Archive for 17 julio 2012

La cancha

julio 17, 2012

Porque tengo un cuchillo en el corazón es que busco
la distracción de los desgarros menores, intensos por un día
así todos los días y a cierta edad el mundo te acompaña:
no paro de conocer gente con un cuchillo en el corazón.
Gente que no puede matar al dolor con filosofía de vida
porque el dolor es enorme y es la pérdida de lo más ansiado.
Gente que mientras espera la llegada de la filosofía
sale a la cancha a desgarrarse y desgarrar -¡de común acuerdo!
Gente firme como un tanque en el interior del Congreso.
Gente firme como un flipper en el rincón de un salón de fiestas.
Sectas, cofradías, masones en pantalones cortos
a las patadas en el fútbol, ¡Festival de Cortos Bizarros!

Sí, esa es mi Iglesia, la canchita, voy en éxtasis todos los martes.
En invierno, con cero grados a la noche, es el éxtasis mayor.
Y si en los primeros partidos volvía a casa completamente roto
(era re lírico el fútbol al comienzo, después de años sin jugar),
ahora vuelvo relativamente roto a medianoche y eso está bueno.
Creo que así golpeado voy a seguir volviendo y eso me cae bien.
Me gusta que todos nos alegremos cuando alguien se cae al piso,
empezando por el que cae y se levanta y ríe y devuelve el golpe.
Me gusta, ya en casa, sentarme a tomar whisky casi sin piernas.
¿Por qué en USA filmaron El club de la pelea? Porque no hay fútbol.

Y sí, es porque tengo un cuchillo en el corazón que busco
esos desgarros menores, circulares, seriales, reproductivos
que cuanto más punzantes son -y hay un límite entre jugadores-
más me ayudan a olvidar el cuchillo en el corazón.
Ahora sólo me falta no regresar nunca más a casa
para no encontrar más nunca un mensaje en el contestador
de la asesina que me ofrece salir a la cancha un rato, un turno
porque el buen hombre está ocupado, está lejos: un suplente.
Bueno, dos horas es lo que dura un partido en la canchita
donde el fair play, además, dice que cualquiera es titular.
Y sí, al principio me gustaba terminar completamente roto,
ahora medio roto está mejor. Sólo me falta no volver a casa.

Un triunfo

julio 3, 2012

Le quise dar amor pero ella era
una lolita de principios: se borró.
Ahora escribo,
me acuerdo del calor, curto el momento
con mi abstinencia de sexo casi bestial
y esos idiotas de la era digital
leen lo que subo y dejan chistes.
Justo cuando ya no esperaba un triunfo.

Flash en Floridita

julio 2, 2012

Este año parece que publico un libro. Creo que se va a llamar El pueblo le canta a sus familias disfuncionales. Y uno de los poemas es este, “Flash en Floridita”, que retoma la visita del Papa a Argentina en 1982. Su viaje en auto desde la Nunciatura hasta Morón y de ahí en tren a la Basílica de Luján, y la vuelta desde Luján a Once en tren.

Es un poema largo. Lo escribí en el 95 o 96. No lo publiqué en libro, sí una versión anterior apareció en unas plaquetas que hacía Cucurto en 2002, pre-Cartonera. Lo seguí reescribiendo. Acá subo sólo la primera parte, y la acompaño con unas fotos de revistas de historietas que se vendían en los puestos en junio del 82.

Flash en Floridita

En cada revista está el Papa en la tapa
salvo en las historietas, mandadas al rincón
pero en cada historieta está la bandera,
la bandera del niño que se cae con un ¡plop!

sobre el puesto de diarios. La bandera argentina
salvo en los superhéroes, que son de importación,
la bandera argentina salvo en Condorito
que atraviesa los Andes y se cae con un ¡plop!

sobre Locuras de Isidoro, y Locuras se dobla,
se le tapa la tapa salvo el borde superior
donde está la bandera y los números romanos
y la bandera es la fecha: junio del 82.

 El cóndor

se cae de culo, condolido
por las noticias:
a sus LXXX años
la abuela se muere, no quiere más
comer, el Papa
vino en avión por Alitalia a buscar
una salida, un viernes,
un viaje a Merlo en la provincia desde
la capital, una estación, Liniers, un pasaje
comercial, Floridita
y el tren que trae al Papa del oeste y el tren que lleva
al hombre hacia su madre cansada y al niño
hacia la dulce prima, cae el cóndor
en el puesto de diarios y el Rata desde su colectivo
grita “¡Pobre Bélgica!” dos días antes del bodeleriano
debut de la selección.

Es el primer viaje

del Papa por el oeste
en dos vagones Werkspoor extraordinarios
que acá los ves: donados por el príncipe de los claveles
en el 55, cerraban el paquete
                 de 360 coches,
                                              50 furgones
                             y 10 máquinas, las “sandías”
de agrio sabor.

Entusiasmados

miles de tíos de soldados
agitan pañuelos
ya en la calle, desde los edificios,
trepados a los grandes carteles de Tarraubella
o apiñados al borde de los rieles,
el hombre tironea de la manga del niño
y no es el niño, el niño está
fijo, como bobo, en el puesto de revistas
frente al número de las mexicanas Novaro donde muere
la esposa de Flash.

El Papa

que a la ida tomaba el Papamóvil
vuelve de Luján en tren y acá la ves:
es la locomotora, holandesa también,
porque si los dos vagones cerraban
a modo de obsequio un contrato
antes viene la locomotora que el príncipe
le regaló a Perón, el príncipe que se enamoró
de Evita cuando la escuchó leer
“La razón de mi vida” y por eso
así de obsequioso.
 

En el puesto

el niño saca sus monedas, se lleva
impresionante número donde el villano
tiene una dosis mortal de polvo de ángel
para Isis, la esposa de

Flash. Más allá,

doscientos metros y el portón
del club ferroviario y al costado
los Talleres Liniers,
sus cuatro mil obreros
ferroviarios, el abuelo
que acá me ves, el taller, el club, el humo,
la vianda, el cuadro de Evita, yo a Perón no lo votaba,
Perón a mí me jodió pero a mis compañeros
los ayudó y a Perón lo jodió el príncipe
de los claveles.

El Rata, vecino, desde

su colectivo
grita en la terminal
“¡El domingo pobre Bélgica, Quitín!”
aunque está por verse. Cuidate
si un príncipe viene de visita.
                                               La tanada
tiembla en su base matriarcal.

Las tías,

entre cuidar a la anciana y recibir a esta santa
visita.

Sandía

de agrio sabor,
porque después Perón quería exiliarse
en Curazao
y el príncipe de los claveles
estaba en otra.

* * *

(Fragmento)