El carnaval de Río

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Pasa el Miércoles de Ceniza y llega el jueves: los cariocas vuelven a comer, a leer los diarios. Cada uno con su carga de excesos que no serán olvidados ni quizás narrados, entran en un ciclo de recomposición biológica y laboral de frente a las tranquilas aguas de marzo. La ciudad vuelve a tener un centro después de una semana donde cada esquina podía ser el núcleo sitiado por los cientos de blocos (¿comparsas?, ¿bandas?) callejeros. Boitatá, Volta Alice (Alicia, volvé), Orquesta Voadora, Se essa rua fosse minha, Rival sem Rival se llaman algunos de esos conjuntos. La música en vivo fue poderosa, los disfraces no seguían una regla, todo el mundo bailaba. Hubo hasta un bloco que hizo temas de Iggy Pop, y yo pensé que sería bueno que otro hiciera temas de Gilda. Ya llegará el día en que brasileños empiecen a importar belleza en vez de sólo producirla.

Bloco es algo así como el término general para todo lo que no es escola de samba. Puede ser una sociedade de carnaval (más organizada) como un cordao (más ecléctico y sin traje). Normalmente tienen músicos, aunque hay blocos que se improvisan y salen a la calle con un equipo de audio. Para este carnaval debe haber habido unos quinientos blocos en Rio, pero cualquier inventario sería imposible porque muchos salen sin permiso del gobierno y sin avisar a los medios: ponen a circular la data unas horas antes, entre sus allegados. Los blocos son lo real de febrero; las escolas de samba, lo simbólico. Sobre el Sambódromo no quiero cargar las tintas, porque también debe ser maravilloso estar ahí, aunque personalmente elegí no pisarlo. Es mucha la determinación que tienen los auspiciantes de las escolas sobre el diseño de ropas y hasta la elección de los temas a representar. Igual, un detalle llamó mi atención y es que cualquier turista con cero movimiento de cadera puede desfilar en una escola de samba (seguro no en las principales, pero en otras). Sólo tiene que pagar 600 reales. Y le regalan el vestido para que se lo lleve a casa. En la calle, con los blocos, nada de eso es necesario y cada uno lleva el disfraz que le guste.

No vi ninguna pelea en la calle. Pero vi una cosa muy curiosa: dos tipos empezaron a discutir en la vereda de un bar; aparentemente uno había piropeado a la novia del otro. Se putearon de arriba abajo durante diez minutos, a centímetros de distancia. Puteadas duras. Pero ni se tocaron. La única conclusión que saqué fue: cómo les gusta el teatro. Otra cosa que me llamó la atención fue el modo en que un tercero, que se levantó de otra mesa, los abordó para calmarlos. Este otro no estaba asustado o preocupado: estaba decepcionado. Tenía fastidio en la cara y lo transmitía a los peleadores. Actuaba no tanto por un disgusto personal sino para defender algo así como un derecho: el derecho a un entorno donde las cosas fluyan con delicadeza o suavidad.

Hay algunos blocos de lujo, lo más parecido a nuestras comparsas. Suelen ser de barrios periféricos y su gran día es el desfile por la Avenida Sete de Setembro. Una de las más prestigiosas es Cacique de Ramos. A estas comparsas también se las llama blocos en la medida en que son callejeras, pero estas tienen, como las escolas del Sambódromo, un vestuario reconocible y distintas alas de bailarines y músicos. Además de una credibilidad de barrio asentada a través de décadas. El Cacique y muchas otras están activas todo el año y funcionan como espacios vecinales.

El sexo: el martes previo al carnaval empezaban a llegar a bares y kioskos los 68 millones de condones que el gobierno de Dilma repartió gratis: eso es poesía concreta brasileña. También podría hablar del conservadurismo hedonista de la clase media brasileña (no sé si hedonismo es la palabra, quizás no) y hasta de cierta uniformidad: por ejemplo, casi todos los pibes van al gimnasio a trabajar bíceps, casi todas las chicas se desviven por los mismos implementos estéticos. Clase media, digo. Pero lo tengo que pensar mejor. De movida se me ocurre que Brasil es un paraíso para un sociólogo marxista, porque es un país donde los hábitos de clase siguen estando bien diferenciados. Ayer, en el cierre del carnaval, estaban los espacios bien marcados dentro de diez cuadras del centro y la zona vieja: Avenida Rio Branco= clase obrera; Lapa= clase media “uniformizada” (además de gringos); Cinelandia (entre Rio Branco y Lapa) = clase media “agitadora”. Por clase media agitadora pienso en toda esta gente medio artista y menos consumista que muchos somos. Con una particularidad: en Buenos Aires este sector es numeroso, en Brasil es mucho más reducida su presencia urbana. Acá en Rio no ir al gimnasio, no ir a los shoppings, no usar ropas de marca, no ser adicto del celular, no consumir esas cosas teniendo ciertos medios para hacerlo: realmente tenés que tener actitud, porque son minoría. También me sorprendió cómo esa clase media agitadora (por llamarla rápido de algún modo y sin ironía) es mucho más osada que la porteña: son menos, pero para divertirse no tienen ningún pudor.

Alteré mis blocos entre los de Rio Branco y estos últimos de Cinelandia, y dejé fuera de mi recorrido a Lapa. Y el cierre de ayer en Cinelandia fue de novela. Entendí, entre otras cosas, qué es lo que encontraron acá tantos artistas argentinos que se fugaron no al pueblo brasileño, no a la cultura popular y negra y matriarcal (dueña de mis fantasías) sino a esta clase media artística que, para nuestros parámetros, es realmente atractiva por lo descontrolada y atrevida y por cómo asimila y por momentos parece “impregnarse” de los códigos más marginales. Pensaba, sobre esto último, en casos como Federico Moura o Fogwill. Federico, en una época donde no se usaba mucho el preservativo; hoy todos lo usan con plena conciencia.

No voy a hablar del desborde que vivencié, nomás decir que en ningún momento vi abusos, ninguna forma de violencia, era a todas luces un convenio; pero lo que sí me llama la atención, decía, es que el espacio, ese territorio de quinientas personas amuchadas en una cortada donde si parabas te dabas cuenta de que sólo había olor a meo pero no parabas porque estaba la música y los cuerpos desnudos manchados de purpurina de otros cuerpos desnudos.

En suma, me es muy difícil todavía hablar del carnaval carioca, es muy complejo y no es ni por asomo lo mismo para cada sector social. Pero tengo una sensación: que participar de esa niebla sensorial y pegarse a diez cuerpos de mujeres distintas en una noche y besarlos y entrar en alguna parte de ellos es algo de lo que se sale muy relajado. Que del carnaval se sale saciado lo sabían los padres de la Iglesia, sólo que si la mansitud o el control/saciamiento de las pasiones alguna vez significó el requisito para domeñar a los pueblos, hoy, bajo la religión del capital y la publicidad, se necesita gente que siempre quiera más, que nunca se sienta satisfecha. En este sentido puede que un carnaval así aliente formas de disenso.

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