Por una vida sin molinetes

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Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes, decía Shakespeare. En Brasil parece que es distinto, porque a los pibes del Movimiento Pase Libre (MPL), que son los que iniciaron la protesta, hoy todos los viejoimagess los escuchan. Empezando por la presidenta, que ahora está reunida con ellos. Y siguiendo por la oposición, con políticos como Aecio Neves que tratan de ganar apoyo desde sus columnas en diarios como Folha de Sao Paulo. El MPL encarna, en la coyuntura, el papel de fuerza política apartidaria, y la esperanza de los viejos es que, una vez más, toda fuerza apartidaria acabe volcándose en algo.
Si uno lee la web del Movimiento Passe Livre encuentra que el discurso de esos jóvenes es bastante poco político. No hay Camilas Vallejos, me temo, en la Avenida Paulista. Sus comunicados son simples en el contenido -aspiran a que el transporte público sea gratuito, ese es su tema- y más o menos jocosos en la multiplicidad de eslóganes que eligen para enunciarlo: “Por uma vida sem catracas” (Por una vida sin molinetes). Campea la falta de opinión sobre otros problemas sociales, ni hablar de la falta de articulación con otros sectores sociales. Recuerda mucho a lo que es la acción de otros grupos muy focalizados como son los que piden más bicicletas y menos autos. Pero estos últimos son mucho más sensatos, ya que pedir oxígeno en la calle es una necesidad y pedir pasaje gratis de colectivo es un delirio. Por eso mismo, porque saben que lo suyo es un delirio, en su web escribieron que están sorprendidos por la invitación que les hizo la presidenta a dialogar.
Pasa que Dilma, a diferencia de los viejos de Shakespeare, no desconfía de la juventud. Quizás porque ella no fue de ese tipo de jóvenes que suelen llegar a viejos. Fue brava, entrenadamente brava, para enfrentar su destino. Fue dura, inflexible, tanto o más que Lula. Y hoy, pese a que como presidenta del Brasil tenga que lidiar con elites económicas demasiado acostumbradas a imponer sus gustos, debe ver a esos pibes y sentir algo. Algo detrás del reclamo más bien bizarro que los embandera, algo más puro que la hipstereada de reclamar una vida sin molinetes. Para mí, ese algo es el gesto de salir a la calle sin miedo a los balazos de la policía: de la temible policía brasileña. Esa actitud debe valer mucho para la joven que ahora es presidenta.

 

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