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Lado A

En séptimo grado tenía una compañera uruguaya. Era ligeramente más grande que los demás, pero no había repetido; llegaba de otra escuela, de otro país. Debía tener hermanas o amigas más grandes, porque conocía más canciones. Y todo en ella era energía sexual. Chorreaba entusiasmo. Siempre tenía los cachetes rojos inflados de excitación. Era como un angelote de esos de las pinturas renacentistas y de los psicólogos lacanianos.

Durante unos meses, cada vez que mis amigos más grandes exageraban sus ganas de debutar, a mí se me venía a la mente la cara inflada de ella. No me gustaba particularmente; me gustaba otra chica, una compañera desde el jardín. Yo a la uruguaya no la deseaba; la veía desear y me calentaba. Mis otras compañeras ya habrían entrado, pienso ahora, en una etapa de charlas con sus madres y habrían salido de esas charlas ocultando algo. La uruguaya sólo mostraba. Los varones mostrábamos de otro modo, más torpes.

¿Qué sería lo contrario del deseo? La apatía tal vez, o la melancolía… Sea lo que sea, escribirlo es imposible, porque siempre se escribe con ganas. El lado B del deseo sólo trae más deseo, esta vez en la forma de resentimiento.

Lado B

A comienzos de junio la maestra nos llamó a Alejandro y a mí. Dijo: se vienen dos fiestas importantes. Eran el Día de la Bandera y el de la Independencia. “Y este 20 de junio la escuela va a cambiar de bandera, va a ser un Día de la Bandera muy especial”. Iba a venir la banda musical de la Prefectura Naval Argentina, que apadrinaba a nuestro colegio público. Y representantes de todo el distrito. La maestra remató: “Cristian, vas a ser abanderado el 20”.

Al otro día estábamos en clase y desde el patio chistaba el papá de Alejandro. La señorita salió; todos hacíamos chistes: eh, vino tu papá, vino tu papá. Alguno aprovechó para pedirle a Ale su reloj con jueguitos, era el único en el grado que llevaba reloj con jueguitos. Volvió al aula la maestra y, cuando llegó el recreo, nos volvió a convocar a los dos. Cristian, me dijo, tenemos que hacer un cambio, Alejandro va a ser abanderado el 20, vos vas al 9 de Julio.

Llegó el 9 de Julio y temprano me senté en la casa al lado de la escuela. En mi casa no había dicho que me tocaba la bandera. Llegó Acuña, un compañero fiel, del ala de los que vivían en Ciudadela. Yo con Acuña había peleado codo con codo la vez que un grupo le lanzó a modo de ofensa: “Vos comés sachichón”. Ahora Acuña iba a avisar a los demás sin hacer drama; iba a transmitir, con su serenidad, mi decisión. Cuando salió la maestra a exigirme que entrara al patio de una vez, me quedé hecho una piedra en el umbral de al lado. Me amuré, no dije una palabra, no le respondí. Tuve que irse, tuvo que entrar sola al colegio, repitiendo como loca sus amenazas.

Lo contrario, el negativo de la cara roja de la uruguaya: mi cara amurada. Mi melancolía enorme de ese día, mi estancamiento total, dispuesto a todo, a no claudicar. Sin embargo, ¿quién podría decir que yo no estaba pleno de deseo? Si nos cruzábamos ese día la uruguaya y yo, ella llegando tarde al Día de la Bandera y yo amurado al umbral de la casa vecina, el cometa Halley se adelantaba unos meses y daba en el blanco.

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