La tercera orilla

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Cuando en la cabeza de un adolescente hay algo que se prepara para estallar, nadie se da cuenta casi hasta que estalla, ¿no? Así es en la vida y en las buenas películas. En las películas malas, en cambio, los adolescentes hablan, protestan y anuncian todo el tiempo que se viene un quilombo. Las películas malas son especialmente neuróticas con sus personajes adolescentes o jóvenes. No es el caso, por ejemplo, de Buenos Aires viceversa (de Agresti) que tiene ese comienzo maravilloso con el pibe que trabaja en un telo y escucha Pescado Rabioso.Y también es muy buena La tercera orilla, la nueva película de Celina Murga, que fui a ver ayer al Gaumont. No pienso contar nada de la historia más que el punto de partida: en una ciudad chica de Entre Ríos (parece ser Concordia o Concepción del Uruguay), un médico y dueño de un laboratorio tiene dos familias: la mainstream, con esposa joven e hijito que es obligado a jugar rugby, y la clandestina, con mujer bonachona, hija a punto de cumplir quince y dos hijos varones: un chiquilín igual a Fontanini (defensor de San Lorenzo) y uno de 17 que es el que, bueno, un día se saca. El médico mantiene a las dos flías y a la segunda, la no oficial, la visita seguido y les lleva regalos caros (un plasma). La referencia que hice a Pescado Rabioso no es casual, porque en esta peli en un momento hay un cover de Spinetta, un cover muy punk, que transforma al protagonista. La crítica que hizo Rosario Bléfari es muy buena y señala el contraste entre el padre monstruoso (su doble vida es monstruosa) y el hijo mayor que quiere cambiar el juego. Está bien, pero La tercera orilla no es un esquema: el héroe tiene rasgos del “enemigo”, y lo sabe. Le gustan algunas cosas del enemigo, mucho. Y además sabe muy bien que está en una encrucijada y que en su caso no es tan simple como rajar de la casa. No puede irse así nomás porque el chico es sostén de familia. Su padre es apenas un visitador y un proveedor.

La película me pareció un relectura del que para muchos es el mejor cuento de la literatura brasileña: “La tercera orilla del río” de Guimaraes Rosa. El nexo está en el título y en la conformación de la familia del héroe (“mi mamá era la que se ocupaba de lo cotidiano con nosotros: mi hermana, mi hermano menor y yo”, dice el cuento al principio). Por lo demás, la de Guimaraes Rosa es la historia de un padre que un día dice “me voy” y se sube a una canoa (“y lo dejé todo por esta soledad”, podría cantar ese padre). Acá el que cuenta, el que canta y el que marcha es el hijo. Los quince minutos finales hacen llorar a los que se conmueven con las historias de responsabilidades tempranas, aunque no es en absoluto un final expresivo. La última escena, que vi por ahí que fue bastante criticada, no me resultó nada fascinante ni esperaba que lo fuera; me pareció, también, como la vida ante esos momentos de desenlace. Sin brillo ni espamento exterior, el iceberg de la adolescencia bajando, tranquilo, sus aguas preparándose para un nuevo curso -cuando la veas, lector, acordate cómo fue.

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