Veredas

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Con el poco de religiosidad que nos queda, meamos los lugares. Los marcamos con la emoción que nos dio algo que ocurrió en esa calle, en esa vereda. Buscamos que esa alegría o ese dolor enormes socaven la neutralidad de los espacios; que el lugar sea por siempre un apéndice de la experiencia. Después, con el tiempo, podrá cambiar la importancia que le damos al hecho -lo olvidamos, lo atenuamos, lo “superamos”- pero ahí el lugar, curiosamente, en vez de desprenderse queda pegado todavía más. Y si volvemos, es tratando de revivir una intensidad. Y si lo evitamos, lo evitamos con ganas. En cualquier caso, nos guía la desmesura de creer que hay un rincón, un granito de arena del cosmos, donde nuestra película se proyecta eternamente.

Veredas, y algunas en particular. La de Carlos Pellegrini al 200,  la de Solís al 700. Como un flaneur cabulero anduve por acá y por allá, pero todo este tiempo traté de no volver a pisarlas.

La de Carlos Pellegrini, ex Mercado del Plata, un edificio de cuadra entera con dependencias del Gobierno de la Ciudad tapadas por una tela óptica publicitaria. En esa vereda esperamos un colectivo, una noche, con la que era mi pareja, después de ir al teatro a ver “Ala de criados”. No nos separamos esa noche por una serie de intrascendencias, pero todo se terminó ahí, mientras discutíamos los dos solos, mientras el colectivo tardaba una vida y otra gente iba llegando a la parada -algunos recién salían del recital de Adriana Calcanhotto en el Gran Rex.

La de Solís: con la misma persona, un par de meses meses antes. La vereda del albergue transitorio, la felicidad completa y con lamparitas. A la de Solís también la evité todo este tiempo, con la diferencia de que a esta terminé volviendo sin que yo lo eligiera. Yo quería ir por Combate de los Pozos hasta Independencia. Me había tomado el colectivo idóneo. Pero había una manifestación en el Congreso, y Combate estaba cerrada. El colectivero desvió por Solís y, pudiendo haber retomado Combate a la altura de Belgrano o de México, prefirió seguir derecho. Quedaba todavía una salida: que el colectivo abriera la puerta recién llegando a la esquina de Independencia. Pero había tránsito, y abrió la puerta a mitad de cuadra. Tuve que bajarme en la vereda del albergue y mirar. Mi ego creció y bajó al mismo tiempo. Sentí que no había lugar para la fe porque todo el otro tiempo, el tiempo aprovechado evitando esos sitios, había sido para la fe.

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