La sensación de trabajo (1)

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Hace diez años que volví de Helsinki a Buenos Aires. Me mudé a dos cuadras de Plaza Flores, a un PH que hoy está en plena refacción y donde durmieron más de cien poetas latinoamericanos invitados al festival Salida al Mar. Para celebrarme los diez años pego acá un poema escrito a caballo de esa mudanza y que alguna vez publicó Eloísa Cartonera. Un poema de los días en que los clubes de trueque empezaban a languidecer y Néstor Kirchner a volverse entrañable.

plaza-pueyrredon

PLAZA FLORES
Octubre de 2003
1

Una vez más nos encontramos todos juntos
con esa fuerza.
El viento sopla, la tarde se infla. En el centro
de un cuadrilátero de tipas
un mandiyú florece, el tronco hinchado del polen
que cinco plátanos vecinos le traen.
La plaza es un gusto, un desborde.
En la parte de los juegos hay más madres
mirando un tobogán que embarazadas
en toda Bélgica. Al trote y en zigzag
sorteando árboles y monumentos
los chicos van de las facturas al fulbito –gritan:
“¡Una docena se van a comer!”.
Acaba de llegar
el muchacho que imita a Michael Jackson
y le armaron un círculo enseguida
para que brille su “caminata”. La tarde está hermosa.
Todo es acción y hasta el croto
que dormitaba en un banco
con el envión del despertar crea otra siesta.

Los ajedrecistas
copan el lado oscuro de la plaza
divirtiéndose de a dos,
las manos frías y ajadas alzando un caballo.
En la otra punta, que da a la avenida,
las sandalias y las chombas de los manteros
convocan paseantes.
Alrededor: audio, iglesia y pañalera.
Las tres tiendas históricas de Flores.
La pizzería todavía no encendió las lámparas,
el cine sí.
Infiltrada en la ristra
de cables de teléfono y luz
que conectan una manzana con otra
enredándose en las copas de las tipas,
viaja la voz
de la mujer del futbolista
y llega a oídos de la esposa
del entrenador.

El barrio venía acostumbrándose al big bang.
La gente se dispersaba
lejos de las avenidas comerciales
en ateneos incógnitos
estoqueados de tomates y shampú.
El ángel gris de los clubes
repartía cupones de permuta,
dicen que todavía los reparte
en algunos centros y periferias.
Pero el invierno tarde o temprano acaba y vuelve
la fuerza. Todos buscan
con la mirada el centro
de esta energía. Nadie
puede ubicarlo. Es
sólo una sensación
muy poderosa.

Y está también la vereda de enfrente,
la calzada en sí, los edificios.
Desde un sexto piso sin balcón
Patricio, el nene gutural,
hace sonar Infame, el disco del año.
En su universo de brackets y departamentitis,
Pato detesta la aglomeración
y el alboroto. Detesta el ruido que hace la cumbia
en las cabezas de sus amigos
que traicionaron al rock.
En la vereda misma de enfrente,
abajo, sobre los baldosones gris claro,
el hombre que está solo
es peras lo que vende, fruta argentina
a la cabeza del mundo en cuanto a exportación.
Ese hombre también detesta al gentío
que come facturas en vez de peras
y arroja grasientas papas pay en el camino,
grasa que todo lo mancha.
El vendedor de chombas piratas
con un pequeño cocodrilo a la altura
de la tetilla es otro inconforme
con el pueblo, con la política, con el mundo
y con el vendedor de sandalias sin marca
pero que se venden más que las chombas.
La plaza, para ellos, es un obstáculo
y un generador de odio.

Cadencia y enojo: en una hamaca
a uno que comía pizza
se le cae la caja.

Alguien pasa corriendo, ¿hace deporte? Tres tiras
le desconfían las zapatillas, lo paran,
se lo llevan.

Y no hay ronda
ni disturbio
ni aprobación de la ley
ni temor a una amenaza.
Es como si los que están
fueran sobrevivientes
de una fiebre amarilla
de otro siglo.
Se sienten fuertes,
siguen al pie
las madres
de los toboganes. Comentan
que pronto va a cerrar la plaza
se calcula que por sesenta días.
Ya anduvo una cuadrilla
palpando la tierra por donde
el nuevo riego va a pasar.
“Y después van a poner el metro”,
dice la comunicóloga que por alguna razón
habla como española.

No es raro, entonces,
que cuando el sol empieza a decaer
haya más gente.
A los chicos y las mamás,
a los ebrios de temprano y los ajedrecistas,
se suman las parejas
que salen a tomar helado
y los caminantes solos
que cuando votan, votan a los poetas.
Estos no dicen una palabra,
sólo sonríen, alzan la mano;
uno pellizca el cachete de un chico
con la remera de Ronaldo en el Inter,
otro se sienta y le convida un cigarro
al croto, que también tiene una historia,
y un tercero, medio distraído,
baja de un auto entre azul y celeste,
pone los pies en la plaza, saluda
y una corriente de entrañable afecto
liga su mano con la mano
del joven que baila
igual que Michael
o mejor.

plaza flores2

2

El original tiene los pasos contados;
el doble, no.
El original tiene Técnica;
el doble, Encanto.
Sus movimientos no reclaman Historia per se;
no fundan Movimiento.
El doble quiere ser parte de la Historia
y divertirse.
No pasa gorra salvo en verano, en Gessell,
acá lo hace por el arte y por la amistad.
Si vienen a felicitarlo se escapa.
Derrocha actitud pero no se hace cargo
y si alguien le tira una foto la esquiva.
Es demasiado inmaduro, usted diría;
yo digo que es lo más en la inmadurez.

 

3

Frente a un tablero de ajedrez,
el polaco escritor
de Bacacay y Artigas
charla con el dentista de izquierda
que tiene el consultorio frente a la plaza.
Acá lo que falta es organización
y lo que sobra es actitud, coraje
y obstinación, dice el dentista.
La actitud no es algo orgánico,
nada cambia sólo por querer;
la obstinación puede a veces ser orgánica:
sé de gente que porque las condiciones lo exigían
mantuvo los dientes de leche
hasta los quince. Como Evita. Pero eso
son casos aislados. Eso,
interrumpe el polaco, es lo que me gusta de este país:
todos así, tan locos y obstinados,
todos tan poco dados para el ocio,
siempre ligando una experiencia con otra
que hasta el saludo es parte de la Historia
y comprar un kilo de papas funda una vivencia.
Eso, dice el trotskista que arregla dientes,
a mí en cambio me parece nuestra limitación.
Preferiría un país de gente
capaz de parar la pelota,
organizarse, incorporar la Técnica.

michael1
4

El polaco dice “acá la vida es desbordante”.
El dentista dice “acá la vida es muy dura”.
El polaco dice “mire cuántas madres”.
El dentista dice “mire esas criaturas:
apenas tengan dientes y no tengan comida
el padre derrotado y la madre medio ida
en vez de reclamarla van a ir a la iglesia”.
El polaco dice “usted es de los que aprecian
el cambio por el reclamo, dele tiempo a la inmadurez
que a media que inmadura se vuelve más pura”.
El dentista dice “por sí sola la cosa
no va a cambiar nunca, lo suyo es una utopía
color de rosa”. El polaco dice
“lo suyo es reclamología
color izquierda sesentosa”.
El dentista dice “no me venga con la prédica
de la vida inmadura y desorganizada
cuando acá hay que juntarse, si no, no cambia nada,
hay que organizarse e incorporar la técnica”.
El polaco dice “mireló al chico Jackson, en la esquina:
la técnica la vive como cosa ajena, de otro,
no la incorpora, por eso la domina;
decirle ¡che, qué técnica! sería el peor insulto”.
El dentista dice “tampoco hay que rendirle culto
a la disciplina, a ver si soy claro:
hablo de actuar de un modo frío, coordinado
en el conjunto, mientras en cada uno persiste
bien adentro, la emoción”
Para el polaco no existe
esa combinación.
El dentista aclara “Jackson es un ejemplo
de técnica incorporada como trasfondo
detrás de lo emotivo”. El polaco replica
“Jackson es un ejemplo de experiencia rica
y técnica irrelevante, secundaria, actuada”.
El dentista dice “no veo la diferencia
entre la técnica como trasfondo o como representación”.
El polaco dice “en un caso es Sensación,
en el otro es Disciplina que mata las Vivencias”.

(Resumen: para el dentista hace falta
un cambio de raíz, para el polaco el país
sólo tiene que seguir su movimiento-letargo
hacia la plena vivencia, sin hacerse cargo)

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