Rumba

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Juan Carlos y su rumba flamenca

Neurosis de destino es un concepto que al parecer inventó Freud en 1916. Designaría algo así como la tendencia inconsciente de un individuo a buscar y repetir acontecimientos que van en contra del objetivo trazado. Los periodistas deportivos suelen utilizar ese diagnóstico cada vez que un futbolista se “hace echar” por nada, por una tontería, y se gana la tarjeta roja que lo deja afuera del partido decisivo. En el peor de los casos (o en el mejor, visto desde el inconsciente) el jugador que se hace echar se pierde la final del Mundial. Era “el” partido, la gran final, la tarde fuera de los tiempos donde había que transpirar y poner todo porque ahí ya no servía, ahí dejaba de tener cualquier atisbo de sensatez, la famosa frasecita de que el fútbol siempre da revancha. Y el tipo se hizo echar. Bah, no sé, dice el relator, pero qué estúpido. Y el comentarista mete cizaña: es obvio, se hizo echar. Cómo son los periodistas deportivos. Casi peor que los psicólogos. Pero al fin y al cabo a los periodistas los avala un dato concreto: el destino de un futbolista profesional es jugar al fútbol. Por lo tanto, si el delantero se hace echar es un estúpido. En cambio los psicólogos, ¿cómo saben cuál es el destino de una persona? Sobre todo si la persona es joven, o adolescente, ¿qué saben? Es verdad, yo amaba la economía, me gustaba incluso más que el fútbol. Quería ser ministro de Economía, realmente lo ansiaba. Pero tenía catorce años, y no me gustó el programa de Sofovich. No sé por qué le hice caso a mi mamá, no sé por qué fuimos a hablar con el productor de “La noche del domingo”. Ni siquiera me preparé, ni siquiera me importó que estuvieran buscando al más genio de los chicos genios. Hablé una media hora: inflación, interés, oferta, demanda, renta, librecambio, empréstito, FMI, OMC, BM, tratados… Todavía me acuerdo del nombre del productor: Locaso. Me dijo “sos el pibe que estamos buscando, preparate que este domingo charlás en vivo con Gerardo”. Salimos con mamá y tomamos un submarino con medialunas. Era miércoles o jueves; el domingo volvimos. Me hicieron pasar a un cuarto al costado del estudio. Locaso corría de acá para allá, hacía aplaudir a la gente, transpiraba como loco. En un momento entró una rubia infartante a esa especie de camarín. Me dio un beso en la mejilla y salió volando. Me asomé para verla irse y ya estaba en el escenario con otras cinco chicas. Detrás de ellas, un guitarrista. Formaban un grupo y los presentaron como “Juan Carlos y su Rumba Flamenca”. No podía dejar de mirarla pensando cuánto faltaba para que volviera al camarín a darme otro beso. Me quedé tarado, se me olvidó todo lo que sabía de economía. O tal vez tuve una comprensión rotunda del lugar y supe que mi destino estaba en otra parte. Terminó la canción y las rumberas salieron del escenario por el otro costado. Locaso agitaba al público para que todos aplaudieran cuando salí. Entre el estudio y la vereda caminé unos cien metros y la calle Cochabamba estaba completamente oscura.

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