Tinta

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El 11 de junio de 1982 Osvaldo Ursich fue el doble de Juan Pablo II. Temprano ese día, Osvaldo estaba dibujando en su estudio cuando recibió la visita de un cardenal y tres soldados. Lo llevaron al edificio de la Nunciatura. De ahí, el dibujante de origen croata –pero que era tan porteño como que a un croata le digamos “ruso”– fue trasladado en el Papamóvil hasta el partido de Morón. Siguió camino en “El Líder”, como se llamaba el tren que había sido de un presidente, y a velocidad que ya no era paso de hombre avanzó cuarenta kilómetros hacia el oeste. Faltando poco para Luján, lo subieron a un helicóptero que lo dejó en la basílica. Ahí se acababa su función, minutos antes de que empezara la homilía. Pero después, en el mismo helicóptero y en calidad de Papa, Ursich fue llevado al centro porteño. Y a la mañana siguiente, al aeropuerto.

Acababa de cumplir 76 años. Tenía la cara de Juan Pablo II, que entonces iba por los 62. En contextura física andaban bastante iguales. Uno mundialmente famoso, el otro un absoluto “tapado”, compartían otro rasgo: la devoción por el arte. De hecho Juan Pablo, cuando todavía era un adolescente con granitos que le tapaban la cara –en Cracovia le decían “Karol el cara de choclo” sus amigos del Círculo de Ajedrez– tenía como una de sus mayores aspiraciones o fantasías ser un gran dibujante. Después vino la pasión religiosa, y convivieron por un tiempo los bocetos de chicas pulposas y el aprendizaje de lenguas y sermones. Fue un tiempo breve; cuando pasó, Karol se convirtió en un muchacho bastante parecido al Juan Pablo que un día iba a tener que encarnar, y si bien nunca mermó en su interior la emoción frente a las obras de arte, lo cierto es que abandonó la práctica del dibujo casi por completo. Mientras que Ursich, en cambio, pudo vivir desde muy joven de eso que más le gustaba hacer. A los quince conseguía empleo en una agencia de publicidad; a los veinte saltaba al periodismo y se ganaba –perdón si esto suena medio incongruente– el respeto de las redacciones. Todo sugiere que aquel día en el oeste, cuando las autoridades invadieron su domicilio y no le dejaron terminar la segunda taza de café, fue, en toda su vida, el único día trabajado a disgusto. Hasta entonces Osvaldo hacía lo que se le cantaba, siempre parco, de perfil bajo, bastante reacio a las charlas, pero muy comprometido con las historietas que dibujaba a diario para el diario Diario Popular. Sus tiras nunca se repetían. Fue un artista toda la vida y sé que siguió siéndolo hasta su muerte, en 2005. Como todos los dibujantes de historietas que conozco, dicho sea de paso, su destino era alcanzar los noventa en buen estado físico y con un amplio set de neuronas en actividad (dibujar prolonga la vida, sépanlo).

Más de un millón de personas celebraron a Osvaldo montado en el auto papal. Otras cien mil lo vieron pasar en “El Líder” que la firma holandesa Werkspoor le regalara al General Perón. Toda esa gente que lo ovacionaba a ambos lados de la calle y de las vías del ferrocarril Sarmiento eran sus propios lectores, los de cada día. Ignoraban que esa mano alzada, abierta y fraternal –esa mano con sus manchitas de tinta rotring ligeramente visibles– venía tramando desde hacía años los cuadritos que todos leían en el colectivo, en el tren, a la salida del trabajo, de vuelta a casa. Nadie lo reconoció porque nadie lo conocía: Ursich no era una imagen pública sino apenas seis letras al pie de las tiras. Ni siquiera entre sus compañeros el dibujante tenía rostro: como podía trabajar en su casa, se aparecía en la planta a lo sumo una vez al mes. Los jefes, que sí ubicaban su cara, a veces incluso le llevaban el sueldo para que no se molestara en ir a cobrar. El diario era cada vez más dependiente de la página de historietas, y esta a su vez de los dibujitos del “Ruso” –que así lo llamaban todos. En los últimos meses, secciones históricamente populares como las noticias policiales habían perdido atractivo. Los lectores estaban cansados de crímenes y truculencias.

Volviendo a aquel día, pocos se percataron de que Osvaldo, mientras saludaba montado al Papamóvil o, más tarde, desde la plataforma de un vagón alguna vez construido para que Evita saludara, tenía en la mano derecha unos cuantos manchoncitos de tinta. Quienes sí lo percibieron habrán tramado hipótesis de lo más banales, suponiendo que el jefe máximo de la Iglesia Católica es, lo mismo que un presidente o que el dueño de un supermercado, alguien que se pasa el día firmando documentos. Puede que los custodios del “Papa” pensaran lo mismo, o que ni pensaran. Dos enterados de la tramoya pero que recién notaron las manos sucias de Ursich en medio de la caravana de saludos fueron el cardenal Aramburu y el nuncio Calabresi –dos que de inmediato se pusieron a saludar, también, desde el tren.

Y la razón por la que el artista forzado a hacer de Papa tomaba un helicóptero a la altura de Moreno en vez de seguir en tren hasta Luján no pudo ser, como sugieren las crónicas, un gesto de pía renuncia al deseo de estar cerca de miles de feligreses desparramados por las avenidas principales del oeste; no pudo ser, como insisten, la sumisión al reclamo de tanto consejero preocupado por la salud de ese individuo que, salvo para el cardenal y el nuncio, era la suma autoridad religiosa. Aramburu cuchicheó al oído de Osvaldo: “Tengo listo un helicóptero, pedazo de hijo de mil putas”. Y éste, sin entender nada, acató.

Al helicóptero subieron Osvaldo, Aramburu, Calabresi. Junto al piloto los esperaba el auténtico Papa, vestido con pantalón de jogging azul, poncho marrón y una remera deportiva negra que un militar le había prestado y que tenía la inscripción “Winning never felt better” en letras amarillas y violetas. Cuando Osvaldo extendió la mano para apretar la de Juan Pablo II, ahí se dio cuenta de que la tenía sucia de tinta. En el mismo instante recibió una catarata de insultos de parte del cardenal.

Osvaldo se defendió: “Ustedes me sacaron de prepo, yo estaba trabajando, ni tiempo me dieron para ir al baño y lavarme”. Aramburu arremetía una y otra vez con el castigo: “Por pelotudo, te vamos a tirar”. Pero Juan Pablo (ya podemos llamarlo Karol, sobre todo teniendo en cuenta que ahora estaba en calzoncillos) le arrojó el jogging en la cara a nuestro dibujante y esbozó una sonrisa. El cardenal se sintió traicionado por ese gesto afectuoso del sumo sacerdote para con un cualquiera, y se disponía a tragar saliva cuando escuchó a Karol decir: “En mi presencia nadie tira a nadie de un helicóptero, pero estaría dispuesto a hacer una excepción”. El auténtico Papa se revelaba dueño de un morbo envidiable; aunque no pasara de un chiste, asomaba en él la más refinada crueldad. Aramburu se relajó.

En pocos minutos completaron el viaje en helicóptero hasta la Basílica. Al aterrizar bajaron todos menos el piloto y Osvaldo, que ya estaba de jogging, remera y poncho. No podía asomarse hasta que el último de los feligreses perdiera todo interés en la máquina que había trasladado al Papa. Vigilado por el piloto y sin saber qué hacer, Osvaldo hundió las manos en los bolsillos del jogging. Encontró, ahí, una hoja en blanco, y lo primero que sintió al palparla fueron deseos de dibujar. Pero no tenía lápices, ni nada. Mientras el Papa a unos doscientos metros daba su esperada homilía, Osvaldo dibujó en el aire, a pocos milímetros del papel, ante la mirada inexpresiva del alférez a cargo de la nave, trazos invisibles de una pulposa imagen femenina. En un momento llegó un teniente a buscarlo, y Osvaldo hizo un bollito del papel y lo encanutó en la mano cerrada.

Ya estaba en un rincón de la Basílica, envuelto en el poncho que Karol le había pasado, cuando reapareció el cardenal y lo llevó al baño a los gritos de: “Viejo de mierda, lávese bien”. El Papa había terminado su discurso y el pedido de paz con Inglaterra resonaba en los oídos de Aramburu como el peor de los latines. Pero si algo alegraba al cardenal era la ausencia en aquella homilía de toda referencia a los jóvenes secuestrados en combate o sacados de sus casas y desaparecidos. El día anterior, al bajar del avión de Alitalia en Ezeiza, el Papa había hecho un reclamo “por la incertidumbre acerca del destino de algún ser querido”. En la Basílica, sin embargo, no improvisó.

Emocionado por lo dicho y lo no dicho del Papa, Aramburu vio pero no vio el papelito que Osvaldo dejaba al lado del jabón mientras se refregaba las manos, y el dibujante, temeroso de que volvieran a retarlo por nada, hizo un bollito de nuevo y ni bien pudo se lo metió en el calzón. Fue todo muy rápido, pero no escapó a los ojos del Papa que ya entraba para un nuevo cambio de ropa.

Déjenos solos, le dijo Juan Pablo al cardenal. Estaban en un baño donde la única luz era la natural que atravesaba las ventanas. Luz de un día lluvioso de junio.

Entonces Juan Pablo le reclamó a Ursich el papelito escondido. Este se lo dio y esperó, muerto de miedo, la reacción. Ahí Karol, en vez de sacarse el atuendo religioso como estaba previsto, sacó una lapicera y se puso a dibujar. Dibujó la silueta de una chica pulposa. Firmó con la inicial de su nombre de bautismo, K. Y una vez que Osvaldo lo aprobó balanceando de arriba abajo la cabeza, rompió el dibujo en pedacitos. Le dijo entonces a su colega: “Cada mañana te vas a levantar y vas a ver un Miguel Ángel”. Y se negó descaradamente a vestirse con las ropas deportivas con que había llegado a Luján. Y se ensució adrede las manos de tinta.

Disfrazado de Papa, Karol Wojtyla volvió en tren a Buenos Aires. Hizo aquello que a la ida había logrado evitar: pasó dos horas saludando sin interrupción a los feligreses agolpados en la línea del Sarmiento. Cuando llegaron a Once, Aramburu lo acompañó a su residencia y se encargó en persona, con otros tres militares, de darle una soberana paliza. “Así que este Ruso es cancherito”, dijo el cardenal mientras se arremangaba, “y otra vez no se lavó las manos”. Karol, si bien dominaba el español, no conocía esa palabra “cancherito”. En medio de los golpes en un momento amenazaron enterrarlo vivo en el cementerio de Libertad, en el Partido de Merlo (Aramburu gritaba: “Es el cementerio de moda para los soretes como vos”). Lo torturaron poniéndole la mano entintada en la hornalla. Se encargaron de que el daño le hiciera muy difícil volver a dibujar.

A la misma hora en que el antiguo Papa sufría tortura, su fiel secretario, polaco también, Stanislaw Dziwisz, estaba dándole a Osvaldo las primeras clases de latín. Era la noche del 11 de junio de 1982, noche calma después de un día ventoso y con lluvias. Osvaldo le entraba al latín con una habilidad no prevista.

Después, de Karol, se sabe que pasó tres días en calabozo. Al salir del destacamento se sentó en un bar de la calle Moreno; escribió con la zurda su renuncia al Diario Popular. Dibujó con esfuerzo una última colaboración, que se publicó a las semanas. La tira era un chiste confuso que remataba con la frase: “Cualquier cristiano sabe que el camino se sigue o se abandona, pero no se cambia”. En el cuadrito final había una chica de buenas curvas que no participaba del enunciado ni del argumento. Después de meter todo en el buzón de correo, Karol tomó un colectivo a Retiro y un tren.

Mientras que, por su parte, el 12 de junio Osvaldo viajaba al Vaticano en un avión de Alitalia. A mil por hora, su mente reprodujo durante todo el vuelo esa especie de haiku, esa perfecta homilía privada escuchada en el baño de lujo de la Basílica de Luján: “Cada mañana / te vas a levantar / y vas a ver un Miguel Ángel”. Vio un Miguel Ángel cada mañana durante veintitrés años. Al morir en 2005 Osvaldo tenía 99, misma edad en la que murieron varios otros dibujantes –se me viene ahora a la mente el que hacía las tiras de Walt Disney: Carl Barks.

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