Tres partidos de un mundial

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messi

El Mundial de Fútbol se parece a un torneo de ascenso. Desde antes de que empiece hay ¿agitación? No, eso hay en cualquier torneo; lo que hay es desesperación. En el reconocimiento del terreno de juego, un falso Ronaldinho le hace una macumba a Messi: está en su derecho. Es uno de los doscientos millones de brasileños que invirtieron 75 dólares cada uno para ganar.
Todos los países quieren ser protagonistas, y algunos, si no es mucho pedir, quieren tener un héroe. Casi todos los candidatos a héroes del mundial fueron criados a medias en un laboratorio y en una casa de ropa a la moda. Contra todo pronóstico, el único candidato a héroe que tiene un aspecto rousseaniano indomesticable es el del equipo más fashion: Italia, que sale a la cancha con Pirlo. Rooney, de Inglaterra, está más allá de toda presentación. Nuestro Mascherano en el mediocampo es otro que tiene pinta de genuino, quizás demasiada. Y enfrente, los locales: los obligados a ganar este gran torneo del ascenso. Son 15.000 millones de dólares pagados o a pagar de las arcas públicas (es el 85% de la inversión total) por los que cada brasileño puso:-20 dólares para (re)hacer estadios;
-20 dólares para mejorar aeropuertos;
-5 dólares para seguridad (formación de policías y afines, nuevos policías y afines);
-y otros 30 dólares para puertos, telecomunicaciones, obras urbanas, carteles…
¿Se está tirando plata? Eso sólo puede responderse en unos años, a partir de 2017, pongamos. Los que sugieren que no es un despilfarro hablan de obras públicas que vivirán mucho más que el Mundial: décadas, años. Eso no aplica a los millones de dólares gastados en arte efímero: juegos, fuegos, carteles. Pero tampoco aplica -y esto no suelen decirlo los defensores de las megainversiones- al casi 30% de ese presupuesto: los 4.000 millones puestos para estadios no van a quedar por años, y mucho menos por décadas. El mantenimiento de esas arquitecturas ampulosas del siglo XXI requiere otros 4.000 millones cada diez años; si no, se caen, se desgajan. No son la cancha esa famosa de Uruguay, la de cemento hasta en las tapas de los inodoros. Son de plástico.
Después: gastos aeroportuarios, cursos de entrenamiento policial en Estados Unidos… todo de muy discutible legitimidad. Ni hablar de: vueltos/sobreprecios. La nieta de Joao Havelange twittea -y se disculpa y lo retira-: “Lo que tenía que gastarse y que robarse ya se hizo”. Y agrega: “No hay que protestar ahora, hay que protestar después, en las elecciones”. Como si ya tuvieran todo previsto: pedirle a Dilma que gaste, después reprochárselo y pasarle la factura, dentro de unos meses.

13 de junio (Brasil 3- Croacia 1)

El primer partido nos sugiere que habrá que leer este Mundial en clave delictiva.
El capitán croata, Srna (un robado de entrada por la lengua, que le afanó la vocal E del Chicho Serna), hablaba al final del juego y se refería al robo del penal que le otorgaron a Brasil. “Influye la localía”, dijo el Chicho. Y los árbitros también, supongamos. Si Brasil tiene que ganar, esperemos que no aburra. Que no escatime, que no sea un Jogo Bnto redondeado por la mano del árbitro.

14 de junio (Holanda 5 – España 1)

En virtud de las redes sociales, el Holanda-España de ayer quedará como la paliza que más gente narró mientras sucedía. Y es que no todos los partidos tienen capítulos, pero este sí, fue una “historia”, como las historias que a todos nos gusta contar: impredecible no sólo desde el comienzo, también desde la mitad de los hechos. Tuvo algo de paliza de secundaria, de esas pueriles y sorpresivas, donde acaba imponiéndose el que menos conciencia tenía de su capacidad física. Y donde el que toma esa conciencia salta en un segundo de la puerilidad al sadismo. Vimos a Robben, en el 5-1, haciendo tres amagues antes de patear, y haciéndolos pura y exclusivamente para ver al arquero español arrastrándose dos metros por el suelo. La película se oscureció. A mí se me vino a la mente un amigo, el Tano, pegándole a un tipo en el piso de Juan de los Palotes al ritmo de las luces estroboscópicas. Algo despiadado, también pensé en los cadáveres con incrustaciones de piel y astas de ciervos en la serie “True detectives”. Me dolió llegar a los noventa minutos; cuando el partido terminó, tuve que buscar en la memoria otro tipo de paliza, más metódica y progresiva (y normal, y adulta, y aburrida), como la que los alemanes nos dieron a nosotros en Sudáfrica, para rehacer el mundo.

16 de junio (Argentina 2 – Bosnia 1)

Hay una institución del fútbol que es peor que la Fifa. Se llama hinchada de la selección argentina en Brasil. Está compuesta por cincuenta mil almas con un mismo sueño. El sueño es hacer un Punta del Este en Copacabana. Cinco años atrás, en Buenos Aires, cortaban las calles para exigir que el gobierno liberara de impuestos a los sojeros. Horas antes del partido, el sábado, se sentían con derecho a que la policía brasileña cortara la Avenida Atlántica, principal vía de Copacabana, para que ellos festejaran antes de jugar. Su modo de festejar, sin embargo, es oscilante. Durante el partido, en el Maracaná, no tuvieron ningún escrúpulo en saltar del entusiasmo al silencio, veinte largos minutos de silencio, porque ni Messi ni Di María podían hacer un gol. Parecían indignados (¿te suena?). Después Messi hizo un golazo, y ahí sí: volvieron los cantos de entusiasmo. Pero, ¿entusiasmo de qué tipo?: de goce. De gritar “ooole” cada vez que nuestros jugadores se pasaban la pelota delante de los bosnios. Yo, frente a la tele, le decía a mis hijos esto: que hay dos derechos a gritar ole. Cuando tu equipo va 3 a 0 es uno. El otro: cuando alentaste durante todo el partido, más allá del resultado. La hinchada de la albiceleste en Brasil, en cambio, siente que puede indignarse o delirar de felicidad a su antojo, cuando ella quiere. Sus referentes -Macri, Massa, Rodríguez Larreta, Tinelli- la habilitan a tal fin, desde las butacas VIP del Maracaná.

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