El carnaval en Buenos Aires

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audaces

Desde que volvió a las calles, el carnaval en Buenos Aires no gana para problemas. Muchos porteños lo critican, y en general con saña. Sus argumentos son estos: el carnaval es ruidoso, sucio, chabacano y genera un caos en el tránsito. Algunas críticas van más allá. En las columnas de los diarios, y a veces también en la tele, la protesta cae en manos de escritores o de gente “de la cultura” que suelen desplegar una misma estrategia de discurso: corren al carnaval por su propia izquierda. Dicen que es aburrido, monótono, que no hay fiesta en él. Exageran para eso el carácter institucional que en parte hace posible el evento (el patrocinio público) argumentando que las comparsas sólo existen porque el gobierno les da unos pesos, y en algún caso -como en las críticas del escritor Daniel Link y del opinólogo Baby Etchecopar- sostienen que los participantes de los corsos son jóvenes “arrasados por el paco”, zombies incapaces de vivir una fiesta. Este tipo de rechazos tiende a idealizar otros carnavales (los de Brasil, los de la Edad Media) pero la idealización se sabe que es una trampa. El problema de base generalmente no se oculta: el carnaval molesta porque impide circular libremente en auto y, sobre todo, porque exhibe una forma de cultura que a ojos de sus críticos es pobre, no sofisticada. La columna de Link en Perfil (16 de febrero de 2013) lo expresa claro desde su arranque:

Teníamos una cena programada, pero olvidamos la pesadilla de los corsos barriales. Todas las avenidas de Buenos Aires se cortan para que unas comparsas lamentables toquen sus tambores (pom-po-po-pom/ pom-po-po-pom) y unas menguadas hordas de muertos vivos se muevan sacudiendo sus brazos alternativamente desde el torso hacia afuera en un ritmo monocorde de tribu arrasada mayormente por el paco.

En otros diarios la visión no es muy distinta. Clarín invita a un antropólogo, Marcelo Pisarro, a describir la experiencia del corso, y en su artículo (“Es Carnaval, diviértase: es una orden”) Pisarro no duda: lo que caracteriza a las murgas es su prepotencia, su brusquedad y su automatismo, como si actuaran sin alegría, sin ganas. Dice: “Lo más horrible del Carnaval porteño es la brusquedad con que las murgas se imponen en el espacio público. (…) Hay que ver a los tipos que tocan los bombos. El bombo se golpea con la misma precisión ausente en el corso, en la marcha sindical, en el acto político, en la tribuna de la cancha”. La conclusión del antropólogo es que entre nosotros el carnaval es una fiesta falsa y forzada, que el gobierno no debería seguir sosteniendo. Por su parte el diario La Nación va a las raíces: el carnaval es Brasil, qué bello que otros países se diviertan, pero nosotros somos amargos y lo mejor que podemos hacer es tomarnos un poco de libertad, no mucha, durante una semana en el extranjero. La cronista, Loreley Gaffoglio, señala la importancia de que una porteña como ella pueda animarse a bailar sensual en Bahía, a la vez que marca el límite: está lleno de negros que te piden piquitos, por ahí no hay que meterse. Escribe: “Me entusiasma conocer la fibra de una manifestación que festeja su diversidad cultural y su cohesión como ningún otro pueblo. Un formoseño, un porteño y un patagónico no fraguan esa armonía”. Luego entra la dosis de aventura: “Contagiarme de una pizca de eso no me haría nada mal, me ordeno”. Por lo que la autora decide mezclarse entre los músicos afrobrasileños de la famosa Filhos de Gandhi, que “te interceptan en la calle, te rocían alfazema, una fragancia que purifica el alma y regala buena energía y, si te eligen al azar, te regalan un collar y un beso en la boca. Fue arduo pero posible evitar a cientos de ellos”. La crónica de La Nación lleva este título: “Una extranjera, contagiada de la euforia del Carnaval de Bahía”.

* * *

Después de leer estos enfoques, uno diría que el mundo no cambió. Los argumentos de hecho son los mismos con que los escritores argentinos despreciaban al Rey Momo hace setenta años. Si la saña con el carnaval proviniera de creadores solitarios, de alguna Pizarnik de Colegiales, todavía. Pero viene de gente que a su modo también hace ruido todo el tiempo, y machaca. Y no son pocos. Podría decirse más bien lo contrario. Hay una gran Buenos Aires que desprecia al carnaval y que según el texto de Daniel Link tiene un nombre: la clase media. Ese es quizás el engaño: esgrimir la saña en nombre de toda una clase social, cuando quizás sólo se está hablando desde una subcultura de clase media, o una subcooltura.

La columna de Link pinta el corso porteño como un espacio agresivamente opuesto a las formas de la alegría, la sutileza y la sofisticación cultural propias de la clase media, y por ende un espacio hostil a la clase media en sí, que es la que produce los valores culturales sofisticados (la prueba de esto, dice el autor, es que los mejores escritores argentinos fueron de clase media, y en su enumeración incluye a Walsh y Arlt, por lo que un desprevenido podría acabar entendiendo que Walsh y Arlt odiaban el carnaval). Link mira el corso desde su auto y, en primer lugar, establece: lo que hay en esa masa de gente bailando o tirándose espuma es no clase media. En segundo lugar, define a la otra, la clase media ausente, por su sofisticación, en contraste con la pobreza chillona de la no clase media presente en el corso. Tercero, sublima a la clase media pidiendo que se la mida por sus mayores logros (los libros de Borges, Walsh, etc.) y a la no clase media, sólo por el carnaval. Tales son las tres mentiras de su artículo. Ni la fiesta excluye a la clase media, ni la supuestamente excluida clase media es sofisticada (basta prender la tele, que es la fiesta más vil de la actualidad, para comprobarlo) ni es justo contrastar una forma colectiva de diversión con una forma individual de creación literaria, mucho menos suponiendo algo tan falso como que los grandes escritores desprecian las fiestas populares. Link no leyó las reseñas de Walsh sobre el carnaval en Corrientes; cómo iba a leerlas, si lo único que quiere es que nadie obstaculice el viaje en auto al restaurante.

Diferente de esta, hay también una segunda lectura demasiado premeditada del carnaval en Buenos Aires. Es la que se esgrime en diarios como Página/12. Según esta visión, el corso porteño es valioso porque es politizado. Las comparsas llegan a las calles cantando ya de entrada consignas de fuerte espíritu político, y siguen así durante lo que dura la fiesta. Se las juzga buenas si machacan con determinado discurso, y malas si no lo hacen. Se espera que la fiesta tenga una orientación discursiva y política rotunda. Y en este punto es interesante retomar la cuestión de las clases sociales. Porque hay dos cosas que se elogian en esta otra visión del carnaval, y ambas son, quizás, fenómenos contemporáneos de clase -pero no de la clase baja que veía Link, sino justamente de la clase media. Una es esa idea de que la comparsa buena es la más discursiva; si nos guiamos por ella, cualquier comparsa recién improvisada puede ser mejor que Los Audaces de Bajo Belgrano (que destacan por sus bailes, sus letras delirantes y su sección atípica de instrumentos de viento). Lo otro que esta visión elogia es la “horizontalidad” o la falta de coordenadas organizacionales dentro de la comparsa, o sea, la idea de grupos sin jerarquías, sin nadie que dirija la batuta, digamos. Esto es quizás lo más prototípico de clase media que se puede exigir o esperar del corso actual, y por supuesto que es una idea extraña a la historia del corso y del carnaval en sí, cuya principal figura es un rey (Momo). Por culpa de esto a veces leemos entrevistas donde un grupo recién formado se jacta de que “acá no hay director, somos todos iguales” (y así les va). Cuando en realidad uno tiende a pensar que la elección de un director de comparsa sería la prueba de que todos sus integrantes son iguales.

* * *

Estas son las dos lecturas del carnaval de Buenos Aires, falsas y forzadas por igual. Por suerte cada tanto se cuelan en los medios otras visiones. No en cualquier medio; es algo que, cuando aparece, aparece en revistas, blogs, o en los suplementos de Página 12 como en Radar y sobre todo el Soy, verdaderos laboratorios de difusión de crónicas genuinas, sin sañas premeditadas ni mentiritas autoimpuestas. Como la crónica de Lux sobre los carnavales de la provincia de Buenos Aires (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-2818-2013-02-16.html): su autora
simplemente va a divertirse, a bailar y a buscar el recoveco donde, con otros, pueda vivir una pequeña fiesta. Vuelve y escribe con ganas lo que vivió.

Las crónicas atípicas como la de Lux tienen otro valor y es que ponen de manifiesto la dimensión sexual de la fiesta, camuflada tanto en el enfoque progresista y politizado como en el reaccionario e impugnador. Uno tiende a pensar que si las murgas incorporaran más gays y travestis quizás podrían llegar a más sectores de la clase media, esos que desprecian el carnaval por sus ruidos y sus cortes de calles, pero también por su heteronormatividad. Pero hay otro fenómeno que tal vez deprime a la subcooltura porteña: el hecho de que la sexualidad en los corsos porteños no es sádica o violenta. La feroz crítica a la sexualidad argentina que hizo el escritor indio Naipaul hace algunos años sigue más vigente que nunca (si el lector nunca escuchó hablar de esa crítica, es una prueba más de lo vigente que está), sólo que ese sadismo no tiene peso en las fiestas populares, o al menos no en la escena abierta. Es algo que cuando ocurre se da en los laterales, en las zonas donde lo público se hace más privado y lo popular, más clase media. La sociabilidad de las murgas porteñas, en cambio, es simpática, abierta, amistosa y son espacios donde no se coge así nomás pero, cuando hay ganas, se coge sin vueltas. Nada más hostil a la noción de “fiesta salvaje” que es, también, una proyección y una construcción de clase.

El carnaval porteño está creciendo. Seguramente con el tiempo surgirán más alianzas e integraciones con bandas de música, alivianando el peso casi absoluto que tiene el desfile por sobre otros componentes de la fiesta. Podría ser bueno que las secciones musicales miraran más a Córdoba (el cuarteto) que a la lírica melanco del carnaval de Montevideo (me acuerdo de una murga, no importa el nombre, que desde que subió a la tarima hasta que se retiró no hizo más que despedirse: fue media hora al estilo “se va la murga y se me pianta un lagrimón”). También es de esperar que las comparsas recorten esa agenda agotadora de ir de un barrio a otro llegando hasta cinco o seis viajes por noche. Tengo un amigo que dice que la invención del celular arruinó las fiestas: el primero que llega a un lugar manda un mensajito diciendo que no hay nadie. La concentración en un lugar por noche es lo que hace que la fiesta pueda surgir, después de un desaprendizaje de la ansiedad.

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