Archive for 28 diciembre 2012

Brasil

diciembre 28, 2012

La primera vez que viajé a Brasil fue con la mente. Yo era chico, y el motivo que me hizo salir de viaje esa vez fue una calcomanía que mi hermano había pegado en el placard de nuestra pieza, una calcomanía con un mar, una palmera y dos palabras: “Porto Seguro”. Ya escribí un poema sobre eso; ya se lo conté a una lacaniana. Un lugar apenas diferente (“o” en vez de “ue”) y un lugar seguro, que no se sacudía como un barco -o una casa- bajo la tormenta.

Hoy estoy por encarar el decimoséptimo viaje real a Brasil. En San Pablo, Río de Janeiro y Porto Alegre ya tengo mis lugares, mis amigos, mi rutina discontinua. El primer viaje con estos pies fue en 1995: éramos una pandilla, yo ya estaba en la facultad, otros acababan de terminar el secundario de Bellas Artes. Fuimos viajando en grupitos, haciendo dedo hasta Foz de Iguazú y tomando micros de ahí a San Pablo. Llegamos con Mariana a la madrugada y pasamos lo que quedaba de la noche en Praça da República (mis amigos brasileños no me lo creen). Los pibes que controlaban la plaza nos encararon amenazantes, pero nos dejaron estar. Cuando se hizo de día fuimos al Museo de Arte, el MASP, y flasheamos con el edificio y los cuadros del Bosco y de Modigliani. Del futurismo de la Avenida Paulista saltamos a una terminal de micros con olor a desinfectante y de ahí a Angra dos Reis y a Ilha Grande, donde ya estaba el resto del grupo. A los diez días empecé a bajar por tierra hasta encontrarme con Federico en otra isla, Sao Francisco do Sul. No existían las ofertas de avión, todo el viaje fue por tierra.

Antes de ese viaje hasta Ilha Grande estaban, también, las escapadas brasileñas de mi mamá. Iba seguido a comprar ropa a Camboriú o Uruguaiana, y después la vendía en el barrio. Yo creo que esos viajes de algún modo cuentan como míos, pero por las dudas los anoto como viajes mentales, a la par de la calcomanía de Porto Seguro. Mamá solía contar anécdotas de Camboriú, y en uno de sus viajes se había hecho muy amiga de un actor que hacía sus shows vestido de mujer, gesticulando y actuando en todo como mujer. Cada vez que viajaba, mamá iba todas las noches a verlo, y a veces salían juntos de compras. Estaba enamorada de un transformista, era evidente.

El segundo viaje: comienzos del 98. Con mi pareja, Lumi, pasamos casi dos meses. Quemé maravillosamente los ahorros de un año en ese periplo con estaciones en Iguazú, Minas Gerais (Belo Horizonte, Ouro Preto y Mariana), las playas de Espíritu Santo -me acuerdo de una luna enorme asomando del mar en Itaúnas-, hasta llegar a Bahía, primero haciendo una parada obligatoria en Porto Seguro, después consagrando quince días a Salvador. En esta última ciudad dormíamos en una casa universitaria, de onda. A la vuelta apenas pasamos por Sao Paulo, después un micro nos dejó en la terminal de Pelotas y de ahí seguimos a dedo hasta Uruguay.

Tercer viaje: enero de 2000. Otra vez con Lumi, con Federico y Mariano. Fuimos directo por tierra a Angra dos Reis. En el barquito que nos trasbordaba a Ilha Grande nos enteramos de que íbamos a ser papás de Tilo. En ese viaje, después de una semana en la isla, conocí Rio de Janeiro: hacía 42 grados cuando llegamos a Cinelandia. La mujer que nos alojó en Río tenía una fundación para chicos de la calle. Cuando la vio a Lumi, que tendría no más de cuarenta días de gestación, le tiró: ¿vos estás embarazada?

Para el cuarto viaje hubo que esperar a 2004 (en el medio, una vida en Finlandia). Fuimos con Cucurto y César Aira a Río, yo colado y por mis medios aunque ya como colaborador de Eloísa Cartonera. Pocos días. En la vuelta, por tierra, en Sao Paulo, me ofrecieron dar una charla y un pelado me compró diez libros cartoneros: mi querido Joca Reiners Terron.

2005: fuimos con Cucurto a Río de Janeiro, una semana de taller de libros artesanales en el MAC de Niteroi. Ahí traduje y conocí a Jorge Mautner. Me acuerdo del jugo de acaí.

Siguió un nuevo viaje a Sao Paulo y Río, por tierra, con Lucía Bianco en enero de 2006. Por mail, Ricardo Domeneck nos había tirado la propuesta de hacer una reunión de poesía. Ese día hizo su primera lectura pública una chica de Pelotas: Angélica Freitas. Cuando Angie terminó de leer le dije: “Te quiero publicar en Argentina”. La publiqué cuatro meses después.

En septiembre de 2006, el séptimo viaje, y el primero “institucional”: me pagaron los pasajes y el hotel. Fuimos con Douglas Diegues a hacer talleres de armado de libros para chicos a Fortaleza. Odié esa ciudad, capital del turismo sexual de Brasil. Chicas de trece, del brazo de holandeses de sesenta. Desasosiego. Playas alucinantes.

También en 2006/2007 fue el octavo viaje, esta vez a residir: tres meses en Sao Paulo con Javier y Ramona, todos a cargo de la presencia de Eloísa Cartonera en la Bienal de Arte. Me acostumbré a las calles, a ciertos barrios. Me hice habitué del bar Mercearia San Pedro, donde unos años atrás paraba Nick Cave. Tuve mi primera novia brasileña, la gaúcha Daniela, futbolera y newage, gran mujer. Volví y me fui alejando de Eloísa, me sentía achanchado. Al mes de estar en Sao Paulo había dejado el hotel -la comida gratis me hacía engordar- y me fui a vivir con Dani. Después nos vimos en Baires una vez más.

En 2008, de nuevo Sao Paulo que ya se había vuelto un lugar de trabajo ocasional. Una semana: poco tiempo y sin embargo esa vez extrañé acá. Con Luiz Guedes caminábamos por la avenida Paulista de madrugada y él me iba explicando la historia de finca y familia que cada edificio tenía detrás.

Viaje 10, vacaciones de invierno de 2009. Fui a Sao Paulo, di un curso de poesía latinoamericana; otro sobre Borges y Bolaño. La llamaba a Pipi desde la Mercearia. Y en 2010, viaje 11, conocí Porto Alegre, donde me recibió Angélica. Juntos fuimos a su ciudad, la sureña Pelotas. Fue uno de los viajes más importantes porque se afianzaron lazos del afecto.

En septiembre de 2010, un primer viaje absurdo, de apenas tres días a Belo Horizonte, que había conocido trece años atrás. A leer poesía, invitado. Viaje chato y largo, de escalas en aeropuertos. En mayo de 2011 volví a Porto Alegre, que me encanta, al festival de literatura de la ciudad, y a Pelotas a visitar a Angie. Ese viaje trece fue el más sencillo y uno de los más intensos. Y en noviembre de ese año conocí Brasilia; fuimos con Cucu invitados por la OEA a conversar con una gente que iba a armar su propia cartonera en la capital. Rara, Brasilia. Una ciudad sin plazas.

En este año que termina hice dos viajes. A comienzos de año volví a Porto Alegre y me reuní con doña Angélica. Di un curso sobre Bolaño ý ahí conocí a Laura y a Alercio. Y en julio, de ganas, me fui a Río de Janeiro, donde había andado muy poco. Pasé una semana en Río, y en el camino paré en Porto Alegre a ver amigos y dar una charla sobre la poesía del gaúcho Mário Quintana.

Jactancia boba: nunca se me ocurrió ir a Florianópolis (aunque un tema económico me obligó a parar ahí dos días, entre turistas porteños y garotos de playa voceando el Clarín). Ansia: Amazonas un día.

Así que éste que empiezo hoy es el viaje 17, que me llevará dos meses a Río, becado para traducir a Nelson Rodrigues. Y como no aguanto las ganas de subirme al micro escribí esto.

 

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Forzar

diciembre 12, 2012

“La prostitución existió siempre y en todos lados”, se oye. En algunos lados más que en otros. En la zona roja de Flores, con eje en la calle Bacacay, circulan clientes todo el día, de todas las clases sociales. Y se juntan hay chicas y mujeres que eligieron eso: ganar plata fácil todos los días. No tienen cafishio, son autónomas, pagan la parada a la policía. Le cobran cien o doscientos pesos al cliente (más treinta para la media hora del hotel); hacen su yeite cuatro o cinco días por semana (existen reglas entre ellas y con la policía); ganan no menos de diez mil pesos al mes. No son pichonas. Paradas en la vereda, delante de los estacionamientos de los albergues, escuchan música de los celulares y sonríen con una expresión opaca en la cara, una expresión de sorna triste típica de las personas y las profesiones que se ejercen con independencia y a la vez con disgusto. Es la misma sorna triste que uno puede ver, por ejemplo, en la cara de algunos escritores: los que escriben a pedido, los que se venden todo el día, todos los días. Muchas de ellas no cambiarían su yeite por ningún trabajo, lo mismo que muchos de ellos.

También, en otra esquina, están las “semi-putas”. Hace un año escribí un ensayo sobre ellas, que dio el azar que fue leído por una periodista portuguesa que acabó viniendo a Flores a hacer una nota. Son las que trabajan unas horitas, así como están, en jean y pulóver. Quizás hacen otros trabajos, y añaden este para llegar a fin de mes. Paran en un bar, van con tipos que ya las conocen, que trabajan por la zona. No paran autos, van con los de a pie. Con las semiputas me identifico en cuanto a mis trabajos.
(more…)

Cuatro temas

diciembre 8, 2012

En la poesía, como en todo lo demás, hay sólo cuatro temas: el amor, la muerte, el trabajo y las diferencias de clase. Los dos primeros se ligan entre sí, también los últimos. Escribo sobre lo que amo, lo que temo, lo que hago, y lo que me facilita o impide hacer.

Mira, Lucía

diciembre 5, 2012

Mira, Lucía
(1970, Vinicius de Moraes, Chico Buarque y Tom Jobim)

Mira, Lucía
Cuánto te quería
Volver prisionera
De mi poesía
Y ahora, Lucía
Para mi sorpresa
Para mi tristeza
Precisas partir.
Parte, Lucía
Que estás tan bonita
Tu pena palpita
Me vas a dejar.
Siento, Lucía
Que estás de visita
Tu cuerpo se agita
Queriendo bailar.
Parte, Lucía
Que estás tan desnuda
La luna te llama
Estás tan mujer.
Arde, Lucía
Tu llama a la luna
Lucía gitana
Marea mujer.
Parte cantando
Lucía corriendo
Contra la corriente
Jugando, durmiendo
Al bosque, a la sierra
Al campo vacío
Al curso del río
Al brazo del mar.
Anda, alegría
La vida, Lucía
No pasa de um día
No te detendré.
Corre, Lucía
La vida no espera
Es la primavera
No pierdas el tren.
Anda, Lucía
Que yo no tendría
Más que esta agonía
Que no te daré.

Freelancer en el patio

diciembre 3, 2012

Frente a la compu, en su casa, corrido por jefes que cambian
[como los días
arroja su lanza servil, ¿libre?, el hombre de hoy: el
Freelancer, lo llamamos así, él sólo llama y pide
ensaladas en Darwin’s, tira de asado en Calibán,
come y arroja de nuevo su cooperativa lanza en el corazón
de la época. Sabe que tiene que entregar,
le está prohibido pasarse un día y si en ningún lado
está escrita esa ley, por algo será. Desde un acuario
más actualizado que el suyo alguien espera el envío
de los documentos. Esta noche al pescado no lo veremos saltar
vivito y coleando en las redes sociales; la autonomía
exige que hoy el autónomo no le abra la puerta a nadie.
Cercado por tiempos capitalistas
que a la hora del deadline se vuelven estalinistas…

Ayer fue lo mismo: sublimó para otro día el descanso
con el agregado de que ayer el freelancer fue al banco y recibió
malas noticias y almorzó
afuera y cuando lo saludé desde mi ventana
dijo que el otro fin de semana me invita una cerveza.
De un tiempo a esta parte me desprecia.
Noviembre es un mes con demasiadas canciones
que hacen pensar en las vacaciones y el frila
para ahorrar tiene un método que es dejar de respirar
el aire de noviembre. Se pierde el aroma de los tilos
como se perdió, en su momento, mi aroma.
Novio, siempre novio de su trabajo…
Para ninguna novia lo más importante es el vestido,
para ningún frila lo más importante es el pedido y sin embargo
piensa en la entrega y posterga el descanso. Y sin embargo…

Sentado ahora en el patio, en calzones, ahora que anochece,
al lado una cerveza, el discurso amoroso de Barthes y en las piernas
un cuaderno donde se la da por poetizar,
el pendejo me está diciendo en qué consiste su vida.
Un inmaduro. Un tipo que cuando más debería concentrarse
[en el trabajo
le escribe poemas a la histérica que le tiene atada la pija.
Y un ladrón. Un lancero que en los días de mayor sacrificio
invoca al arte como el motor no de una experiencia trascendental
sino de la administración de su propio, sucio, mediocre tiempo.
Con dos horas de “evasión” aceita diez de rutina; “viaja”
un rato al Arte y vuelve con pilas al Sistema.
Los verdaderos artistas lo despreciarían:
querer robar el Fuego por terapia. Él desprecia a los que
rechazan el arte en nombre de la buena administración del tiempo, pero los verdaderos artistas lo colgarían de sólo ver
la cara de pelotudo extasiado que pone cuando toma cerveza
después de escribir dos líneas finitas sobre el aroma
de los tilos que no respiró.

Ya anocheció. Sigue en el patio. En cualquier momento se levanta
y vuelve a la compu como el aparato que es y que no cesa
de ser. Por ahora su cuerpo semidesnudo,
cuerpo que una vez me deseó y me penetró y hoy
tiene para mí la frialdad que tiene para cualquier vecina vieja
su cuerpo se demora en anotaciones pavotas,
ramitas pollerudas, canciones de una nota,
mientras pienso en la última vez que estuvo en casa,
en cómo se burló de que yo estaba estresada
y me obligó a seguir desnuda, justamente ¡el frila!
¡el mercachifle de mil jefes!, me dijo: “Si estás muy apurada,
quedate un rato en bolas y después
vístete despacio”.