Una época subterránea

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Cuando me escribió mi amiga Florencia Castellano pidiéndome un poema oscuro para una antología de poemas oscuros, su mensaje me agarró desprevenido, solo y más o menos contento, y tratando de escribir con claridad. Así que no supe qué responderle -los poemas que estoy escribiendo, pensé, tienen menos oscuridad que un spot de Granja del Sol. Claro que, si en vez de mirar al presente de la escritura miraba alrededor -alrededor de la silla, digo, y sobre todo a la izquierda, a la pared con la biblioteca de poesía-, iba a encontrarme con que alguna vez publiqué unos libritos no del todo claros. Miré entonces la biblioteca, y abajo, en el último estante, en un rincón azuzado por la falta de manoseo y de cualquier otra forma (no sólo táctil) de curiosidad, alcancé a distinguir el ínfimo lomo marrón de mi primer librito, Límite bailable.

Tenía 26 años cuando lo publiqué. Es chico, se agota en diecisiete poemas. Pero la edición no es tan chica, porque se trata de dos libros, de dos autores, en un mismo volumen de tipo “cara y seca”. El otro título es Desecho e izquierdo, de Rolando Revagliatti, un poeta con algunos años más y que por entonces ya tenía cerca de diez libros o plaquetas editadas. La edición fue una propuesta de Revagliatti, y compartimos los gastos proporcionales. Alguna vez fueron mil ejemplares que llevé en un taxi de Caballito a Parque Chacabuco. Revagliatti puso a circular unos setecientos, y gracias a que él se carteaba con poetas de todo el país Límite bailable se difundió rápido, cosido junto a su Desecho e izquierdo.

Menos un poema, anterior, el resto de Límite… se escribió en quince días en enero del ‘99, en Santa Clara del Mar. En abril Revagliatti habló de edición conjunta. Puse trescientos pesos, quedé con trescientos ejemplares. Dice julio del ’99 la edición, que fue en junio.

“Límite bailable”: así se llamaba una bailanta en Liniers, a metros de la General Paz. Ahora es un shopping informal. El tema del libro es una noche en la bailanta, y una bebida: el mezcladito.

* * *

Hasta ese momento, de poesía argentina ‘joven’ había leído muy poco. Conocía los poemas de Coming Attractions de Marina Mariasch y La chineza de Edgardo Pígoli, y los conocía como manuscritos que ellos me habían pasado en la facultad. Sabía de la existencia del Diario de poesía pero no lo leía. No sabía de otras revistas. Recordaba una nota en El Cronista Cultural, hacia el ’94, donde se hablaba de una nueva poesía, descontraída, y donde unos versos, seleccionados de no sé qué poetas, podían hablar de “Borges tostadito en La Salada”. Ya de argentinos contemporáneos y mayores, había leído las ediciones de Leónidas Lamborghini preparadas por Pígoli para El Dock. También Viel Temperley, Susana Thenon, estaba por leer a Juanele. De otras lenguas me gustaban tanto Williams como Jacques Prevert. Pígoli me había regalado un libro de LeRoi Jones para mi cumpleaños del ’97. Me pasaba lecturas potentes, y, cuando le preguntaba por contemporáneos nuestros y locales, me aconsejaba que los ignorase en todo sentido. Yo aconsejo lo contrario en general, salvo a jóvenes poetas oscuros.

Con Marina Mariasch nos conocimos en el ’93 cursando Gramática. Enseguida después ella empezó a ir con otros estudiantes de Letras al taller de poesía de una profesora, Delfina Muschietti. Escribían y traducían, y una vez al mes leían en el ciclo de Muschietti en el Rojas. En el bar “Boquitas pintadas” Marina me hablaba con medido entusiasmo de esos otros contemporáneos nuestros y locales, algo de tipo “están en la misma que nosotros”. Donde Marina sí era eufórica era en la necesidad de intervenir, no esperar a que viniese un editor, en vez de eso juntarse y publicar.

En el ’98 pensé en escribir un librito de un tirón, suspender por un rato un proyecto largo que me enviciaba, La navidad de los autos. El largo era un proyecto de retrato multifacético de la vida en el lugar donde me había tocado nacer, el oeste de la ciudad. Y algo que leí en el ‘98 fue El hundimiento del Titanic de Hans Magnus Enzensberger, con esos versos que dicen que nunca hay salvavidas para todos. El libro de Enzensberger, como a su manera también el de Pígoli, era lo que se llama un libro con una historia. No narrativo, pero con una historia. Eso quise hacer.

Para Límite bailable circunscribí el objetivo que venía persiguiendo con La navidad de los autos –retrato multifacético de…– quitándole lo multifacético, acotando el programa a un espacio bien delimitado: una bailanta de la zona. Hablando, en consecuencia, de situaciones que sólo pudieran darse en ese lugar. La navidad… era un libro unitario, este otro también, pero en este otro la obsesión espacial se cerraba en un punto. Y al estímulo de Enzensberger en lo estructural se le unió la empatía por ese ‘tono’ que pude percibir en Pígoli y más desfachatadamente en Mariasch y al que voy a llamar ‘relajamiento ontológico’. Nada de grandes frases, se puede llamar también.

Ese relajamiento ontológico incluía una entrada o bien artificiosamente ingenua o bien superficialmente “reaccionaria” –reaccionaria en su esfuerzo por desentenderse del discurso progresista bienconciente de los matutinos y de los adversarios del menemismo de la boca para afuera–  a la realidad social argentina, y donde las preguntas por la existencia en todo caso eran preguntas bien concretas.

Me relajé, entonces, hasta donde puede relajarse un poeta oscuro, querida amiga Flor. Fue un intento, estoy orgulloso.

Límite bailable de hecho surgió de un poema originalmente pensado dentro de La navidad… (“El malhablado”), el único previo a enero del ’99. Creo que se nota claramente la disonancia entre ese poema denso “El malhablado”, que había sido escrito con otras pautas de trabajo –una cierta voz de opinión o de “reclamo” social– y el resto de los poemas.

* * *

Uno de los primeros ejemplares de Límite se lo pasé a Marina, hacia julio del ‘99. A la semana ella pasó por la fotocopiadora donde yo trabajaba y me sugirió que le diera cuatro o cinco ejemplares más. Pensé que eran para sus amigos del taller de Muschietti, pero quizás ese taller ya no existía. Me dijo: para un tipo que tenés que conocer, Daniel García Helder, y me habló de otro más, Martín Gambarotta. Me habló de poesia.com. Yo no tenía conexión.

Pudo haberme hablado también, no me acuerdo, de aquellos colegas de la facultad que nunca habían tenido nombre entre nosotros: Freschi, Llach, Bejerman. No conocía a ninguno de ellos, ni lo que escribían. Yo venía de abrirme del PTS, ellos estarían abriéndose de Delfina Muschietti. A algunos los conocí y los leí poco después de sacar mi libro. A Romina Freschi, por ejemplo. A otros los leí a medida que me hablaban de ellos los que conocí. A ninguno le cacé la onda. Sí me acuerdo que Redondel de Freschi no me desagradó.

Dentro de la facultad pero fuera de los poetas del taller (muchos de los cuales por entonces inauguraban sus ciclos de lectura), en el ’99 traté con José Villa, cursamos juntos una materia, le pasé mi libro, y por medio de José fui a leer a la Placita de los Perros a una lectura organizada por el también tácito, para mí, Daniel Durand, que ni me saludó. Me cayó bien Durand de entrada porque se parecía a Peter Murphy; mas tarde me iba a caer regular Martín Prieto porque se parecía a Brian Ferry. Leí poemas y panfletos de Durand en el 2000, instalado en Helsinki, Finlandia, ya con acceso a internet. Volviendo a Villa él no hablaba de sus poemas, y era evidente que su interés por la poesía superaba con creces al del estudiante tipo. No me atreví a pedirle un libro suyo.

En la primavera del ’99 me llamó a casa Martín Gambarotta. Pensé apoyarme el tubo contra el pecho y decirle a mi pareja: me está llamando un freak rarísimo, que habla sin modular, un cocainómano de bajón. En tres minutos soltó unas cuarenta palabras donde me pedía permiso para subir Límite bailable a poesia.com. Le di el permiso y le agradecí, me acordé que Marina lo había mencionado, me propuse buscar algún libro suyo. Ni yo ni la finlandesa encontramos un libro suyo, tampoco chequeamos en internet que el mío hubiera sido subido. Me contó la hermana de un amigo que un poema mío hablando de la hinchada de Vélez le había entrado a su computadora como “poema del día”. Hoy mi enemigo principal dice que la serie “poema del día” fue la única acción política de Gambarotta en sus cincuenta años de existencia empírica cuasicomprobable, cosa que a las claras es una boutade.

Durante el invierno y la primavera del ’99 acompañé a Rolando Revagliatti en la conducción de un ciclo de poesía, “Nicolás Olivari”. A cada poeta que él invitaba le enchufábamos nuestra edición conjunta. Conocí ahí a Horacio Fiebelkorn, Emiliano Bustos, Juan Desiderio, Griselda García, Héctor Urruspuru… Con Emiliano trabé una amistad pero al poco tiempo nos distanciamos, nuestras oscuridades no eran del todo empáticas. Desiderio, Fiebelkorn, Urruspuru, Bustos, a ellos sí los leí entonces, cambiamos libros o plaquetas o fotocopias. Con Griselda más tarde fuimos a Límite bailable. Desiderio fue la primera noticia –y con qué impacto– de la distorsión, que a otros pudo haberles llegado ocho años antes. ¿Y a Cucurto cuándo lo conocí? No me acuerdo, pudo haber sido a fines de ese año.

En primavera vino un día Rolando con el Diario de Poesía y me dijo: reseñaron Límite bailable. Una noticia firmada por Helder de la que me acuerdo esta línea: “Los poetas vienen de las catacumbas”. Fijate, querida amiga Flor, que el libro que yo creía no-oscuro venía también de las catacumbas. Helder aprobaba y recomendaba, después me iba a enterar que el libro se leía en reuniones en Bahía Blanca motorizadas por él. A Daniel lo conocí en persona a fines del ’99, en la presentación de un premio al chileno Germán Carrasco que se hizo en el mismo bar de Flores donde yo participaba del ciclo Olivari. El poeta menos canchero era Daniel, y sus opiniones después, en un bar de Avenida Rivadavia, salvaron la noche entre el mutismo de Petrecca y el mío y las gansadas de Carrasco. Había otro poeta, con ese otro nuestra relación empezó mal cuando le dije “Me hablaron bien de tu libro Heavy Metal”, que en realidad se llamaba Metal Pesado.

* * *

Y bueno, al año siguiente me fui a Finlandia a tener unos hijos y empecé a leer la poesía de esa década que acababa de terminar. Abrí todo poesia.com y seguí con ganas el porcentaje de buena poesía, un 40% (¡altísimo!), que había en la página. Y en 2001 vine de visita, con plata, y compré algunos libros. Me invitaron a leer en la Casa de la Poesía, ahí conocí en persona a Prieto, a Casas y a Gambarotta. Con el primero camaradería, con el segundo empatía, con el tercero sintonía. Todo se expandió luego en la misma dirección, hasta cierto punto.

Mi libro que yo pensaba no-oscuro, relajado, anti-ontológico, quedó, para mi alegría, en el recuerdo de algunos, y lo que publiqué después les gustó a otros. Hoy me pedís un poema para esa antología Un poema oscuro y, antes que en trabajos posteriores, pienso en aquella primera muestra y en la forma rara, subterránea, en que se relacionó con una época, anunciándose recién cuando la época llegaba a un fin.

* * *

la forma

y esa olla se abrió para nosotros
cuando las otras formas dormían detrás de sus tapitas
como películas, sin saber que se vaciaban
y se volvían parte de otra cosa que no estaba ahí
para mirar ni para adivinar,
la cerveza loro sin esfinge
o el vodka delator de límites,
la masa líquida, lo duro medroso dentro
de la olla por la olla
que sin embargo debía un color, plantiemos
llena de color gorrión
y que sin embargo no estaba a la vista.
era como los bafles, como el vino de los bafles,
algo que no se nota cuando es grande,
era como la pampa, derrumbe y relleno de sedimentos
en un agujero que no tiene límites,
podía ahogarse toda una familia en esa olla y renacer malhablada,
podían morir ejércitos ahí buscando algo de beber,
y a diferencia de la tierra que tenemos la olla tenía ciclos,
cambiaba, no de forma pero de gorrión
a otras especies que también sangraban y saltaban
a la vista de pocos, los que sabían gritar
de mil maneras distintas, desesperados.

yo llegué a la olla como un gato,
detestando entrar por donde sobra espacio
me dice evana te invito un vaso
le digo no me tengo que ir
me dice dale no hagás como yo
que siempre me voy cuando me invito
entonces tomamos porque había tanto que decir
tanto que en variedad era silencio
y en tamaño era música.

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6 comentarios to “Una época subterránea”

  1. Monti Says:

    Que bueno esto, es increíble como la poesía te va llevando a conocer gente, como quedan registrados esos momentos.
    Hace muy poco que escribo, fue porque conocí a Daniel y me enseñó un montón de cosas. Hace poco te conocí a vos, a José y a Helder, y estoy aprendiendo otro montón de cosas.
    Brindo por todos.
    Salud!

  2. denapoli Says:

    saludos, Monti, muchas gracias por visitar.

  3. José Villa Says:

    Sí, quiero añadir entre los organizadores de aquellos recitales nocturnos en la Plaza de los Perros a Mario Varela, Cucurto, Melissa Benderski, Juan Desiderio (que aportaba equipos), a mí mismo, y a un grupo político que creo que era del Frente Grande, que estaba a cargo de las actividades en la plaza. Saludos.

    José Villa

  4. FedericoR Says:

    “Yo venía de abrirme del PTS, ellos estarían abriéndose de Delfina Muschietti”.
    Denapoli tiene el don de la frase: don peligroso, como todos los dones, empezando por Vito Corleone.

  5. denapoli Says:

    Gracias José por la aclaración.
    Reggiani usted y sus tiros al ángulo! Decime, compraste el libro de Gerardo Deniz o te vas a arrepentir durante años una vez que lo leas?

  6. chaves Says:

    ese libro lo tengo, límite bailable. lo trajo a san josé anita wajszczuk.

    hay una foto del 2001, en el eros, setiembre. con vos muchos de esta enumeración.

    un abrazo

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