Los vaqueros

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Aquel que más posee, escribió Leonardo da Vinci, más miedo tiene de perder. Los antiguos héroes épicos (Ulises, Jesús) ya sabían de ese axioma. Pero nadie quiere ser valiente y carente, así que habrá que ser astuto. La astucia crea al viaje; toda épica tiene su oeste, su desierto, su lugar carenciado donde el héroe, hijo de los fantasmas de otra tierra más próspera, arraiga su objetivo: perder el miedo sin volverse pobre. Los héroes casi nunca son pobres, sólo construyen poder lejos de sus posesiones. Dentro o fuera de la ley. Salen a la aventura, al ruedo, a que se los señale. Muy importante, para esto último, la ropa.

“I see by your outfit that you are a cowboy”, dice una vieja balada, The cowboy’s lament. La traducción puede ser: “Por sus prendas se notaba que era un gaucho”. Valentía y vestimenta de la mano. Y hay que volver, si no a da Vinci, al Renacimiento: al “estilo acuchillado” que ponen de moda los soldados alemanes después de vencer a los franceses en Nancy (1477). Consistía en adornarse con jirones, tiras, flecos de la ropa lujosa del enemigo, pegados al propio atuendo, que desgarraban con ganas. Otra moda del siglo XV: los sombreros de campo pasan a las ciudades y a los reyes. El típico sombrero Stetson viene de ahí. Y hay un hilo más fuerte entre dos épocas: el hilo de jean. Desarrollado hacia 1500 en Francia e Italia –denim es “de Nimes”– y aplicado de entrada a los pantalones, el jean es otra tela renacentista.

Un género: el western. Puede ocurrir en el oeste como, desde ya, en la frontera con México, incluso en la frontera norte de los bosques (otro atuendo: sombrero de castor de Daniel Boone). Tiene los elementos para nada accesorios de la realidad del siglo XIX: ante todo, el tren y el rifle. El tren le recuerda al héroe lo que en algún lugar todavía posee; le trae oponentes y nuevos héroes, todos con su pasado urbano; le extiende el rifle. Y tiene los elementos para nada accesorios del pasado del lugar, de la tradición en lucha con la modernidad tal como luchan la ganadería itinerante y las alambradas. Estos motivos arraigados son todos hispanos: ranchos, vacas y mestizos desde los días de Hernán Cortés; los saloons –un hispanismo– desparramados en una extensión que no por llana deja de tener sus accidentes; el propio cowboy traducción de vaqueroy el paisaje social de las haciendas, el lazo fenomenológico con el indio, el letrado que también viaja al lugar pero no cuaja con el lugar.

Un género mucho más rico que su clisé donde el héroe es el justo o el bueno. Legal o no, moral o no, podrá ser un outlaw forajido, matrero, o un cowboy buenazo, cantor, con tendencia a meterse en líos, o el ranger enviado de la ley, o el mismo sheriff. Siempre es, por definición, el que tiene mucho que perder; y su oponente, el que no. Otro combate que enriquece al género es cuando el héroe ya no sabe por qué lucha.

(Del libro Una imprenta para los superhéroes. Historia del comic estadounidense y de su paso por América Latina)

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