La semiprostitución

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Oscilamos entre la fuerza y la entrega, casi todos. Durante buena parte del día defendemos, unos más que otros, nuestra visión del mundo, algo que incluye la defensa de nuestro ego, porque visión del mundo es también el modo en que quisiéramos que nos vean. Si me meto en ese embrollo no voy a poder escribir la nota que quiero. Decía: defendemos nuestra visión, hacemos eso en buena parte del día. La otra parte contempla actuar como no quisiéramos: trabajos que podrían ser motivo de orgullo, los hacemos para clientes que despreciamos, para máquinas que pusieron al mundo en el estado en que está, instituciones que claramente no buscan el bienestar público, etc. Y a veces son trabajos que ni siquiera en sí mismos habilitan el orgullo, esos que hacemos, comúnmente, por necesidad. Trabajos que nos hacen sentir un poco… no un poco chantas, un poco putas. Pero que quede claro: tampoco es que el “cargo” de la semiprostitución se limita al tiempo de trabajar, el trabajo no es acá el umbral de ninguna cosa, y nuestro tiempo libre, lo que hacemos cuando salimos o cuando nos conectamos, puede perfectamente ponernos en el lugar del que se vende a otro que paga.

Prostitución part-time, semiprostitución, supervivencia, caídas… Tenemos una idea de eso, en general, los que no tenemos el mismo jefe todas las semanas. Cosa que no es excluyente en absoluto. Pero la idea de esta nota es ir a lo concreto: al cuerpo. A los cuerpos que se ofrecen de vez en cuando.

Flores es el barrio de la semiprostitución, hoy, en Buenos Aires. En Rio de Janeiro es Copacabana. Son dos barrios que sólo parecen tener en común cierto esplendor decadente en la arquitectura, nada más. Semiprostitutas son esas mujeres con las que me cruzo a cada hora, cuando salgo a tomar el colectivo o al chino. Están paradas a cien metros de mi casa, casi siempre al lado de un restaurant.

También están las otras, las que no oscilan entre la fuerza y la entrega: las que se entregaron de lleno al ‘oficio’, y que sin duda guardan, algunas de ellas, una justificación. Estas otras paran al lado de mi casa, en la puerta del hotel alojamiento, y en las puertas de otros hoteles algunos metros más allá. Nunca, en ocho años viviendo acá, hablé con ellas. No sé responder cuando me dicen algo con buena onda, y sólo cuando me felicitan por los hijos devuelvo una sonrisa. No son las prostitutas que hacen postular a los sociólogos decadentes vanas teorías de cambio social; no fueron a trabajar a un prostíbulo en la Patagonia y apoyaron a muerte los derechos de los obreros.

Pero sí hablo, muy a veces, con las semiprostitutas. Ellas, a diferencia de las anteriores, no abren el diálogo. Están haciendo la calle y eso definitivamente no las agranda. No se empilchan. No están todos los días. Nunca están de noche. Tienen hijos. Limpian casas por hora donde pueden cobrar, en un día normal, 75 pesos. A veces consiguen changas en una tienda de ofertas de ropa, como vendedoras. Con todos los problemas de la subsistencia, igual le agradecieron a Dios cuando el marido se perdió para siempre. No tienen tarifa fija. Tienen miedo de ir con cualquiera. No se hacen preguntas por la plata que cobraron.

Un colega brasileño, el escritor Hector Bisi, hizo una novela sobre las semiprostitutas de Copacabana; la tituló Copacubana. Son muy diferentes a las de Flores esas mujeres, empezando por la edad. Allá son nenas, no pasan los veinte años, la mayoría quinceañeras. Salen a caminar por los bares cercanos a la playa, no van producidas. Se acuestan por treinta reales, por cincuenta, por una invitación a un shopping que incluya la compra de lencería. Me acuerdo de la semana que pasé en Fortaleza, norte de Brasil, dando un curso. Salía a la noche y todas las quinceañeras en sus vestiditos humildes me miraban. Después las veía del brazo de un holandés jubilado. Brasil progresa, pero no es lo mismo Argentina y Brasil. Todavía no es lo mismo. En Rio a esas chicas les espera o bien el casamiento con un holandés, o bien un destino de prostitutas. En Flores no hay holandeses como no hay, en general, adolescentes haciendo la calle por treinta, cincuenta pesos, de manera ocasional, diferentes hasta en la ropa frente a las otras. Las de Flores son mujeres curtidas. Quizás las de Copacabana sueñan con ser prostitutas, éstas no parece que tengan un sueño así.

¿Y qué agregar del escenario o el trasfondo? Dos meses atrás el gobierno de la ciudad permitió la demolición de la casa de Alfonsina Storni. Un antiguo caserón, típico de Flores, ubicado a dos cuadras de Bacacay y Artigas. La calle Bacacay es el epicentro de acción de prostitutas y semiprostitutas: las primeras en las puertas de los hoteles noche y día, las segundas sólo de día y en las puertas de los bares tradicionales, como el Tío Fritz. ¿Qué habría dicho Alfonsina del giro que dio este lugar? ¿Lo habría visto, quizás, como un giro inscripto en el pasado, en la opulencia hipócrita de los antiguos habitantes del barrio? ¿Qué habría dicho Girondo, a su vez, de este Flores? No hay chicas de Flores, no más, paseadas del brazo de sus madres. Esa postal retrógrada, curiosamente, hoy vive en los barrios más “pro”. Acá toda mujer es autónoma. Las que perdieron la fuerza, las que vienen todos los días producidísimas a trabajar, no tienen rufián; tienen un arreglo con la policía que se renueva cada semana, puedo dar fe porque lo veo. Y más autónomas son las otras, las que no ‘están fuertes’ sino que son fuertes, las semiprostitutas.

Decía antes que los ‘trabajadores culturales’ no estamos muy en otra cosa. Podemos incluso estar muy en esa cosa. Me acuerdo de la pelea que tuve, en el año nuevo de 2007, con un amigo. Estábamos bastante borrachos, sentados en la puerta de su casa en Palermo. Su pareja y la mía, periodistas, se hicieron a un lado; Marcela, argentina, le daba a Daniela, brasileña, consejos para entrar en relación laboral en un diario. Mi amigo y yo discutíamos, yo lo veía demasiado soberbio en su crítica a cierta generalidad, y le dije “vos también sos una puta”. Vos sos como esas putas, le dije, que no entregan cierta parte del cuerpo, ya sabemos cuál. No las putas full time que dicen que guardan algo para cuando tengan marido; esas seguro que mienten, que no guardan nada, son putas en la misma medida en que también lo son algunos hombres, hombres que entregaron todo y no guardan nada. Vos sos de esas semiputas que realmente guardan algo, le dije, y hacés bien en defender eso que reservás. Esa colita tuya que hace que tu novia te respete: reservásela a ella. Que tu cola siga siendo tu libro sobre Angola, tu causapoética.com. Pero no creas que los demás no tienen cola. No son tan pocos como creés.

Al fin y al cabo es la única diferencia válida entre humanos: los que entregaron bastante al primero que paga, los que al primero que paga le entregaron casi todo. ¿Se acerca el día en que no voy a poder vivir más en este barrio? ¿Voy a irme al campo a criar, como dice ese sueño que se repite, gallinas? VER ALGUNA FORMA DE COMUNIDAD DONDE TODO ENTE PONE HUEVOS, POR FAVOR. Cómo se transformó mi visión desde que vivo en este barrio que es el centro de diversiones de la miseria, este barrio donde la memoria de Alfonsina Storni no vale un carajo para las autoridades, este barrio donde los pibes de Laferrere vienen a bailar por un sueño y los que ya no bailan vienen igual y roban, que no es nada, pero también violan, humillan, destruyen a chicas tan de la periferia como ellos, que vinieron a bailar…

Todos los días, cuatro o cinco veces cada día, me cruzo con mis iguales: las semiprostitutas. Las saludo yo porque ellas no encaran. Con alguna que otra hablamos cuando me siento en la vereda del Tío Fritz. El desinterés por el jueguito de la ropa seductora es directamente proporcional a la cantidad de hijos que tienen. La conversación no se va a hacer larga porque al fin y al cabo hoy están dispuestas a un cliente. Pero hay conversación y nadie se hace el gato. Algunas saben que pueden tocar el timbre de casa si viene la policía, aunque en general los policías tienen la sensatez de no pedirles nada.

A eso de las seis de la tarde en invierno ya no se las ve; en verano pueden estar hasta las ocho, nueve. Lo que les hace marcar tarjeta de salida no es aquello que las reclama desde sus casas, porque ese reclamo, por lógica, tiene que ser igual en verano e invierno. Más bien es el miedo a la noche, o la sensación de que el tipo de cliente que buscan sólo circula de día. Y no se equivocan, porque la zona de noche cambia. Los que caminan de levante son más débiles. Los débiles se ponen Axe a las siete de la noche y salen. El ciente que engancharon ellas se había puesto Axe a las siete de la mañana, y a esta hora ya volvió en tren. Como también están volviendo ellas en tren, o en el 96, o en el 92. Compran algo antes sobre Rivadavia.

¿Qué onda todos esos machitos que le pagan a una puta full time y bien producida? La tienen re clara y saben que ni locos se casarían con una mujer así. ¿Le pagarían igual a una semiprostituta? ¿Se bancarían estar con una mujer que no hace algo tan distinto que la mejor de sus novias, si es que alguna vez tuvieron novias? ¿O saldrían disparados de un espectáculo así, sin escote provocador, sin piernas al aire? A éstas que trabajan en jeans, estas vaqueras del oeste, ¿vos te las bancás?

Sumadas a las de las fábricas textiles, a las de los negocios de ropa, a las meseras, a las que amasan pan en la calle… Yo no sé si hay otro lugar, hoy, en Buenos Aires, con tanta concentración de ovarios bien puestos. Igual es difícil vivir acá.

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2 comentarios to “La semiprostitución”

  1. Luiz Roberto Guedes Says:

    Saludos de un antiguo ‘publistituto’.

  2. María Polito Says:

    ¡Muy buena nota! Las que eligieron un lugar, bien por ellas, las otras sobreviven cómo pueden….
    Y aunque no venga a cuento yo me siento orgullosa de ser mujer por estos dos ejemplos.
    Susana Trimarco
    y Camila Vallejo

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