Sobre el surrealismo

by

Primero vinieron las agencias de publicidad y no dijimos nada. Para promocionar coches y desodorantes, se robaron los trucos del surrealismo: el collage, el montaje alucinado (también los videoclips metieron mano en esto) y la frase enigmática pero que no hace falta interpretar porque ya (los publicitarios no dudan de esto) la tenés adentro: en el inconsciente, digamos. Pasó, lo dejamos pasar. Algunos incluso pensaron que la culpa era del surrealismo. Ahora me dicen que hay spas y hoteles de vanguardia donde a las parejas de turistas, además de una sesión de masajes con geodas o una charla sobre flujos energéticos, ¡les ofrecen un guía de escritura automática! Es algo así: el matrimonio se sienta a orillas de una pileta, cada uno con un cuadernito sobre las rodillas, y se ponen a escribir sin parar lo primero que les viene a la mente, mientras el guía avala por el hecho de estar ahí.

Nunca fui muy amigo de los surrealistas. Siempre tuve la sospecha de que eran nenes de mamá institucionalizando una alegría que les vino de arriba. Se me hacía que, por cada inmigrante que en la Argentina del 900 veía a su hijo graduarse de “dotor”, un industrial europeo criaba un surrealista. Pero la historia no fue así, y el mío es uno de tantos casos de incomprensión de un fenómeno por exposición continua a sus manifestaciones. Lo realmente frívolo y acomodaticio era el uso que del surrealismo hizo la vida. El movimiento quería sacar para siempre a la literatura de su pedestal de cosa refinada y metódica. Desde Francia, sus cultores se inspiraban en el dadaísmo suizo de Tristan Tzara y Hugo Ball, que venían llevando una lucha contra las pacaterías del buen gusto en una ciudad como Zurich, presumiblemente más pacata que París. Tomaron esa misma lucha y la ampliaron contra toda racionalización del deseo de escribir: contra la “Literatura” de sabias y calculadas palabras. A los poetas suizos les molestaba la falsa elegancia, porque ellos sí eran aristócratas. A los franceses como Desnos, Aragon y Breton, cuyos padres tenían un puesto de verduras en el Mercado Central o eran pequeños burgueses católicos del interior, les molestaba que la literatura fuera un coto cerrado –estaban convencidos de que lo era. El ambiente dadá empezaba y terminaba en la galería de arte; el surrealista iba del departamento de dos ambientes donde celebrar reuniones a la imprenta donde publicar los resultados. Tanto Tzara como Aragon escribieron poemas maravillosos con objetivos muy distintos.

Walter Benjamin, entusiasta de la primera hora del surrealismo, captó enseguida el objetivo: demostrar por medio de la escritura la libertad radical del individuo. El surrealismo triunfaría, escribió, si a partir de él la historia de la literatura ya no podía ser entendida como un desarrollo (una gran familia de escrituras, digamos, que a través del tiempo va evolucionando) sino como una serie de resurgimientos siempre originales de creación “esotérica”. Parte de la lucha incluía la reivindicación de pasados opacados por la Literatura con mayúscula, o de escrituras populares como Fantomas, todo llevado a una plataforma horizontal enemiga de los cánones y las reglamentaciones. A los surrealistas, dice también Benjamin en un párrafo enigmático, les gustaban las tardes de domingo en los barrios periféricos o pasados de moda. Es enigmático porque hace pensar que aquel movimiento tan revolucionario y de cara al futuro se fundaba, secretamente, en una nostalgia.

Lo que pasó es que la vida le mostró al surrealismo que ella tenía otros cotos mucho más calculados y eficientes que el de la literatura. La utilidad de lo irracional es inmensa y por eso a la propuesta se la capturó y se la puso al servicio de otros emprendimientos. Fue un movimiento doble. En principio, el mundo en que vivimos, del capital, se apropió de los juegos, las consignas, los experimentos y las tretas del surrealismo. Pero también se apropió de las mismas vidas, en algún caso, de los surrealistas, y las puso a trabajar como a esos niños prodigio de la tele que a los veinte años ya están agotados de por vida. Sólo que estos no eran niños y, concientes o no, avalaban la nulidad de sus objetivos.

Uno de los puntos más tristes del itinerario surrealista quedó plasmado en una frase del cubano Alejo Carpentier, que en su momento vivió en Francia y se hizo muy amigo de Robert Desnos. Aquel que era el niño mimado del movimiento, el más chico, posiblemente el más pobre y el más, diría Breton, espiritualmente apto para la escritura automática y el trance creador, aquel Robert Desnos que más tarde sufriría el peor de los finales en los campos de concentración nazis, vivía de crear eslóganes para agencias, y dice Carpentier: “En las agencias de publicidad, Desnos era capaz de aportar magníficas soluciones por el absurdo a los problemas más engorrosos”. El cubano lo dice alegremente, como si no estuviera en ese punto el núcleo del problema: el movimiento convertido en un laboratorio para aportar soluciones empresariales.

La detección temprana de ese tipo de aporías fue lo que fracturó al surrealismo: de un lado quedaron los que, como André Breton, se percaraton de que la revolución necesitaba el cuerpo y no sólo la escritura (esta última es siempre pasible de que otro la refuncionalice y la ponga al servicio de cualquier cosa); del otro lado quedaron los que, quizás, sólo querían seguir divirtiéndose. Lo mismo pasó con los pintores aliados: si el cubismo ya tenía en sus orígenes una cierta disponibilidad, conciente o no, para servir de auxiliar en emprendimientos de mercado (¿qué tenían los cubistas con Le Figaro?, ¿por qué en sus collages siempre pegaban un pedacito de ese diario?), después de la fractura cada pintor se puso de un lado. Volviendo a los escritores, la línea más inconformista hizo lo inevitable: descreyó, en cierto modo, de la suprema gracia de lo irracional. Louis Aragon escribió algunas de las baladas populares más hermosas en su lengua, y hasta reflexionó sobre la literatura en libros dedicados a Sthendal y otros autores.

En Argentina, el surrealismo como una batería de ideas y de consignas de escritura fue aprovechado por poetas como Oliverio Girondo –un poeta enorme y también un gran publicitario de sí, que supo agotar tiradas de cinco mil ejemplares de sus libros contratando vedettes que los ofrecían en calle Florida– y también, con una repercusión social mucho más poderosa, por el rock nacional. El rock, nadie puede ponerlo en duda, modificó la estructura sentimental argentina; fue, a su modo, otro “hecho maldito del país burgués”; y el rock forjado en base a propuestas surrealistas, como el de Pescado Rabioso, se lleva buena parte del mérito. El disco Artaud de Spinetta tiene su punto muy comentado de escritura automática criolla –la canción “Por”– y otros pasajes donde la proliferación de imágenes inconexas se da de un modo un poco más “clásico”, como visiones del poeta: “Vi tantos monos, nidos, platos de café”. Sobre esto último, de todos modos la enumeración caótica no es un elemento que uno diga exclusivo en el surrealismo, y fue practicado por infinidad de escritores que al surrealismo más bien lo detestaron, como Borges. La enumeración caótica y su hermana la clasificación absurda son, además, un rasgo de la realidad que se manifiesta en todas partes: hoy es posible ver, por ejemplo, en un negocio de ropas del Once en Avenida Rivadavia al 3000, este magnífico cartel: “HOMBRES – MUJERES – NIÑOS – ROMPEVIENTOS”.

Algo curioso y personal, para cerrar estas notas, sobre el surrealismo en el rock argentino. Siempre me llamó la atención ese tema de Pescado Rabioso que se llama “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula al mundo”. Me provoca rechazo la asociación entre la conciencia y las abuelas, porque es algo que va contra mi experiencia de vida. En mi casa el “conciente”, el metódico y ordenado era el padre, y la madre en buena medida respetaba y reproducía esa metodicidad. Mientras que mi abuela, que era la encargada de llenar de palabras la casa, se pasaba todo el tiempo diciendo incoherencias, por momentos geniales. “Te quiero, te adoro, te tiro al inodoro” fue el primer poema que conocí, y de boca de mi abuela, reina del ruido y del collage. Después me enteré que de joven había sido otra mujer, una muy severa, que a mi mamá le había puesto la vida ciertamente en un lugar no deseado. Pero durante mi infancia ella fue para mí algo así parecido a lo que el surrealismo significó para Walter Benjamin: una fuerza de vida opuesta al progreso y la evolución, que siempre estaba empezando de nuevo, por cualquier lugar, su historia esotérica.

Marzo de 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: