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Los claros mandan

agosto 20, 2014

En las inferiores de Platense éramos muchos, pero casi todos querían ser Maradona. La competencia era por pararse de mitad de cancha hacia adelante, así que sólo los defensores teníamos el puesto asegurado. Eso influía en nuestro cotidiano: los de atrás nos sentíamos algo así como trabajadores de planta, hablábamos como trabajadores de planta. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. La defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers, el colectivo que te lleva al entrenamiento no se atrasa.

Debió haber sido el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarse en el bienestar escandinavo del defensor, lo que me hizo dejar el club después de escuchar, y aceptar, el proyecto más delirante del fútbol. Era la idea de un pibe de Villa Luro, Gustavo Pallares o “el Palla”: fundar un club y entrar a Primera D. El Palla era fan de Phil Collins y el club iba a llamarse Génesis. Él tenía un año más que yo pero no jugaba: siempre había querido ser técnico. Y a mí me prometía un lugar en el mediocampo.

Los primeros partidos fueron contra un combinado de Villa Santa Rita: entre los rivales destacaba Pablo Rago, que era bueno. Rago ya estaba en “Clave de sol” y al final de cada partido nos regalaba entradas para el Palermo Club de Serrano y Santa Fe, donde el programa de televisión tenía una tonga. Los quince jugadores que éramos pasamos a dividir nuestros fines de semana entre el fútbol y esa disco. En Génesis F.C. pude afianzarme en el mediocampo; a Palermo Club debo haber ido seis veces para aburrirme al son de Los Pericos.

Pero de los favores de Rago, las entradas gratis eran lo de menos. Tuvo un gesto mucho más importante: vino a los cumpleaños de quince de las chicas que queríamos impresionar. Nos hizo populares en sitios donde nos conocían de memoria. Prendidos todos a su yugular, Génesis de noche podría haberse llamado “Ahí vienen Pablo y sus vampiros”.

Hubo algún cumpleaños donde pagamos caro el haber prometido que Pablo iría, cuando sabíamos que quizás no podría ir. Un sábado a la noche terminó temprano y volví a casa, me acosté en el sillón y puse una y mil veces, hasta que amaneció, “In the Air tonight”. Daniela la Loba me había dejado. Carolina Ochiuzzi también.

Cuando hoy lo veo conduciendo TVR, me río de todos sus chistes. Tiene pinta de seguir jugando al fútbol los sábados, quizás ahora en la defensa. Al Palla lo reencontré por internet, hace un programa de radio que se llama “Vélez, el sexto grande” y es uno de los dirigentes principales de la C.A.F.I. (Campeonato Amistad del Fútbol Infantil). En cuanto a Génesis, nunca llegó a Primera D. Duramos un año; el golpe de gracia fue un 12 a 1 en un amistoso con la octava de All Boys. Yo descubrí una función más atractiva para los sábados: ir a ver bandas en vivo, ir a las fiestas de la escuela de Bellas Artes Rogelio Yrurtia. A Phil Collins le cayó encima el rock gótico y lo juzgó igual a Los Pericos: música anémica, no vampirizable.

Pero dos cosas no se olvidan, y una es la racha ganadora por los quinces del oeste junto a Pablo Rago. Lo otro es haber aprendido, en 1987, yo que hasta ahí era diestro, a manejar también la zurda. Fue por insistencia del Palla, para quien el mediocampista es el que lleva la pelota por donde la cancha deja un claro y “los claros mandan”, decía, por qué zona avanzar y con qué pie.

Agosto de 2013