Archive for 31 enero 2012

Una época subterránea

enero 31, 2012

Cuando me escribió mi amiga Florencia Castellano pidiéndome un poema oscuro para una antología de poemas oscuros, su mensaje me agarró desprevenido, solo y más o menos contento, y tratando de escribir con claridad. Así que no supe qué responderle -los poemas que estoy escribiendo, pensé, tienen menos oscuridad que un spot de Granja del Sol. Claro que, si en vez de mirar al presente de la escritura miraba alrededor -alrededor de la silla, digo, y sobre todo a la izquierda, a la pared con la biblioteca de poesía-, iba a encontrarme con que alguna vez publiqué unos libritos no del todo claros. Miré entonces la biblioteca, y abajo, en el último estante, en un rincón azuzado por la falta de manoseo y de cualquier otra forma (no sólo táctil) de curiosidad, alcancé a distinguir el ínfimo lomo marrón de mi primer librito, Límite bailable.
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El Estudiante, de Mitre

enero 23, 2012

Yo también vi “El estudiante” recién ayer, al aire libre. Y mi sensación es que el cine -argentino o coreano o lo que sea- anda bien con el público cuando arma relatos entretenidos con un final tranquilizador, después es cuestión de hacer valer el presupuesto de cada película a ese propósito, y habrá directores que se tomarán más trabajo que otros, guionistas que se permitirán reducciones atroces o no tanto respecto del asunto sobre el que escriben, según también (supongo) se propongan un film realista o no.

Lo cierto es que el público aplaudió y se fue contento con una película donde los personajes hablan, se inspiran, cogen, juegan con alegría al todo mal/todo bien, debaten y se debaten.

En la película pasa lo siguiente. Un veinteañero llega de su pueblo a estudiar en Sociales, la UBA. De entrada busca amistad con chicas de la facu: una tiene una pieza donde él puede vivir, la otra es profesora. Se acuesta con las dos. La que es profe milita en una agrupación que parece ser Franja Morada (se le da un nombre ficticio) y tiene un ex que es cuadro principal de la agrupación. El chico se hace amigo del cuadro, y en menor medida de otros compañeros con los que milita y también de otros con los que toma pala y se emborracha a veces, sin exceso. El cuadro le delega tareas importantes en vías a las elecciones de estudiantes y rector. Hacia el final el cuadro lo caga, le traza una trampa al chico: el chico va a negociar con una tercera fuerza pero en realidad está siendo expuesto adrede por el cuadro, que negocia callado con la primera fuerza y sale bien parado y con todas las fichas para ser rector en pocos días. El chico es visto como traidor por los otros militantes, queda aislado, sólo lo banca la profe que ya es una suerte de novia. Y trama venganza. Vende información a las agrupaciones de izquierda y pone al cuadro radical en una situación difícil a días de la elección. El cuadro lo llama para negociar. Final de la película: el chico, que había ido haciendo su aprendizaje, dice “no” a la negociación con su ex cacique. Rompe definitivamente, tenemos que suponer, con la agrupación si no con la política.

Al público al aire libre creo que le encantó el “no” final, la venganza en plato frío: de hecho el chico le ceba unos mates  al cuadro, como que lo va endulzando, y después le corta el rostro con el “no”, y el público feliz y anti-político festeja con una enorme y aristotélica catarsis la decisión, un público que perfectamente sabe que los despolitizados son o pueden ser más guachitos que los políticos, más cínicos, y lo festeja porque, bueno, es aquel sueño de darle a beber al otro de su misma sopa, ese gustito, más allá de la paradoja de que al final el niño lleno de decisiones éticas es al mismo tiempo un hábil jugador…

La película está muy bien en este sentido, el director-guionista pone toda su habilidad al servicio de un relato tranquilizador y los diálogos son ágiles. En su momento armó polémica porque el chico se acuesta, escabia y milita más que estudiar, pero bueno, también se lo ve yendo a clases, sería muy ñoña una peli que se extendiera más en lo que él experimenta en clase. Por lo demás en la UBA los héteros siempre la pasaron bien o no mal con las chicas (que son muchas) y se fumaron cada tanto un porrito. Para mí no hay una imagen de la vagancia del estudiante tipo.

Pero hay puntos donde el trabajo de Santiago Mitre deja que desear, puntos que el público ajeno a la UBA no conoce. Un primer error es plantear -siempre en el contexto de una película que se pretende captar una realidad social determinada- un escenario donde el máximo cuadro de una organización histórica prepara su llegada al rectorado con la ayuda de un pendejo que acaba de llegar a Buenos Aires y casi no más. Si esto no alcanza tenemos también que la carrera del chico, todo su aprendizaje político, su llegada a mano derecha del cacique, todo se da en unos pocos meses. Un imposible por donde se lo mire.

Ya en el orden de lo narrativamente trucho -y trucho también para el público que no conoce los pasillos de la UBA- tenemos esos momentos, esas escenas de juntada de la agrupación donde, pese a que estamos entre estrategas ingeniosos y hábiles trepadores de la política, de repente la cámara toma la cara de uno, el cuadro principal pongamos, que está craneando una jugada secreta, apartado del resto, no participa de sus risas, sus canciones y sus recuerdos de actrices ochentosas: es una toma para el público, para que el público diga “ah, éste guarda un as”, pero los otros militantes, que son tan hábiles como él, no se dan cuenta de que algo anda mal -y después va a estallar sin previsión alguna. Bueno, las tomas de tipo “éste guarda un as” no sé cuán necesarias son para el cine, pero la verdad que son truchas; la expresión ensombrecida del candidato a rector tomando su whisky y calculando, calculando, mientras los otros ríen…

Tengo algunas cuestiones en el tintero más desordenadas que lo ya dicho. Me quedo con algo que menciona Nicolás Prividera en su crítica: un reportaje al director donde éste dice “quise aislar la política de la coyuntura”. Más bien le salió lo contrario: aisló la coyuntura, la captó, una coyuntura actual donde todo el tiempo se habla de la llegada de los jóvenes a la política, su diferencia con los viejos y demás. Eso es todo lo que Mitre, un buen narrador, “investigó” sobre el asunto. De la política El estudiante no dice nada, en parte porque no quiere decir (prefiere nombres ficticios para las agrupaciones) y en parte porque evidentemente su autor está para otras cosas. Mitre había hecho los guiones de Carancho y Leonera, dos pelis con las que El estudiante guarda mucha relación.

“Melancholia”, de Von Trier

enero 18, 2012

Melancholia, de Lars Von Trier, vuelve a un concepto que hoy se evita. Un concepto que sigue siendo vital en el psicoanálisis, pero ya no en la literatura o las artes plásticas. Algo que en general no entendemos, y que en los peores casos se asocia a la nostalgia, cuando más bien es lo contrario. Con la nostalgia el presente se acompasa al pasado y las cosas duermen; la melancolía en cambio trae demasiado al presente y provoca desastres. La nostalgia gira, la melancolía salta y se dispara. Con nostalgia se bailan los bailes de salón y las parejas cooperan en un movimiento trazado, domesticado. La melancolía es el pogo más grande del mundo.

A la melancolía los melancólicos le ponen freno, callados, preocupados. A la nostalgia los nostálgicos la exhiben, a riesgo incluso de aburrir. El celo del melancólico por no dejarse agarrar de las piernas y que lo trague el desastre puede significar cualquier cosa menos dejadez, tedio, aburrimiento. El melancólico lucha.

Tres artistas melancólicos: Lars Von Trier, Thomas Pynchon, César Aira. Con los tres uno se puede cagar de risa.

La melancolía es una fuerza femenina que por suerte las mujeres no suelen tener. Ningún hombre sale indemne de una relación con una mujer melancólica. Las mujeres si algo no toleran de los hombres es que se entreguen a la melancolía.

El cuadro de Durero también se podría llamar “Castigo al melancólico” en vez de “Melancolía”. Es un ángel sentado. Alguien le puso alrededor objetos geométricos de movimientos calculables y herramientas sencillas de uso predecible, y en la mano le pusieron un compás, para que aprenda, para que reproduzca, para que acompase. La melancolía ahí es el desprecio en la cara del ángel: desprecio por la tarea impuesta, por el ritmo conocido. Es una mujer ángel.

Freud lee la melancolía como incapacidad para resolver, para superar: lo contrario del duelo. Hasta acá llego porque Freud se me escapa.

Escuelas de Buenos Aires

1
Las veredas.
El azúcar en sobre.
Los corralones.
Los bares. Algunos bares. Los que están
en una esquina y enfrente hay un puesto de diarios
que en la parte de atrás tiene un dibujo de Isidoro Cañones
de cuerpo entero y con un globito que dice “¿Compraste el diario?”

2
La gente que compra el diario es más divertida que la que no lo compra.
La gente que ama una época sufre de nostalgia y no lee los diarios.
La gente que ama una ciudad disfruta de las notas y sufre de melancolía.

3
Mi escuela es la infancia, enemiga del sueño.
Ahí aprendí
los primeros ideogramas.

Mi segunda escuela es el resentimiento, enemigo del sueño.
Ahí los ideogramas
pasaron a la tinta.

No sé de qué se trata el resentimiento del talento.
Sólo conozco el resentimiento social.
Tampoco sé de qué se trata la nostalgia de las cosas,
los nostálgicos tienen precio y todo lo que escriben en los diarios es una ruina.
Mi tercera escuela es la melancolía, amiga-enemiga del sueño.

Sobre la poesía chilena actual

enero 15, 2012

Dos semanas atrás publiqué un ensayito que motivó cientos de primeras visitas a esta página. La intención de ese escrito fue tomar la etiqueta “narrativa barrial” y trabajarla en un punto que no fuera tautológico (“es la narrativa que trata de los barrios”). Me acordé entonces de los tlaxcaltecas, aborígenes del conurbano americano que, habiendo desarrollado cierta escritura, pusieron su habilidad al servicio de los aventureros españoles. Y sugerí que una descripción de la nueva narrativa barrial podía ser esa: los tlaxcaltecas. Agoté en esos párrafos lo que tenía para decir del tema; ahora me convoca otra tribu, una más vasta y, en general, mucho más aguerrida.

Ahora estamos en tierra araucana, y la tribu es la de los poetas. Vengo de una visita de seis días a Santiago donde renové la convivencia con autores y libros no siempre divulgados fuera de Chile. Sin sublimar la fuerza y rebeldía de nuestros colegas del otro lado de la sierra, voy a tratar de hacer un panorama útil para los que conocen poco del asunto y quieren adentrarse. No sé por dónde empezar.

Unas semanas atrás se editó en Santiago, por primera vez en libro, el primer poema de Raúl Zurita, “El sermón de la montaña”. Se había publicado originalmente en la revista de una facultad de Ingeniería, en 1970. El poema deja ver el impacto de la escritura beatnik y a la vez da el proto-Zurita en uno de sus temas característicos: la desaparición, el final de la vida. Bueno es leerlo junto con su último libro, Zurita (2011), de seiscientas páginas: en este otro trabajo entran a jugar referencias muy puntuales, nombres y apellidos de amigos y compañeras, fechas (1973 como parteaguas), establecimientos… La obsesión con el espacio, el apocalipsis a través del paisaje. Conmovido como estoy desde hace unos semanas por “Melancolía” de Von Trier leí esas imágenes de Zurita que se me quedaron grabadas más que cualquier otra cinematográfica: “las cataratas de los Andes”. Los que no quieren mucho a Zurita dicen que es un poeta tribunero, pero en todo caso es de los que se dirigen a la tribuna desajustando los tornillos de los tablones. Estremece Zurita, y las trescientas personas que lo escucharon en Salida al Mar 2005 podrían dar fe.

Zurita forma con Pepe Cuevas, Elvira Hérnandez, Claudio Bertoni, Waldo Rojas y Diego Maquieira (entre otros) la poesía chilena contemporánea mayor; gente que empezó a publicar hace más de treinta años y sigue produciendo a la fecha. Sumemos a Armando Uribe (1933) y al tumbero Nicanor Parra, a poco de cumplir cien años de vida, de quien se sabe que inyectó habla y jerga en la poesía chilena con tanta habilidad que eso significó el cierre de algunas poéticas (lo de tumbero, entonces, tiene dos sentidos). De José Ángel Cuevas y Elvira Hernández escribí otras veces, y se me ocurre agregar que hoy están generando sus mejores poemas, en plena actividad; de Maquieira y Bertoni no conozco trabajos recientes.

Luego tenemos “generaciones”: 80, 90, dos mil, hoy mismo. La de los ochenta es la de Malú Urriola, Sergio Parra, Víctor Hugo Díaz y otros. En su momento transvasijaron desde lo popular, metiendo rock sobre todo, al tiempo que otros, mayores que ellos, transdiciplinaban desde lo alto (artes plásticas, deconstrucción o, como diría Viñas, derrida dadá y lacan cancán). Pepe Cuevas sostiene que esa generación no tiene hoy todo el reconocimiento que merece. A Malú Urriola se la empezó a publicar fuera de Chile con el entusiasmo que amerita; a Víctor Hugo prácticamente no se lo quiere publicar ni en su país -es un tipo muy agresivo. Sergio Parra, “Parrita”, dejó de mostrar hace más de una década y escribe unos pocos poemas cada año.

Ahora, enero de 2012, acaba de salir Amarillo Crepúsculo, lo último de Andrés Anwandter. Que es uno de los poetas surgidos en los ’90. Es por lejos su mejor libro. Y es el libro donde Anwandter se convierte en autor de algunos poemas perfectos donde ya no quedan rastros del formalismo nerd de su generación. De todos estos poetas que se lanzaron a publicar hace veinte años destacaba de un modo singular, rompiéndola de entrada con su libro Metales Pesados, Yanko González. Residente en Valdivia, Yanko era y sigue siendo un exiliado de esa ciudad de Santiago que lograba hacer lo que entre nos buscaron Menem, Llach, Moneta y otros: el paraíso de la educación privada. Hoy Santiago tiene tantas instituciones de este tipo como parecería haber en Argentina y Uruguay juntos. Y son casas de estudio donde se alabó, procuró o difundió el formalismo nerd de poetas como Kurt Folch, Matías Rivas y Germán Carrasco. Fetichistas de lo intelectual, se los pudo ver fascinados, más que por los recursos poéticos, por el descubrimiento de un glosario para esos recursos, y así escribieron poemas con palabras como “hipálage”. En consonancia, solían acompañar cada metáfora con un reflexión teórica sobre la metáfora -siempre dentro del poema. Del también a su modo singular Carrasco escribí hace seis años en poesía.com y tengo que decir que su último libro, Ruda, nos lo muestra más relajado. Pero me quedo con el último de Anwandter, más maduro. Otro que vale la pena leer, de esta misma camada, es Alejandro Zambra, conocido acá por sus novelas.

Viajé por primera vez a Santiago en 2004 y me deslicé, treintañero, entre una parva de poetas por entonces de 20 años que detestaban a sus antecesores inmediatos, los poetas de universidad privada. Tampoco es que tenían mucha simpatía por los punks de los ’80, pero los respetaban -sobre todo a Malú Urriola. Y bastante en común con la poesía peruana de los ’80, por ejemplo en el gusto por los poemas largos con versos que se repiten (anáforas). Vitalistas y promotores de recorridos urbanos (bares sobre todo), de todos ellos el más conocido al menos fuera de Chile es Héctor Hernández. Héctor cada tanto anuncia que va a matarse, y abusa de la escritura de poemas reflejo anticipado de su destino. Pero también pela poemas hermosos. Paula Ilabaca es otra que se destaca. Mis preferidos son los que menos publican, Pablo Paredes y Gladys González. Pablo es un gran observador de lo cotidiano y es también el que consigue escribir poemas de grupo o de generación (con alusiones a sus compañeros) que no suenan para nada pedantes ni cerraditos en el autobombo. Uno de esta camada, que no voy a nombrar, me robó unos versos inéditos que le mostré hace seis años y los publicó como suyos. No lo voy a nombrar no por evitar conflictos (no me gusta evitarlos) sino para no arrojar un matiz berreta en torno a tanta gente que en líneas generales vive y cree en la poesía y busca lograr lo suyo. Algo que sí hay que decir de esta camada aparecida en los últimos diez años es que son muchos los que hoy siguen escribiendo. Y varios los que no trabajan, luchan por vivir como poetas; evidentemente el estado chileno hace verosímil ese sueño por medio de sus consabidos apoyos. Nombrar a todos los que leí sería pesadísimo y requeriría opiniones para cada caso. Quizás me arriesgue en otro momento.

Por último tengo que decir que no investigué ni leí nada -no se dio la oportunidad- de la producción de los ‘cabros’ que hoy rondan los veinte años -los anteriores, si bien les cabe el chilenismo de ‘cabros’ que significa ‘chicos’, ya están pasando los treinta.

Las editoriales: Lom y Diego Portales publican a los mayores y lo hacen en ediciones, sobre todo la segunda, que no ahorran en papel, mientras que Calabaza del Diablo y Cuarto Propio prefieren a los sub-40, esto dicho en líneas generales. Agreguemos otras como El Kultrún (desde Valdivia), Pfiffer (seria o ‘cuica’ a la manera de Diego Portales), Cuneta (más bien pequeña) o Fuga (muy pequeña).

Por si no quedó claro, remarco que la poesía chilena contemporánea tiene tanta potencia como entrega a ella tienen los que la escriben, y que de los veinte autores que nombré tomo distancia de muy pocos. Remarco también que me referí a los que están vivos objetivamente hablando, no hablo de Teillier, Lihn, Rodrigo Lira que siguen de lo más vigentes. Y hablé sólo de los que escriben en español; lo completo sería dar cuenta de la poesía en lengua mapuche.

Acerca de pintar la periferia

enero 5, 2012

Por alguna razón, la literatura va al conurbano bonaerense muy optimista. Y cuando clava el ojo en los barrios más pobres, tiende a inventar bienestares donde manda la tragedia y a dibujar comunidades donde hay desintegración. Las novelas sobre la clase media de Buenos Aires, incluso las que no quieren ser realistas, casi siempre trabajan con lo que hay -la alienación ante todo-, mientras que estas otras prefieren lo que sería bueno que hubiera -familias funcionales, reyes magos-. Es una opción atractiva. Está en la naturaleza de la cultura popular, que en estos últimos años engendró dos hijos de buena cuna: la llamada literatura chabona o barrial por un lado, La Cámpora por el otro, dos organizaciones de jóvenes con tendencia a la autocelebración épica cada vez que mueven un dedo en el conurbano. Los novelistas chabones, como los militantes de La Cámpora, nacieron en el conurbano y viven en Palermo. Por eso se les escapa la tortuga, no en las novelas que escriben, y que muchas veces son divertidísimas, sino cuando en ensayos y artículos hablan de una nueva mentalidad literaria, un nuevo enfoque: un cambio social que surge de ellos. Otros que viven, también, amurallados en tres barrios porteños, por lo menos alzan banderas concretas: defienden la gastronomía sólo de verduras, van en bici a “Masa crítica”. Pero ellos, los narradores barriales, están en otra, y con su imaginación volando alto ven una periferia penetrada por el verbo generacional.  (more…)