Verano

by

A Nati, comanchera

Hay una frase publicitaria que es un gran invento, un invento casi tan grande como el del precio X “con 99 centavos”. Es la frase “Lo mejor del verano” en los discos de mi infancia.
Yo tenía un gran respeto por el verano. Ante todo, sabía que era el tiempo que otros, un poco más grandes, llenaban con actividades como fiestas y viajes en libertad. Había una publicidad de una bebida italiana, Chiaro, que era una fiesta con mujeres hermosas, y una morocha de esa propaganda me fascinaba. Yo era libre, era feliz, pero en mi vida no tenía sentido “lo mejor del verano” porque los días de enero y febrero eran todos iguales.
Podíamos estar en la calle o en el club Jorge Newbery, o en la casa de alguno, siempre en un radio de quince cuadras entre provincia y capital. Yo tenía diez, doce años. Nos movíamos entre el club Newbery, los ombúes de la General Paz y el Fuerte Apache. En este último vivían los Godoy.
Y el padre de los Godoy, que no sé a qué se dedicaba, tenía una discoteca enorme. Ahí, junto a discos de los Rolling y de David Bowie, estaba “lo mejor del verano”. En las tapas había chicas fotografiadas de espalda, sentadas en motos o duchándose en la playa, todas en bikinis. No eran tan seductoras como la italiana de Chiaro, pero tenían lo suyo. Los discos los hacían dos empresas: una que después me enteré que se llamaba La Pulga Records y que para los discos firmaba al revés: Gapul. La otra era Buelax, creo. Lo que no sé es si esos discos salían al final del verano, un día como hoy, 1 de marzo, y eran entonces un resumen, o salían en diciembre, como una predicción.
Terminaba febrero, empezaba la escuela y con Godoy, los dos en séptimo grado, teníamos serias diferencias de gusto con el resto de los compañeros. Cuando hacíamos un baile, otros se acercaban al equipo de música y querían poner horribles temas de moda como “Ghostbusters” o canciones largas y aburridas de Dire Straits. A nosotros nos gustaba Jagger, Bowie y todo eso que entraba en “lo mejor del verano”. Nuestra favorita del ’85 era una que se llamaba “Tarzan Boy”.

En nuestra imaginación era música norteamericana. No teníamos idea de que todo eso que sonaba en los compilados estivales y que sabíamos que se escuchaba en las discotecas del oeste (Pinar de Rocha, For Export y varias más) venía de un país mucho más cercano: Italia. Lo que pasaba es que los italianos cantaban en inglés, en general, y a veces también en español, como esos que decían “No tengo dinero”, “Vamos a la playa” o “Comacheroooo”. Era un fenómeno que se llamó italo disco y que hizo estragos en aquellas discotecas. Lo viví en carne propia al año siguiente, el ’86.

Una de esas bandas italianas era Baltimora; en Estados Unidos quedó encasillada dentro de eso que llaman “one hit wonders”: grupos que sólo tuvieron un éxito. Pero estas categorías son relativas, y en Argentina le siguieron otros como “Woodie Boogie”. .

Y Baltimora era una entre decenas, muchísimos grupos y solistas de Italia, todos haciendo música con computadoras: Fun Fun, Gary Low, Ken Lazlo (se ponían nombres en inglés y llegaban a hacerse falsas biografías donde habían nacido en Boston o en Delaware). La banda Raggio de Luna tenía un tema hecho a medida del oeste:

De otro que se llamaba Den Harrow después me enteré que su nombre en italiano sonaba como “denaro”: dinero.

Quizás pasaba por ahí, por la plata, lo mejor de las vacaciones. Como sea, a Godoy y a mí nos gustaba más la antítesis de Den Harrow: un dúo de tanos más bizarros, los Righeira, que cantaban en español:

Los modernos lujos viven aquí
En el lugar más alto de mi ciudad
Se nutren de imágenes y de relais
Yo quisiera estar ahí, mas
No tengo dinero oh, oh…

Los nuevos italianos crean aquí
Impávidos y fieros de la velocidad
Neo psíquico es el sintético edén
Yo quisiera estar ahí, mas
No tengo dinero oh…

Al parecer eran grupos muy populares en Europa, a tal punto que los imitaban en Francia y Alemania por medio de bandas como “Modern Talking”, que también cantaban en inglés. Todos tenían videos hechos en Italia, pero que no se veían tanto en los pocos programas musicales de nuestras teles, más volcados a lo “norteamericano de verdad”: Madonna, Michael Jackson. Donde sí se coló el estilo gráfico del tecno italiano fue en las tarjetas de las discotecas: las tarjetas de Pinar y Juan de los Palotes en provincia o de St Thomas y City Hall en capital. Eran imágenes de mucha geometría y color, con parejas-robot besándose, ciencia y amor por todas partes. Yo las juntaba, y un día empecé a ir a bailar a City Hall. Para entonces, 1986, mandaban las voces femeninas de Sabrina o el de Spagna, que yo seguía pensando que eran inglesas, y en Argentina llegaba a las canchas, grabada para siempre ya no en un disco de Gapul sino en la memoria popular, esa que hoy se sigue cantando.

Como publicidad era demasiado; lo mejor del verano es algo que nunca se debería prometer. Le terminé dando la espalda a aquel lema apenas me perdí en las afueras de la secundaria con un nuevo grupo de amigos, y empezamos a escuchar The Cure, Bauhaus, New Order y Cocteau Twins. De Inglaterra nos llegaba ese oscuro realismo en un buen momento. Su clima denso y opaco, contra todo pronóstico, nos hizo salir más, andar más, viajar e incluso tener algo de ese dinero que los italianos ostentaban. Cuando llegó el mundial de Italia el italo disco estaba muerto. Empezaba otra década, una que en nuestro país se asoció a la frivolidad, y donde todos hicieron de cuenta que eso, la frivolidad, era un invento reciente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: