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Valijas

diciembre 29, 2013

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En el sueño, mi casa tenía electricidad. Pero cuando me desperté seguíamos sin luz en Flores: octavo día. Más que estar sin luz, que es como siempre se resume la falta de electricidad, el problema es estar sin ventilador, sin aire a fines de diciembre. En casa de Natalia las cosas están mejor, sobre todo en cuanto a luz, no tanto en aire.

Antes me proponía empezar siempre el año escribiendo. Era marcarme la cancha, escolarizarme la confianza. Pero ya el año pasado me preocupé por ahorrar y después pasar el 1 de enero en otro país: en Río. Los vasos siguen medio llenos; es sólo que la escritura dejó de ser proyectual. Dos libros de poemas ya terminados, pero para los que no asoman chances de edición, me borraron de la cabeza las ganas de armar nuevos libros, y lo que fui escribiendo este año tiene carácter de suelto, o de vuelto: palitos de la selva desparramados, cada uno con su animal. Muy en otro orden de cosas, el mismo cambio se dio en las boludeces que subo a las redes. Hubo un tiempo donde usé Facebook para contarle mi vida a un ausente, y todos los posteos se encadenaban en ese denso proyecto. Hasta que un día sentí que no le escribía a algo ausente sino a algo muerto, y dejé de hablarle. Nada, igual, que no haya tenido que ser como fue.

También pude dejar, este año, un trabajo que me reducía, un servicio que le aporté a la facultad desde los veinte años, y que hacía tiempo que no daba para más: desgrabar clases. Haber seguido en la facultad haciendo un trabajo menor quizás era mi modo de mantener una voz en ese espacio donde quise ser docente aun teniendo todo en contra: la institución de los ad honorem, a la cual nunca me presté, me cerró la puerta de tres cátedras; la miseria de alguien me impidió entrar a una cuarta. Pero pasaba el tiempo, y realmente mucho tiempo pasó. Tendría que haber tomado esa decisión antes. Tampoco fue fácil encontrar una brecha para que este otro trabajo, de traductor, se volviera estable. Un año necesita al menos siete libros para traducir; con eso se gana aproximadamente seis mil pesos al mes durante doce meses. Deja tiempo para otras changas. Pero llegar a siete libros es difícil. Este año llegué a seis. Cada año es una obra abierta.

La traducción y selección de los poemas de Vinicius de Moraes: ese fue el antes y después. Todas las reseñas destacaron el trabajo hecho. Ahora quiero hacer algo similar, ampliar la serie de “antologías sustanciales” a otros poetas: Drummond de Andrade y Leonard Cohen son dos que ya vengo bosquejando en la cabeza. Pienso que en esta época donde cualquier perejil publica la totalidad indiscriminada de sus “obras reunidas” hace falta volver al concepto de las antologías, los viejos y buenos selected poems.

En el rubro fracasos, 2013 no me vio entusiasmando a ningún editor con mis relatos. Le mostré la novela a Leo; no le gustó el tema, me dijo, aunque le pareció que la escritura era potente. Le mostré los cuentos a Damián: evaluó al revés: aprobó tema y denostó escritura. De repente si escribo una nouvelle logro consenso. Seguro tengo una nouvelle escrita por ahí para pulir. Pero no ahora, que se viene el 1 de enero.