Feria del Libro

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No es un mito que en ltratado-cubierta15a Feria hay oportunidades. Pero no las busques en editoriales argentinas, desde ya. Porque nadie es regalón en su tierra y ninguna de ellas va a Palermo a rebajar. A lo sumo irán a rebajarse, pero con los precios bien altos. O sea que, para comprar libros de Sudamericana o de Eterna Cadencia, de mis jefes de Adriana Hidalgo o de mis ex amigos de Mansalva, te recomiendo que tengas en cuenta el resto del año y el resto de las ferias como la del Parque Rivadavia, donde quizás encuentres un 20% de descuento en libros nuevos, además de ocasionales gangas en usados.

Aun así este servidor tiene buenas razones para ir a la Feria cada año. Mi movilización es hacia los stands nacionales (Brasil, Venezuela), los de editoriales hispanas no argentinas (FCE) y los de los importadores (Basilico, por ejemplo, en el pabellón azul). En su mayoría exhiben material heterodoxo, de diversas editoriales; ni hablar de géneros: te ponen mezclado ciencia ficción e historia, poesía y cuentos de terror. Son sabios. Y no preguntes qué criterio tienen para rematar tal o cual título a veinte o treinta pesos, pero encontrás, por ese precio, joyas.

Dos joyas compré este año y son mis seleccionadas. Son (o parecen ser) de escritores franceses. Tengo para mí que Francia es un país de fallutos y que la literatura francesa se acabó con Lucio Mansilla. No me contradigo, entonces, recomendando estos libros escritos algún tiempo atrás.

1) El spleen de París, de Charles Baudelaire, en el stand del Fondo de Cultura Económica, a 29 pesos. No me voy a detener en Baudelaire, un bloguero de 1860, ese libro es su testamento.

2) Una edición rarísima que aúna dos libros. Uno se llama “Los sueños raríficos de Pantagruel”, del francés Rabelais, y son sólo dibujos. Muy locos dibujos. El otro es un texto atribuido a Rabelais pero que no se conservó en francés sino en checo, a tal punto que hoy, ya vertido a varios idiomas, se sostiene que el autor podría haber sido no Rabelais sino el checo que en el siglo XVII afirmó haberlo traducido. Se llama “Tratado del buen uso del vino”. Escrito en 1600 y tantos, es una maravillosa apología del vino, salpicada acá y allá con dosis de saña y desprecio por los hombres que beben agua y también los que beben cerveza. Los motivos para retrucar que el autor no pudo haber sido checo pasan, justamente, por ese anti-cervecismo explícito. Como sea, tenemos un autorque examina, entre otras cosas, lo diferente que es la caca hecha por un bebedor de vino y un bebedor de agua o de quilmes. Se toma por incuestionable que fue vino lo que pidió Jesús en la cruz cuando dijo “Tengo sed” (antes de crear la “Santa Sede”, digo yo, Jesús proclamó la “Santa Sed” de un tinto). También asistimos, desde ya, a una encendida defensade las virtudes del vino para la vida sexual y contra todo tipo de enfermedades, incluidos los granitos en la cara y en otras partes del cuerpo. La edición, en tapa dura y papel ocre, es del sello español Melusina. Lo otro que deben saber es que cuesta 20 pesos. Búsquenlo en el Pabellón Azul, en el stand del importador Basilico, al lado de una serie de libros de Vargas Llosa también editados en tapa dura y también a veinte pesos cada uno (yo me compré dos). Dejo esta sola frase del “Tratado” que ya justifica tenerlo:

“La vida es el vino del hombre”.

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