Los favores de Pablo Rago

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En las inferiores de Platense éramos muchos, pero casi todos querían ser Maradona. La competencia era por pararse de mitad de cancha hacia adelante, así que sólo los defensores teníamos el puesto asegurado. Eso influía en nuestro cotidiano: los de atrás nos sentíamos tranquilos, hablábamos del club como trabajadores de planta. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. La defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers, el colectivo que te lleva al entrenamiento no se atrasa.

Debió haber sido el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarse en el bienestar escandinavo del defensor, lo que me hizo dejar el club después de escuchar, y aceptar, el proyecto más delirante del fútbol. Era la idea de un pibe de Villa Luro, Gustavo Pallares o “el Palla”: fundar un club y entrar a Primera D. El Palla era fan de Phil Collins y el club iba a llamarse Génesis. Él tenía un año más que yo pero no jugaba: siempre había querido ser técnico. Y a mí me prometía un lugar en el mediocampo.

Los primeros partidos fueron contra un combinado de Villa Santa Rita: entre los rivales destacaba Pablo Rago, que era bueno. Rago ya estaba en “Clave de sol” y al final de cada partido nos regalaba entradas para el Palermo Club de Serrano y Santa Fe, donde el programa de televisión tenía una tonga. Los quince jugadores que éramos pasamos a dividir nuestros fines de semana entre el fútbol y esa disco donde sonaban siempre Los Pericos. En Génesis Fútbol Club, aunque sólo existió un año, pude afianzarme en el mediocampo.

De los favores de Pablo Rago, las entradas gratis eran lo de menos. Tuvo un gesto mucho más importante: vino a los cumpleaños de quince de las chicas que queríamos impresionar. Nos hizo populares en sitios donde nos conocían de memoria. Prendidos todos a su yugular, Génesis de noche podría haberse llamado “Pablo y sus vampiros”. Hubo algún cumpleaños donde pagamos caro el haber prometido que Pablo iría, cuando sabíamos que quizás no podría ir. Un sábado a la noche terminó temprano y volví a casa, me acosté en el sillón y puse una y mil veces, hasta que amaneció, “In the Air tonight”. Daniela la Loba me había dejado. Carolina Ochiuzzi también.

Cada tanto lo veo a Pablo, hoy, en su rol de conductor televisivo. Tiene pinta de seguir jugando al fútbol los sábados, quizás ahora en la defensa. Al Palla lo reencontré por internet, cruzamos mensajes y me contó que hace un programa de radio que se llama “Vélez, el sexto grande” y es uno de los dirigentes principales de la C.A.F.I. (Campeonato Amistad del Fútbol Infantil). En cuanto a Génesis, nunca llegó a Primera D. El golpe de gracia fue el 12 a 1 en un amistoso con la octava de All Boys. El Palermo Club pronto se me hizo aburrido y acabé descubriendo otra función para los sábados: ir a ver bandas en vivo, o a las fiestas de la escuela de Artes Rogelio Yrurtia. Entraron el punk y la música gótica: una aplastó a Phil Collins, la otra a Los Pericos. Pero dos cosas no se olvidan, y una es la racha ganadora por los quinces del oeste junto a Pablo Rago. Lo otro es haber aprendido, en 1987, yo que hasta ahí era diestro, a manejar también la zurda. Fue por insistencia del Palla, para quien el mediocampista es el que lleva la pelota por donde la cancha deja un claro y “los claros mandan”, decía, por qué zona avanzar y con qué pie.

Agosto de 2013

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