Lou Reed

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Lou Reed

A la vida del amo le falta la seriedad del dolor. La frase es de Hegel y es de las que no piden mucho aparato filosófico para que se entiendan. Capta, entre otras cosas, la esencia de esa droga llamada triunfalismo, que hace que cualquiera en situación de amo intente tapar con globos y otras vitalidades berretas las miserias propias y ajenas. Sin la seriedad del dolor también pasa que al otro, al que sufre, se lo vacuna al paso, de prepo. Y no es muy filosófico ese diálogo. Como tampoco la dialéctica es aprender a convivir con el amo y sus poco serios felpudeos. Se trata más bien de conocer el fuego enemigo, para cruzarlo. Y si hay alguien en los escenarios del rock que entendió eso, ese es Lou Reed. Un tipo que fundó toda su carrera en el rechazo al triunfalismo, esa droga que con tanto éxito le inyectó el sistema a la cultura. “Yo venía de Hegel, de Sartre, de Kierkergaard”, contó una vez en una entrevista. Venía también de una familia donde el amo, su padre, que era empleado contable, le había impuesto un tratamiento para curar sus deseos homosexuales que incluía pastillas y electroshock.

Como tantos poetas, en la adolescencia se metió en la carrera de Letras para leer filosofía. Era 1960 cuando de la Nueva York de su infancia en Long Island pasó al interior de la provincia, donde estaba la Universidad de Syracuse, para estudiar lejos de la ciudad que un día iba a pintar. En la universidad formó su primera banda, The Eldorados, y se anotó en un taller de escritura. El profesor del taller, su amigo, era el poeta Delmore Schwatz, “el primer gran hombre que conocí”. Schwartz tenía cerca de cincuenta años, un par de divorcios a cuestas y un prontuario bastante público de poeta que asomaba para ser el nuevo T.S. Eliot pero al que el alcohol había destrozado. Un libro suyo, Conocimiento de verano, era pese a todo lectura favorita de la nueva generación de poetas beatniks. Entre otros versos de Schwartz que deben haber sacudido a Lou pueden contar estos: Yo soy el padre de mi padre,/ tú eres la culpa de tus hijos.// En la piedad y el terror de la historia / el niño es Eneas otra vez. // Troya queda en la nursery,/ el caballito de madera en llamas.

Terminó la carrera y volvió a Nueva York. Sólo escuchaba música negra, todo el tiempo, mientras en la gran ciudad sonaba el éxito del 64, “I wanna hold your hand”. Y a poco de reinstalarse conoció al primero de sus dos grandes compinches: el galés, que acababa de mudarse a Estados Unidos, John Cale. Se complementaban: Lou venía de terminar su doctorado salvaje en filosofía, poesía y rythm and blues; John era un estudiante de conservatorio. El otro colega con el que más adelante formaría una sociedad horizontal iba a ser también un británico, David Bowie.

A la Velvet Underground, creada en el 64, la integraban Lou, John, la baterista Maureen y el guitarrista Sterling, a quien Lou había conocido en Syracuse. No lanzaron un disco enseguida sino a los tres años, cuando ya tenían manager: Andy Warhol. Acababa de morir Delmore Schwartz, y ahora el nuevo mentor de Lou era la antítesis del primero. Warhol fue también quien decidió que la banda incorporara a la cantante alemana Nico, una celebridad del under que había grabado con Brian Jones y tenido un hijo de Alain Delon. La empresa del productor Warhol se llamaba Warvel: la palabra “maravilla” (marvel) intervenida con la primera letra de su nombre. Mientras que, entre amigos, Andy se hacía llamar Drella, que fusionaba Drácula y Cinderella (Cenicienta).

Vuelve la dialéctica hegeliana en este punto. Opuesto a la influencia Schwartz, el tratamiento Drella sugerido por Warhol consistió básicamente en hacerle ver a Lou las cosas por la positiva. El tipo que se creía un cero (lo que en el fondo era un escudo, ya que, como él mismo diría, “no podés criticar a un cero”) encontró en el rey del arte pop un protector, un inversor y ante todo un garante absoluto para cada movimiento que implicara hacer, activar, ya fuera un show o un chute. Salvando las distancias, ¿quién no se cruzó alguna vez con una princesa-vampiro que nos propuso un tratamiento Drella para salir adelante? Probablemente sin Warhol, la vida de Lou hubiese sido igual de oscura e irresuelta que la de su primer mentor. Pero a su vez, si se hubiese mimetizado con Warhol hoy no sería nadie. Gracias a Andy pudo entrar, y gracias a sí mismo logró salir, de la atmósfera de fiestas donde todos se avalan y se felicitan. Quizás en alguna de esas fiestas conoció una síntesis para su deseo en la figura de una travesti mexicana y más tarde de una dominatrix: sus dos parejas en los años de la Velvet Underground y de los primeros y ansiados discos solistas. Otra cosa que el músico redondeó en esos años fue una mezcla de don de gentes y carácter de mierda que es, si se quiere, el rasgo más interesante del rock norteamericano (compartido con Tom Waits o Johnny Cash).

Lou recuerda a Drella como un “noble” (Drácula y Cenicienta también lo eran). Nunca hablaba de dinero, dijo, pero esto no quita que el patrocinador de la Velvet tomara sus decisiones por dinero. Al parecer, John Cale estaba de acuerdo con que Warhol se quedara con el 75% de los ingresos de toda acción que involucrara a la banda, y ellos, los cuatro del grupo, con el 25% restante. Lou exigió un enroque, y Warhol aceptó. Pero no volvió a invitarlos a ninguna fiesta, ni a proponerles ningún show, ni a incluirlos en ninguna película. Por lo demás, sin rencores.

Fue una decisión conciente de los efectos que tendría. Lou dejó la banana de la Velvet como si hoy dejáramos la manzana de Apple para volver a escribir a mano. Quería caminar por un lado donde de nada servía la elegancia del conde-princesa, un lado salvaje que, por lo general, el arte mira a distancia. Si de ahí en más conoció otros nobles –el duque Bowie–, eran bardos como él.

En los 70, solista, compuso discos como Transformer, Berlín y Coney Island Baby. En los 80 el álbum New York presentó la que para algunos es la mejor letra de la historia del rock: “Romeo Had Juliette”. El poema beatnik que nadie había escrito, para el momento en que la ciudad se hundía. Si se busca al escritor de Nueva York a fines del siglo XX, hay que encontrarlo a él. Y de los 90 en adelante, a través de discos como Magic and Loss, redondeó la tarea de ser, desde la música, el que definió al hombre por dialéctica: creás para ser Shakespeare, fracasás tratando de ser Shakespeare, encontrás tu verdadero fuego. Es en sí mismo un músico-síntesis por más que todas sus canciones corran en una misma línea. Hoy, noviembre de 2013, practica tai-chi y vive en el campo con Laurie Anderson. De sus letras mi preferida (y la traduzco) es “Magia y pérdida”.

Si cruzaste el fuego, cruzaste la humillación,
cruzaste un laberinto de dudas que tenías.
Si cruzaste la humillación, la luz puede enceguecerte
y alguna gente nunca se recupera.
Cruzaste la arrogancia, cruzaste tus heridas,
cruzaste un pasado que siempre está presente.
Y es mejor que no esperes que la suerte te salve.
Cruzaste del fuego hacia la luz.

Mientras cruzabas el fuego, saludabas con la derecha
pero hay cosas que tendrías que tirar.
Ese miedo cáustico dentro de tu cabeza
no va a servir para que te recuperes.
Tenés que ser fuerte y empezar de cero
una y otra vez
y mientras el humo te limpia, ahí está ese fuego
de nuevo enfrente tuyo, consumiéndolo todo.

Dicen que nadie puede hacerlo todo
pero en tu mente eso es lo que querés.
Y no podés ser Shakespeare, y no podés ser Joyce,
entonces, ¿qué te queda?
Estás varado en vos, la rabia podría reventarte;
tenés que empezar de cero otra vez.
Justo en ese momento el fuego, ese fuego hermoso,
empieza a arder de vuelta.

Si cruzaste la bronca y el desprecio a vos mismo
y tuviste fuerza para reconocerlo,
si el pasado te hizo reír y saboreaste la magia
que permitió que sobrevivieras a tu propia guerra,
entonces entendiste que el fuego es una pasión
y es una puerta, no un muro.
Si cruzaste el fuego relamiéndote los labios
ya nunca vas a ser el mismo.

Y si la casa está ardiendo movete hasta la puerta
pero no trates de sacar con vos las llamas.
Recordá que hay un poco de magia en cada cosa
y un poco de pérdida, para compensar.

Noviembre de 2013

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