Sobre el oficio de traductor

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Es un gusto para mí para participar de este encuentro. Preferí no traer nada escrito, y sí algunas ideas desordenadas. Ideas sobre el trabajo del traductor, que es el tema de esta mesa. Es un lindo tema la traducción como trabajo, y un tema candente, para charlarlo también con el psicoanalista. La traducción por puro gusto, en cambio, no es un tema de terapia.

Para cumplir con las pautas que el moderador de esta mesa nos sugirió, voy a empezar contando cuándo fue que me senté a traducir por primera vez. Fue a mediados de los 90. ¿El autor? William Carlos Williams, poeta norteamericano, hijo de madre portorriqueña. Y poco antes de eso traduje algunas letras de rock. Pero con Williams, de quien se dice que influyó mucho en los poetas argentinos de estas últimas camadas, con Williams me senté un buen rato a traducir por primera vez. Y esas versiones las perdí y nunca se publicaron. Eran traducciones hechas por gusto. Bastante después, ya en los últimos cinco o seis años, empecé a traducir del portugués; también, al comienzo, elegí poetas, algunos narradores, y traducía de ganas, lo que me gustaba. Es una tarea difícil traducir literatura; por momentos te da una enorme felicidad, por momentos te da la sensación de que estás ahorcando a un ser querido con un repasador hirviendo. Pero está todo bien con la traducción por gusto. No le hablaría a mi terapeuta de las cosas que pasan cuando se traduce por gusto. El problema es otro.

El problema es la traducción literaria profesional: como freelancer, para editoriales, a cambio de dinero. Un pago previamente estipulado, una editorial que es el tipo de empresa que suele encargar traducciones de literatura, y la condición de freelancer del traductor puesto que las editoriales no tienen, y la mayoría difícilmente podría tener, traductores asalariados. Sobre esto último, sabrán que es una relación laboral muy debatida la del “frila” o freelancer con su ocasional, y a veces relativamente estable, empleador, pero no la vamos a discutir acá, como tampoco vamos a discutir la distinción que señalé al comienzo entre traducir como profesión y hacerlo por gusto. Lo que sí me interesa exponer –lo que yo llamo ‘el problema’– es una distinción en el interior de lo que vendría a ser la esfera de la traducción profesional, que hace que muchos traductores literarios corran serios peligros. Y antes de eso voy a hacer un salto.

Durante un tiempo le preguntaba a los mexicanos que conocía: “¿Cómo se dice ‘arquero volante’ en México?” Y a los chilenos: “¿Ustedes cómo dicen ‘arquero volante’?” Los que juegan al fútbol seguramente saben lo que es un arquero-volante: es el arquero que puede moverse por toda la cancha como cualquier jugador. Se juega con arquero-volante cuando los que se juntaron a pelotear son pocos. Es algo que pasa en el fútbol amateur. Y ahora les explico por qué yo andaba haciendo esa pregunta.

Porque en 2008 o 2009 yo había escrito un poema. Es un poema que se llama “Arquero-volante”. Fue el primer poema que escribí con tema parcialmente futbolístico. Más que el tema, en realidad, el fútbol daba la clave para pensar otra cosa. Y esa otra cosa era el “oficio” de los que escriben (poesía, narrativa, en general). Arqueros volantes. En principio, lo suyo es hacer tal cosa (atajar, escribir); en los hechos, y dada cierta carencia (de jugadores suficientes, de remuneración suficiente), se pasan el tiempo haciendo otras cosas: gambetas y corridas a lo largo de toda la cancha, en el caso del arquero volante; otros trabajos remunerados, ya que escribir casi nunca lo es, en el caso del escritor.

Ahora, lo que me llevó a preguntarles a peruanos o a uruguayos cómo se dice “arquero volante” en sus países no fue una curiosidad gratuita, por “puro gusto”, sino que vino de esto que es el corazón de la anécdota y quizás de esta misma ponencia. Ocurrió que unos meses después de escrito, a mi poema empezó a traducirlo un escritor brasileño –por gusto lo hizo. Y se encontró con varios problemas, empezando por esta cuestión del arquero-volante. En un momento me mandó este comentario: el arquero-volante en Brasil no existe. Después afinó: existe, sí, se llama goleiro-linha, pero se usa más bien en el futsal –mi poema hablaba de chicos en la calle jugando al fútbol, y no de padres de familia saliendo de la oficina a jugar futsal. Teníamos, entonces, este problema. En ningún momento desconfié de mi amigo; me pareció, de hecho, perfectamente lógico que en Brasil no hubiera arqueros volantes en los partidos improvisados; pensé que en un país de 180 millones de habitantes enseguida se consiguen diez personas, en cualquier cuadra de cualquier ciudad, para jugar un partido, y entonces ya no hay necesidad de un arquero que sea tan lanzado como para llenar esos huecos que deja la escasez de jugadores.

Luego, entonces, comenzó la pesquisa. En Chile me dijeron: “se llama arquero-jugador”, y me pareció curioso que los chilenos, que tienen excelentes poetas, no hayan encontrado una denominación más atractiva. En Uruguay también existe, y acá me sorprendió para bien el nombre que le encontraron: golero-peligro. Con el aporte uruguayo insistí en el paralelismo, ahora con una más pulida noción: “escritor-peligro”. El escritor que sobrevive haciendo cualquier otro trabajo. Con el comentario de mi amigo brasileño me interné en una relación: ¿será que en Brasil el escritor-peligro tampoco existe? Y, como este encuentro es sobre las relaciones entre Argentina y Brasil en literatura, creo que es oportuno indagar en este punto, pero además, como esta mesa es de traductores hablando de la literatura de ambos países, voy a volver, en unos minutos, al oficio del traductor.

Yo creo que buena parte de las diferencias entre la literatura de Brasil y la de Argentina se explican por la merma o la sobreabundancia, en un país y en el otro, de escritores-peligro. Mi experiencia de ir seguido a Brasil me indica que muchos escritores –narradores, sobre todo– viven de escribir; y no de ser docentes ni traductores, ni siquiera de cronistas. Hay cronistas, que es todo un género allá, y hay escritores que son cronistas, como Xico Sá: un tipo que lo que escribe son crónicas y de eso vive. En cuanto al narrador de ficción, normalmente se las puede arreglar no digo de derechos de autor pero sí de ingresos por ‘trabajos de escritor’. Hay, en la base, una industria editorial que hace que un novelista no necesariamente reconocido cobre en promedio cinco mil reales de anticipo por una novela. Hay toda una red de instituciones, más de un millar de centros culturales económicamente sólidos, la mayoría de ellos vinculados al CESC o a Itaú Cultural, donde un escritor puede estar trabajando, una semana acá y otra allá, como conferencista o responsable de un taller literario –entre otros ‘trabajos de escritor’ mientras no se escribe. Hay un enorme tejido de ferias del libro, festivales y encuentros literarios que hacen que ese escritor pueda trabajar una semana en Fortaleza, otra en Porto Alegre y así. Hay entidades como Petrobrás y los mismos gobiernos (el nacional, los estaduales, los municipales) que fomentan la escritura por medio de premios, becas y concursos –se hace fuerte a través de ellos otro trabajo de escritor como es el de jurado de concurso literario. Y hay, en aquella sólida industria editorial, una impresionante cantidad de libros que se encargan a escritores: antologías de ciencia-ficción, de fantasmas, de vampiros, de fútbol, etc.

Hago un paréntesis. Hay un tipo de relato que en Brasil se da muy bien y tiene una larga tradición: el cuento o la nouvelle donde el protagonista es un escritor y el asunto es el modo en que se gana la vida. Nosotros tenemos a Arlt, pero esto a lo que me refiero es muy distinto, más como francés digamos: las finanzas del escritor retratadas sin demasiado énfasis en la struggle for life, todo dentro de una arquitectura literaria muy pensada. Un ejemplo es Sergio Sant’Anna, y, entre los narradores jóvenes, Joca Reiners Terron. Detrás de esos relatos está la realidad brasileña en la cual la inserción laboral de los escritores en tanto tales es muy alta y no, como a veces se supone, debido a los subsidios sino ante todo por el funcionamiento del mercado mismo. Ese tipo de relato ya está en el siglo XIX en Machado de Assis. Lo hace posible una historia, la historia de Brasil, que es más financiera, digamos, que la nuestra. Y que ya era financiera en la época del imperio, mientras que nuestra historia es más política. Esta diferencia, entonces, baja a la literatura desde el primer momento: emblema del siglo XIX argentino es el pendenciero Sarmiento (escritor-peligro durante sus buenos años); del brasileño, el sofisticado y calmo Machado de Assis. También es muy llamativo, desde el Río de la Plata, que la literatura brasileña contemporánea se ocupe tan poco de política. Y ahora podemos decir: los escritores brasileños, cuando deciden no ocuparse de la política, están, en última instancia, insertándose en su tradición. Los escritores jóvenes argentinos, cuando hablan de economía o de finanzas, dicen pavadas. Cancherean con un mercado cuya sintaxis desconocen. Fogwill sí lo hace muy bien, porque sabe de finanzas. Haroldo Conti también sabía mucho de economía, o al menos escribía como quien sabe. Walsh conocía bien los gremios, y el que sabe de gremios puede saber de política y de economía a la par.

Cierro paréntesis. Salen a la cancha, en definitiva, esos escritores brasileños, con muchas más posibilidades que los nuestros de ocupar una misma posición –la elegida, la aprendida– durante todo el juego. Mientras que acá nos acostumbramos a ser escritores-peligro. Muy pocos son los que viven de escribir o de los que agrupé como ‘trabajos de escritor’ –jurado, antologista, conferencista, tallerista. En general necesitan ser: docentes, publicitarios, libreros, editores, agentes culturales, traductores. No sé qué es mejor, si lo de acá o lo de allá, y por eso creo que me interesa como asunto para un ensayo, porque no tengo un prejuicio al respecto.

Y ahora paso al tema que me interesa en particular. El más novedoso. Tiene que ver con la profesión de traductor y con las transformaciones, de un tiempo a esta parte, en este ámbito. Di a entender que la de traductor ha sido en Argentina una de las profesiones a las cuales el escritor acudió por necesidad de ganarse la vida, ya que, también decía, los trabajos de escritor no lo ayudan a sobrevivir. Los escritores que ingresan al mundo de la traducción profesional han sido, antes, traductores por puro gusto, y no me interesa en lo más mínimo esa distinción “por amor/por dinero” que las más de las veces no significa nada. Comúnmente, por lo demás, y esto me consta, los traductores literarios argentinos no dejan nunca de traducir por gusto, mientras ruegan que los encargos no desaparezcan.

El problema es que, de un tiempo a esta parte, la traducción literaria se ha convertido en un asunto en el cual ponen manos otros profesionales: particularmente, docentes universitarios de literaturas extranjeras, de los que uno debe decir que, en principio, están muy capacitados para ser traductores. Y el tema no es la capacitación sino las nuevas pautas laborales en la relación traductor-editor que ellos instauran. Ocurre que la traducción literaria ha adquirido prestigio: el traductor, en el mundo contemporáneo, es visto casi como un autor. O por lo menos un ‘luchador’ por el acercamiento entre las culturas, en un contexto como el actual, culturalista. Y ese prestigio de cuasi-autor o de agente de la diversidad cultural se traduce en capital simbólico: la traducción profesional vale, más que como medio de vida, como cucarda en el currículum. Como decíamos, no es la distinción entre traducir por gusto o por profesión sino dos modos de traducir en el mercado: a cambio de dinero, a cambio de un prestigio que vuelve más sólida esa otra relación profesional (con la universidad, por ejemplo) de la que se vive.

Nada de lo que digo tendría sentido, no estaríamos sino ante el testimonio de un traductor resentido por la abrumadora cantidad de colegas, si no fuera por un factor: el traductor profesional (hay que llamarlo profesional, al fin de cuentas) que trabaja en busca de la cucarda curricular va al mercado sin exigencias salariales. Traduce por menos plata y esto es un hecho. Un hecho que nos consta a buena parte de los que estamos en el oficio. Todos tenemos una anécdota y preferimos conversarla con el psicoanalista. Y las editoriales han tomado nota, por supuesto, del nuevo escenario. Recientemente (comienzos de 2009) ha habido un acuerdo entre al menos seis editoriales con sede en Buenos Aires que decidieron bajar el pago que se le hace al traductor por cada mil palabras. La queja habitual en Argentina es porque los salarios se estancan; en este caso extraordinario, el pago bajó. Es un fenómeno natural, lamentablemente, desde que el editor puede alzar la vista y observar lo que pasa afuera. Mi tentación es describir ese afuera como un conflicto entre traductores cuidadosos de su lugar y traductores “carneros”. Entre los primeros muchos, en lo que va del año, han perdido encargos porque ni se les ocurre trabajar por cuarenta pesos las mil palabras. No tienen el sueldo de la universidad privada ni la beca de Conicet para pagar el alquiler.

Así las cosas, entonces, y con esto cierro, se ha creado un nuevo sub-oficio. Del escritor-peligro pasamos al traductor-peligro. Era la misma persona que en algún momento de su vida decidió ingresar al ámbito de la traducción profesional para tener de qué vivir. Y ahora tiene que salir a jugar, nuevamente, en otra posición dentro de la cancha. ¿De qué va a vivir ese traductor si el otro, el cazador de prestigio, sigue arremetiendo? Misterio.

Mi poema “Arquero-volante”, ese al que me refería y que desató toda esta reflexión, ya quedó datado, viejo. Porque es la típica historia del escritor que está triste porque no tiene tiempo para escribir. Tiene que traducir, por ejemplo. Un poema más contemporáneo elegiría a un traductor que está triste porque ocho horas al día en la librería Yenny o en la ventanilla de Metrogás lo dejan sin fuerza para traducir a Stendhal. De todos modos, si me permiten, cierro leyéndoles el poema. Y antes de eso quiero aclarar: hablé hasta acá no sin malicia, no sin arbitrariedad. No creo, por supuesto, que la cosa es buenos vs malos. Simplemente deseo que no haya traductor que, cuando va al mercado, se olvide de las reglas del mercado, que son reglas que fijamos todos.

Arquero volante

Corrijo, traduzco, tipeo, edito
textos distintos entre sí
y aprovecho estos minutos para sentarme
en la plaza, donde un pelotazo me pasa cerca.
Alcanzo a ver carpetas en el piso de barro, son
como las de mi PC: contenedores de tareas
cada una con sus pautas, su etiqueta
que las distingue pese a que nunca falta
el que opina todo es escritura –yo
podría quejarme, no ahora, no delante
de cinco pibes de la escuela República de El Salvador
que juegan tres contra dos esquivando árboles

y pordioseros. Todos corremos. Con más plata en el bolsillo
habría nuevas tareas y contenedores.
Podría leer, aplacaría la hora de los postres
picoteando un novelón o uno de esos grandes ensayos
acerca del fin de las grandes obras.
El equipo de tres le hizo un gol al equipo de dos.
Podría escribir en vez de hacer estos trabajos
que hacen los que escriben. La pelota
cruzó la calle y fue a parar a la Iglesia
Universal. Del año que viene
no sé nada – obra abierta durísima. Alguien
en el equipo de dos se hace cargo de su participación

en la victoria ajena. Yo escribo como él ataja:
haciendo siempre otra cosa. Somos arqueros volantes.
Sólo que a mí me opaca, si no la edad, la acumulación
de años sin tiempo para esto: poner cara
de que todo está en orden, equivocarse sin pena
o temor a que el otro te sorprenda con un gol,
repasar la jugada
y decir ¡bueno, qué podía hacer!,
vivir un teatro alternativo donde el halago
es de uno mismo a su esfuerzo y el esfuerzo
va al resultado con indiferencia.

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