Ir al cine

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Para la gente que flota en este siglo pero tiene raíces en el anterior, ir al cine es un ritual. La necesidad de las salas de cine, superada sólo por la necesidad de bares, es lo que vuelve inimaginable la vida en el campo o en los pueblos chicos, y de hecho es lo primero que decimos para justificar no nuestra integración al lugar donde vivimos sino nuestra negativa a vivir en un lugar distinto: tiene que haber bares, tiene que haber cines. Como si se tratara de un bioma más: la selva, el pastizal, el desierto, el lugar con cines y bares. Un bioma con sus ritmos estacionales, donde el otoño es más intesamente cinéfilo que el verano. Seguro la gente que está naciendo en este milenio lo verá de otra forma, y para ellos, con las tecnologías a su alcance desde que tienen uso de razón, la vida multitudinaria va a ser posible en cualquier lugar. El problema, por supuesto, no son ni ellos ni nosotros. El problema es la gente que la última vez que fue al cine fue a ver Titanic.

 

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