Luciérnagas

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Una vez me dijeron “Sos un ángel”; otra vez, otra persona me dijo “estás en el cementerio”. Cuando pasó lo segundo, esa noche soñé que mi cuerpo era rectangular y liso como un ataúd, un cuerpo sin orificios, sin boca, que iba siendo transportado de un lugar a otro hasta que en un momento me veía, siempre con forma de ataúd, flotando en el mar. Del sueño me desperté angustiado, y al otro día tuve recuerdos de infancia que nunca antes había tenido.

Quizás la nota graciosa fue que, a los pocos días de la pesadilla, recibí un mail del director Nicolás Prividera con el link a un sitio privado donde los “actores” podíamos ver su película Tierra de los padres antes del estreno. Es la única película donde me vi involucrado, y aparezco en una escena casi al final, sentado en el umbral de un mausoleo del Cementerio de Recoleta, leyendo en voz alta la carta de despedida de Rodolfo Walsh a su hija Vicki.

Ver(me en) la película me hizo pensar en las pesadillas como actuación. Una actuación dramática, sin duda, a partir de un guion que siempre escribe otro (un otro querido). En los sueños felices o placenteros, en cambio, el guion quizás lo escribe uno. Como esa vez que soñé que tenía una hija y vivíamos en un campo, y esperábamos los dos que se hiciera de noche para salir a cazar luciérnagas. .

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