que seguro no se truncó por razones económicas: IAP siempre fue un proyecto alternativo, sin interés comercial, de libros hechos con poco dinero. Se habrá tomado una pausa.

Con un dólar a 4, 60 es muy probable que la bonanza imprenteril siga en 2012. Que el atrevimiento venga de las editoriales más chicas (y que las chicas-medianas más bien se sostengan o incluso bajen la cantidad de títulos) sugiere que todo esto es voluntarismo y que en los canales de venta tradicional las cosas no andan bien -de lo contrario, las medianas se animarían a editar más. Pero tal vez no es sólo voluntarismo. Las editoriales chicas han conseguido sostener sus tiradas vendiendo por directa: ferias, lecturas, festivales, etc. La venta directa del editor en pocos años habrá dejado totalmente atrás a la venta en comercios (librerías). Vale para la poesía y para la pornografía, entre otros géneros.

Curiosidades: se inventan editoriales ultra-chicas, salen a la calle con “obras reunidas” de poetas de los ’90 más bien periféricos. Curiosísimo. El tema de las obras reunidas medio que se agotó en 2010: los que la merecían, en líneas generales ya la tuvieron. Ahora es tiempo, parece, de esta segunda horneada de obras reunidas, en ediciones llevadas a cabo tal vez por un re amigo del poeta. Hay que ver cómo sigue este fenómeno.

Cassette

diciembre 21, 2011

Lado A

En séptimo grado tenía una compañera uruguaya. Era ligeramente más grande que los demás, pero no había repetido; llegaba de otra escuela, de otro país. Debía tener hermanas o amigas más grandes, porque conocía más canciones. Y todo en ella era energía sexual. Chorreaba entusiasmo. Siempre tenía los cachetes rojos inflados de excitación. Era como un angelote de esos de las pinturas renacentistas y de los psicólogos lacanianos.

Durante unos meses, cada vez que mis amigos más grandes exageraban sus ganas de debutar, a mí se me venía a la mente la cara inflada de ella. No me gustaba particularmente; me gustaba otra chica, una compañera desde el jardín. Yo a la uruguaya no la deseaba; la veía desear y me calentaba. Mis otras compañeras ya habrían entrado, pienso ahora, en una etapa de charlas con sus madres y habrían salido de esas charlas ocultando algo. La uruguaya sólo mostraba. Los varones mostrábamos de otro modo, más torpes.

¿Qué sería lo contrario del deseo? La apatía tal vez, o la melancolía… Sea lo que sea, escribirlo es imposible, porque siempre se escribe con ganas. El lado B del deseo sólo trae más deseo, esta vez en la forma de resentimiento.

Lado B

A comienzos de junio la maestra nos llamó a Alejandro y a mí. Dijo: se vienen dos fiestas importantes. Eran el Día de la Bandera y el de la Independencia. “Y este 20 de junio la escuela va a cambiar de bandera, va a ser un Día de la Bandera muy especial”. Iba a venir la banda musical de la Prefectura Naval Argentina, que apadrinaba a nuestro colegio público. Y representantes de todo el distrito. La maestra remató: “Cristian, vas a ser abanderado el 20”.

Al otro día estábamos en clase y desde el patio chistaba el papá de Alejandro. La señorita salió; todos hacíamos chistes: eh, vino tu papá, vino tu papá. Alguno aprovechó para pedirle a Ale su reloj con jueguitos, era el único en el grado que llevaba reloj con jueguitos. Volvió al aula la maestra y, cuando llegó el recreo, nos volvió a convocar a los dos. Cristian, me dijo, tenemos que hacer un cambio, Alejandro va a ser abanderado el 20, vos vas al 9 de Julio.

Llegó el 9 de Julio y temprano me senté en la casa al lado de la escuela. En mi casa no había dicho que me tocaba la bandera. Llegó Acuña, un compañero fiel, del ala de los que vivían en Ciudadela. Yo con Acuña había peleado codo con codo la vez que un grupo le lanzó a modo de ofensa: “Vos comés sachichón”. Ahora Acuña iba a avisar a los demás sin hacer drama; iba a transmitir, con su serenidad, mi decisión. Cuando salió la maestra a exigirme que entrara al patio de una vez, me quedé hecho una piedra en el umbral de al lado. Me amuré, no dije una palabra, no le respondí. Tuve que irse, tuvo que entrar sola al colegio, repitiendo como loca sus amenazas.

Lo contrario, el negativo de la cara roja de la uruguaya: mi cara amurada. Mi melancolía enorme de ese día, mi estancamiento total, dispuesto a todo, a no claudicar. Sin embargo, ¿quién podría decir que yo no estaba pleno de deseo? Si nos cruzábamos ese día la uruguaya y yo, ella llegando tarde al Día de la Bandera y yo amurado al umbral de la casa vecina, el cometa Halley se adelantaba unos meses y daba en el blanco.

Veredas

diciembre 16, 2011

Con el poco de religiosidad que nos queda, meamos los lugares. Los marcamos con la emoción que nos dio algo que ocurrió en esa calle, en esa vereda. Buscamos que esa alegría o ese dolor enormes socaven la neutralidad de los espacios; que el lugar sea por siempre un apéndice de la experiencia. Después, con el tiempo, podrá cambiar la importancia que le damos al hecho -lo olvidamos, lo atenuamos, lo “superamos”- pero ahí el lugar, curiosamente, en vez de desprenderse queda pegado todavía más. Y si volvemos, es tratando de revivir una intensidad. Y si lo evitamos, lo evitamos con ganas. En cualquier caso, nos guía la desmesura de creer que hay un rincón, un granito de arena del cosmos, donde nuestra película se proyecta eternamente.

Veredas, y algunas en particular. La de Carlos Pellegrini al 200,  la de Solís al 700. Como un flaneur cabulero anduve por acá y por allá, pero todo este tiempo traté de no volver a pisarlas.

La de Carlos Pellegrini, ex Mercado del Plata, un edificio de cuadra entera con dependencias del Gobierno de la Ciudad tapadas por una tela óptica publicitaria. En esa vereda esperamos un colectivo, una noche, con la que era mi pareja, después de ir al teatro a ver “Ala de criados”. No nos separamos esa noche por una serie de intrascendencias, pero todo se terminó ahí, mientras discutíamos los dos solos, mientras el colectivo tardaba una vida y otra gente iba llegando a la parada -algunos recién salían del recital de Adriana Calcanhotto en el Gran Rex.

La de Solís: con la misma persona, un par de meses meses antes. La vereda del albergue transitorio, la felicidad completa y con lamparitas. A la de Solís también la evité todo este tiempo, con la diferencia de que a esta terminé volviendo sin que yo lo eligiera. Yo quería ir por Combate de los Pozos hasta Independencia. Me había tomado el colectivo idóneo. Pero había una manifestación en el Congreso, y Combate estaba cerrada. El colectivero desvió por Solís y, pudiendo haber retomado Combate a la altura de Belgrano o de México, prefirió seguir derecho. Quedaba todavía una salida: que el colectivo abriera la puerta recién llegando a la esquina de Independencia. Pero había tránsito, y abrió la puerta a mitad de cuadra. Tuve que bajarme en la vereda del albergue y mirar. Mi ego creció y bajó al mismo tiempo. Sentí que no había lugar para la fe porque todo el otro tiempo, el tiempo aprovechado evitando esos sitios, había sido para la fe.