El Estudiante, de Mitre

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Yo también vi “El estudiante” recién ayer, al aire libre. Y mi sensación es que el cine -argentino o coreano o lo que sea- anda bien con el público cuando arma relatos entretenidos con un final tranquilizador, después es cuestión de hacer valer el presupuesto de cada película a ese propósito, y habrá directores que se tomarán más trabajo que otros, guionistas que se permitirán reducciones atroces o no tanto respecto del asunto sobre el que escriben, según también (supongo) se propongan un film realista o no.

Lo cierto es que el público aplaudió y se fue contento con una película donde los personajes hablan, se inspiran, cogen, juegan con alegría al todo mal/todo bien, debaten y se debaten.

En la película pasa lo siguiente. Un veinteañero llega de su pueblo a estudiar en Sociales, la UBA. De entrada busca amistad con chicas de la facu: una tiene una pieza donde él puede vivir, la otra es profesora. Se acuesta con las dos. La que es profe milita en una agrupación que parece ser Franja Morada (se le da un nombre ficticio) y tiene un ex que es cuadro principal de la agrupación. El chico se hace amigo del cuadro, y en menor medida de otros compañeros con los que milita y también de otros con los que toma pala y se emborracha a veces, sin exceso. El cuadro le delega tareas importantes en vías a las elecciones de estudiantes y rector. Hacia el final el cuadro lo caga, le traza una trampa al chico: el chico va a negociar con una tercera fuerza pero en realidad está siendo expuesto adrede por el cuadro, que negocia callado con la primera fuerza y sale bien parado y con todas las fichas para ser rector en pocos días. El chico es visto como traidor por los otros militantes, queda aislado, sólo lo banca la profe que ya es una suerte de novia. Y trama venganza. Vende información a las agrupaciones de izquierda y pone al cuadro radical en una situación difícil a días de la elección. El cuadro lo llama para negociar. Final de la película: el chico, que había ido haciendo su aprendizaje, dice “no” a la negociación con su ex cacique. Rompe definitivamente, tenemos que suponer, con la agrupación si no con la política.

Al público al aire libre creo que le encantó el “no” final, la venganza en plato frío: de hecho el chico le ceba unos mates  al cuadro, como que lo va endulzando, y después le corta el rostro con el “no”, y el público feliz y anti-político festeja con una enorme y aristotélica catarsis la decisión, un público que perfectamente sabe que los despolitizados son o pueden ser más guachitos que los políticos, más cínicos, y lo festeja porque, bueno, es aquel sueño de darle a beber al otro de su misma sopa, ese gustito, más allá de la paradoja de que al final el niño lleno de decisiones éticas es al mismo tiempo un hábil jugador…

La película está muy bien en este sentido, el director-guionista pone toda su habilidad al servicio de un relato tranquilizador y los diálogos son ágiles. En su momento armó polémica porque el chico se acuesta, escabia y milita más que estudiar, pero bueno, también se lo ve yendo a clases, sería muy ñoña una peli que se extendiera más en lo que él experimenta en clase. Por lo demás en la UBA los héteros siempre la pasaron bien o no mal con las chicas (que son muchas) y se fumaron cada tanto un porrito. Para mí no hay una imagen de la vagancia del estudiante tipo.

Pero hay puntos donde el trabajo de Santiago Mitre deja que desear, puntos que el público ajeno a la UBA no conoce. Un primer error es plantear -siempre en el contexto de una película que se pretende captar una realidad social determinada- un escenario donde el máximo cuadro de una organización histórica prepara su llegada al rectorado con la ayuda de un pendejo que acaba de llegar a Buenos Aires y casi no más. Si esto no alcanza tenemos también que la carrera del chico, todo su aprendizaje político, su llegada a mano derecha del cacique, todo se da en unos pocos meses. Un imposible por donde se lo mire.

Ya en el orden de lo narrativamente trucho -y trucho también para el público que no conoce los pasillos de la UBA- tenemos esos momentos, esas escenas de juntada de la agrupación donde, pese a que estamos entre estrategas ingeniosos y hábiles trepadores de la política, de repente la cámara toma la cara de uno, el cuadro principal pongamos, que está craneando una jugada secreta, apartado del resto, no participa de sus risas, sus canciones y sus recuerdos de actrices ochentosas: es una toma para el público, para que el público diga “ah, éste guarda un as”, pero los otros militantes, que son tan hábiles como él, no se dan cuenta de que algo anda mal -y después va a estallar sin previsión alguna. Bueno, las tomas de tipo “éste guarda un as” no sé cuán necesarias son para el cine, pero la verdad que son truchas; la expresión ensombrecida del candidato a rector tomando su whisky y calculando, calculando, mientras los otros ríen…

Tengo algunas cuestiones en el tintero más desordenadas que lo ya dicho. Me quedo con algo que menciona Nicolás Prividera en su crítica: un reportaje al director donde éste dice “quise aislar la política de la coyuntura”. Más bien le salió lo contrario: aisló la coyuntura, la captó, una coyuntura actual donde todo el tiempo se habla de la llegada de los jóvenes a la política, su diferencia con los viejos y demás. Eso es todo lo que Mitre, un buen narrador, “investigó” sobre el asunto. De la política El estudiante no dice nada, en parte porque no quiere decir (prefiere nombres ficticios para las agrupaciones) y en parte porque evidentemente su autor está para otras cosas. Mitre había hecho los guiones de Carancho y Leonera, dos pelis con las que El estudiante guarda mucha relación.

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