Todas las fiestas son de quince

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Heráclito desayunaba
siempre en el mismo bar.
Ya era viejo cuando lo conocí
a la salida del cumple de Andrea.
Eran las ocho, el sol
derrapaba en los trajes de fiesta
-el mío, el de Bruno y el de Oh
Young Suk. Una mañana de domingo
no es una cosa de la que alguien diga
que ocurre una vez sola y si esa noche
habíamos probado pulpo y champán,
del bar surgió un mozo diciendo
que sólo había café. Café y medialunas.
Pero iba a hablar de Heráclito.
El colectivo que nos sacó de Villa Devoto
también trasladó a Heráclito
a los bares y colectivos de domingo
de las próximas dos décadas. Su cuerpo
hace poco fue cremado y su alma
pasó a vivir en todas partes:
en el recuerdo de un tanque australiano,
en la papada de un alce africano,
en el cartel rectangular que dice
“Cuidado, escalón”, en la pava
para el mate que tomo ahora, que me levanto,
en la borrachera de mi novia que estará
por tocar el timbre.

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