El poeta indigente (1a parte)

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Circunstancia nacional: circo y estancia,
la masa en el trapecio, mamá en cama
forrada y con tristeza, papá recio
lotea en ajedrez y gana en damas.

Me fui cuando empezaban los noventa.
Mi Morrissey interno me avisó:
“Andate de esta sociedad de mierda,
llevate la tarjeta y el Renault”.

Me fui y viajé. Por selvas y desiertos
sentí la soledad, como Rimbaud.
Llamé una noche a casa, mandé carta.
Papá, si la leyó, no respondió.

Entonces trabajé. Cinco semanas
a pleno en una hacienda yerbatera
de un paraguayo loco de Posadas
que me ofreció a su hija, misionera.

Vivimos por un tiempo de la renta
que nos daba mi suegro. Un día me visto,
salgo a comprar el diario y me doy cuenta
de que Papá, de golpe, era ministro.

Ministro y con ideas importadas
para reorganizar la economía:
campo que no rendía, se loteaba;
pueblo que daba pérdida, moría.

Su lema era cerrar si no recauda.
Mi suegro no aguantó y se fue a Asunción.
El campo se secó como un paraguas
sobre otra mesa más de disección.

Y mi mujer, ¿qué hizo? Siguió al padre.
Yo a Paraguay no voy, fue mi respuesta.
Con la última plata, llené el tanque.
Volví porque extrañaba los noventa.

Y me anoté en Sociales, en la UBA
y me anoté en un curso de poesía.
“Vos siempre haciendo cosas pelotudas”,
dijo Papá al saber que yo escribía.

Entonces lo encaré y casi lo estampo.
Al mes largué la facu porque sí.
Un día que mamá estaba en el campo
tomé prestado el auto y fui a Brasil.

Y en Río atravesé una buena época
viviendo en clubes, autos y garajes.
Ahí publiqué un poemario, era mi réplica
al neoliberalismo salvaje.

Me colgué en esperar. Pasaron días.
Hice un viaje al sertón, como Rimbaud.
Nadie leía mi libro. En Argentina,
Papá, si lo leyó, no respondió.

Mi poesía también estaba sola:
el público lector no acompañó.
Dejé el Brasil. Volví. Rompí las hojas
de aquella mi creación: Floripon/Dios.

Ahora vivo en la calle, a mi familia
jamás la volví a ver, sólo a un amigo
que estudia bilingüismo y psicodelia
le paso cada tanto lo que escribo.

Agora sou eu mesmo, o que também
significa ser-não, perder o trilho.
Meu día en Praça Flores é um réquiem
para o cara que eu foi cuando era filho.

de: La sensación de trabajo

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