Archive for 21 noviembre 2014

La tónica del traductor

noviembre 21, 2014

.leyendo

Sé hacer fuego,
pintar paredes,
traducir,
hacer un jardín,
enseñar a un perro,
encuadernar,
hacer ginebra.

Idea Vilariño

.

.

Sé escuchar. Es un don compensatorio por no ser un gran poeta. Voy por la calle y escucho; vuelvo a casa, me siento a hacer mi trabajo, y sigo escuchando. Soy traductor, que es como trabajar en un call center al revés: uno levanta el tubo y pone simplemente la oreja. Los textos llaman y hablan.

Todo habla, en realidad. La mayoría de las veces, para decir nada. O cosas muy menores, marginales, que quizás no deberían entretenerme. Voy por la calle y me divierto escuchando a gente que no conozco, me fascina sobre todo cuando los “atrapo” diciendo alguna de esas expresiones que son marcas de época. Esto último nos fascina a todos, ¿no? Escuchamos esas jergas y automáticamente se arma, en el Excel de nuestras cabezas, una planilla con la edad del que las pronunció y con algunos datos más (ambiente en que la persona se crió, si era medio boba en la adolescencia, si lo sigue siendo, etc.). Como el tipo que hoy le dijo a otro, en Parque Centenario: “¿Qué hacés, Desaparecido en Acción?”. Esas cosas también hablan. Los usos de la lengua. La sociolingüística es el porro del traductor.

En el primer párrafo, “levantar el tubo” es otra de esas expresiones datadas, no sé si se dieron cuenta. No uso celular y por eso ejerzo como último guardián de la expresión “levantar el tubo”. Pero también presto oídos a lo que inventa el presente, con sus jergas que a veces me alucinan y otras me dejan triste o perplejo. Hace unos días me preguntaba qué tuvo que pasar para que “Con vos tengo un problema” hoy se diga “Con vos tengo un bondi”. Esa es de las que me entristecen; pienso que un colectivo, un bondi, es algo que debería simbolizar un acercamiento, un contacto, y que “con vos tengo un bondi” tendría que ser más bien “hay algo que nos une”. Pero significa lo opuesto. (more…)

Anuncios

Rumba

noviembre 17, 2014

Juan Carlos y su rumba flamenca

Neurosis de destino es un concepto que al parecer inventó Freud en 1916. Designaría algo así como la tendencia inconsciente de un individuo a buscar y repetir acontecimientos que van en contra del objetivo trazado. Los periodistas deportivos suelen utilizar ese diagnóstico cada vez que un futbolista se “hace echar” por nada, por una tontería, y se gana la tarjeta roja que lo deja afuera del partido decisivo. En el peor de los casos (o en el mejor, visto desde el inconsciente) el jugador que se hace echar se pierde la final del Mundial. Era “el” partido, la gran final, la tarde fuera de los tiempos donde había que transpirar y poner todo porque ahí ya no servía, ahí dejaba de tener cualquier atisbo de sensatez, la famosa frasecita de que el fútbol siempre da revancha. Y el tipo se hizo echar. Bah, no sé, dice el relator, pero qué estúpido. Y el comentarista mete cizaña: es obvio, se hizo echar. Cómo son los periodistas deportivos. Casi peor que los psicólogos. Pero al fin y al cabo a los periodistas los avala un dato concreto: el destino de un futbolista profesional es jugar al fútbol. Por lo tanto, si el delantero se hace echar es un estúpido. En cambio los psicólogos, ¿cómo saben cuál es el destino de una persona? Sobre todo si la persona es joven, o adolescente, ¿qué saben? Es verdad, yo amaba la economía, me gustaba incluso más que el fútbol. Quería ser ministro de Economía, realmente lo ansiaba. Pero tenía catorce años, y no me gustó el programa de Sofovich. No sé por qué le hice caso a mi mamá, no sé por qué fuimos a hablar con el productor de “La noche del domingo”. Ni siquiera me preparé, ni siquiera me importó que estuvieran buscando al más genio de los chicos genios. Hablé una media hora: inflación, interés, oferta, demanda, renta, librecambio, empréstito, FMI, OMC, BM, tratados… Todavía me acuerdo del nombre del productor: Locaso. Me dijo “sos el pibe que estamos buscando, preparate que este domingo charlás en vivo con Gerardo”. Salimos con mamá y tomamos un submarino con medialunas. Era miércoles o jueves; el domingo volvimos. Me hicieron pasar a un cuarto al costado del estudio. Locaso corría de acá para allá, hacía aplaudir a la gente, transpiraba como loco. En un momento entró una rubia infartante a esa especie de camarín. Me dio un beso en la mejilla y salió volando. Me asomé para verla irse y ya estaba en el escenario con otras cinco chicas. Detrás de ellas, un guitarrista. Formaban un grupo y los presentaron como “Juan Carlos y su Rumba Flamenca”. No podía dejar de mirarla pensando cuánto faltaba para que volviera al camarín a darme otro beso. Me quedé tarado, se me olvidó todo lo que sabía de economía. O tal vez tuve una comprensión rotunda del lugar y supe que mi destino estaba en otra parte. Terminó la canción y las rumberas salieron del escenario por el otro costado. Locaso agitaba al público para que todos aplaudieran cuando salí. Entre el estudio y la vereda caminé unos cien metros y la calle Cochabamba estaba completamente oscura.

El poeta indigente (1a parte)

noviembre 7, 2014

Circunstancia nacional: circo y estancia,
la masa en el trapecio, mamá en cama
forrada y con tristeza, papá recio
lotea en ajedrez y gana en damas.

Me fui cuando empezaban los noventa.
Mi Morrissey interno me avisó:
“Andate de esta sociedad de mierda,
llevate la tarjeta y el Renault”.

Me fui y viajé. Por selvas y desiertos
sentí la soledad, como Rimbaud.
Llamé una noche a casa, mandé carta.
Papá, si la leyó, no respondió.

Entonces trabajé. Cinco semanas
a pleno en una hacienda yerbatera
de un paraguayo loco de Posadas
que me ofreció a su hija, misionera.

Vivimos por un tiempo de la renta
que nos daba mi suegro. Un día me visto,
salgo a comprar el diario y me doy cuenta
de que Papá, de golpe, era ministro.

Ministro y con ideas importadas
para reorganizar la economía:
campo que no rendía, se loteaba;
pueblo que daba pérdida, moría.

Su lema era cerrar si no recauda.
Mi suegro no aguantó y se fue a Asunción.
El campo se secó como un paraguas
sobre otra mesa más de disección.

Y mi mujer, ¿qué hizo? Siguió al padre.
Yo a Paraguay no voy, fue mi respuesta.
Con la última plata, llené el tanque.
Volví porque extrañaba los noventa.

Y me anoté en Sociales, en la UBA
y me anoté en un curso de poesía.
“Vos siempre haciendo cosas pelotudas”,
dijo Papá al saber que yo escribía.

Entonces lo encaré y casi lo estampo.
Al mes largué la facu porque sí.
Un día que mamá estaba en el campo
tomé prestado el auto y fui a Brasil.

Y en Río atravesé una buena época
viviendo en clubes, autos y garajes.
Ahí publiqué un poemario, era mi réplica
al neoliberalismo salvaje.

Me colgué en esperar. Pasaron días.
Hice un viaje al sertón, como Rimbaud.
Nadie leía mi libro. En Argentina,
Papá, si lo leyó, no respondió.

Mi poesía también estaba sola:
el público lector no acompañó.
Dejé el Brasil. Volví. Rompí las hojas
de aquella mi creación: Floripon/Dios.

Ahora vivo en la calle, a mi familia
jamás la volví a ver, sólo a un amigo
que estudia bilingüismo y psicodelia
le paso cada tanto lo que escribo.

Agora sou eu mesmo, o que também
significa ser-não, perder o trilho.
Meu día en Praça Flores é um réquiem
para o cara que eu foi cuando era filho.

de: La sensación de trabajo