La tónica del traductor

by

.leyendo

Sé hacer fuego,
pintar paredes,
traducir,
hacer un jardín,
enseñar a un perro,
encuadernar,
hacer ginebra.

Idea Vilariño

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Sé escuchar. Es un don compensatorio por no ser un gran poeta. Voy por la calle y escucho; vuelvo a casa, me siento a hacer mi trabajo, y sigo escuchando. Soy traductor, que es como trabajar en un call center al revés: uno levanta el tubo y pone simplemente la oreja. Los textos llaman y hablan.

Todo habla, en realidad. La mayoría de las veces, para decir nada. O cosas muy menores, marginales, que quizás no deberían entretenerme. Voy por la calle y me divierto escuchando a gente que no conozco, me fascina sobre todo cuando los “atrapo” diciendo alguna de esas expresiones que son marcas de época. Esto último nos fascina a todos, ¿no? Escuchamos esas jergas y automáticamente se arma, en el Excel de nuestras cabezas, una planilla con la edad del que las pronunció y con algunos datos más (ambiente en que la persona se crió, si era medio boba en la adolescencia, si lo sigue siendo, etc.). Como el tipo que hoy le dijo a otro, en Parque Centenario: “¿Qué hacés, Desaparecido en Acción?”. Esas cosas también hablan. Los usos de la lengua. La sociolingüística es el porro del traductor.

En el primer párrafo, “levantar el tubo” es otra de esas expresiones datadas, no sé si se dieron cuenta. No uso celular y por eso ejerzo como último guardián de la expresión “levantar el tubo”. Pero también presto oídos a lo que inventa el presente, con sus jergas que a veces me alucinan y otras me dejan triste o perplejo. Hace unos días me preguntaba qué tuvo que pasar para que “Con vos tengo un problema” hoy se diga “Con vos tengo un bondi”. Esa es de las que me entristecen; pienso que un colectivo, un bondi, es algo que debería simbolizar un acercamiento, un contacto, y que “con vos tengo un bondi” tendría que ser más bien “hay algo que nos une”. Pero significa lo opuesto.

* * *

Mi trabajo es así: primero escucho esta lengua. En lugares cerrados y abiertos, en pasillos y parques. En boca de viejas locas que la parafrasean, de académicos que la subordinan, de poetas que la deforman, de actores de teatro que la modulan, de cajeras de supermercados chinos que la sintetizan. Después vuelvo a casa y escucho a la otra, la lengua extranjera. Radicada por un rato en mi departamento, instalada pero siempre de visita, está hecha de frases pronunciadas en otras calles, de Brasil o de Inglaterra, de Lisboa o de Chicago, y que los escritores de esos países roban y recrean. El tercer paso es buscar el semejante castellano para esas frases: de la mano de lo ajeno vuelve lo familiar. Palpo semejanzas entre idiomas, y no paro hasta desilusionarme de que exista una equivalencia perfecta.

Escucho también el rumor de las teorías de la traducción: son muchas, y todas enseñan algo. Si el quid de la literatura, desde el poema hasta la descripción, pasa por elegir una palabra dentro de un bol de posibilidades, ¿cómo no va a haber muchas preguntas (y teorías) acerca de por qué el escritor prefirió tal palabra? ¿Y cómo no van a ser más las preguntas cuando alguien agarra un segundo bol, lleno de opciones en otro idioma, y elige la propia? Para su historia el escritor pensó un obrero, un dandy, un secretario de la ONU y un pastor evangélico. Mantener la misma tónica del habla en cada personaje es, para el traductor, una obligación total. Y a la vez un imposible, pero no porque no existan formas y registros similares en cada lengua. Lo equivalente (que siempre existe) desbalancea. Transforma lo ubicado en desquiciado. Hace de un obrero portuario de la ciudad de Santos, un obrero portuario de Berisso. Y esa matemática fiel al mundo acá se vuelve tramposa. Hay textos que la admiten y otros que la rechazan. Algunos incluso la piden: los más desaforados, los más palabrísticos, son los menos difíciles de traducir. Pero no existe receta. Ninguna teoría es para todos los casos.

Dar con el tono pero sin marcarlo, y hacerlo con palabras que de por sí son marcas. Como no escucho gilipolladas, no las traduzco; pero tampoco traduzco boludeces. Es el principio que normalmente sigo, hablando mal y pronto, pero a veces me traiciono (córtenla con eso de que el traductor es un traidor, dice Marcelo Cohen, cuando en realidad es un traicionado). La salida muchas veces es una apuesta al cómo poner, en vez de al qué poner: una confianza en que el matiz que habrá de convertir a una frase traducida en una frase genuina de algún castellano real no pasa por el vocabulario (el vocabulario hasta puede ser el enemigo de una buena traducción) sino por la sintaxis, por una manera de poner el objeto antes del sujeto o un lugar particular donde colocar esas formas insidiosas que a veces son los pronombres. Todo sea porque un personaje brasileño que está cansado no se vaya a “apoliyar”, como ocurre en las versiones de algún colega. Si me perdonan la frase, creo que la sintaxis y a veces también la morfología pueden dar con el tono mejor que el léxico, y hacer que una traducción tenga su identidad de lugar sin decirla a los gritos. No creo en un vocabulario neutro o pan-hispánico (las palabras más comunes, las usadas para hablar de la ropa o las comidas, son distintas en cada país) ni tampoco en los refinamientos criollistas como ese famoso retruco de Borges según el cual lo rioplatense se capta mejor en palabras de uso amplio, como “patio”, que en otras locales como “bulín”.

* * *

No tengo credencial: soy traductor literario. La formación viene de leer literatura en mi idioma y al menos en una lengua más; la habilitación de trabajo, el certificado, no rige en ninguna parte. Se es traductor literario porque se convence a otras personas de que se lo es. Un título de licenciado en Letras o uno de traductor en el Lenguas Vivas pueden ayudar bastante. Un título de traductor público en alguna facultad de Derecho sirve para otras cosas, que requieren credenciales, como traducir un acta de divorcio. Para esto último la literatura es un mundo aparte. Un acta de divorcio se traduce sin la menor necesidad de leer Madame Bovary.

Traduzco del portugués y del inglés, dos lenguas que dan trabajo aunque por diferentes vías. El portugués, lo mismo que el francés, el alemán, el italiano, el ruso, el japonés y el chino, tienen un archivo de obras literarias extraordinario y dentro de él un puñado de autores conocidos y leídos en todo el mundo. Pero esas obras no tienen tanta demanda de lectores como las que se escriben en inglés. Por ende no generan tantas oportunidades de trabajo. Esto se matiza en el caso del portugués, el alemán y el francés porque existen fuertes programas institucionales creados para que sus literaturas, aunque no se vendan tanto, igual se difundan en el exterior. También el chino, el japonés y en menor medida el coreano, el holandés, el sueco o el finlandés son lenguas de estados con algún tipo de programa estable de apoyo a la traducción –en el caso del finlandés no es el estado sino el gremio de escritores el que otorga subsidios para la difusión internacional de sus obras. El italiano y el ruso son casos llamativos de tradiciones literarias enormes pero bastante desamparadas. En Argentina, un traductor literario puede llegar a vivir de su trabajo si la lengua que traduce es el inglés, el portugués, el alemán, el francés, en parte el japonés. Puede, en esos casos, sostener su profesión traduciendo cada año un puñado de libros de ficción, ensayo o biografías, reforzado quizás por algún manual o enciclopedia que, aunque son textos más “científicos”, circulan con reglas de la traducción literaria (y se alejan de la traducción legal de documentos, que es otro espacio y otra cosa).

Ocho libros por año es lo que hay que traducir para vivir básicamente de esto. O unas dos mil palabras por día, de lunes a viernes. Cansa, sobre todo si está cerca la fecha de entrega y uno tiene que apurar el ritmo. Cuando se traduce tres mil palabras por día, la barba crece más rápido. La convención para la tarifa en Argentina toma como unidad el millar, y lo que las editoriales pagan por mil palabras equivale, más o menos, al precio de una botella de whisky importado estándar (mayo de 2014: 200 pesos, 1 Jameson). Conviene entonces que la bebida te la inviten. Los encargos hechos por instituciones del Estado (ministerios, etc.), por individuales (autores) o por editoriales del exterior pueden tomar una tarifa más alta, la que uno propone o negocia.

* * *

En el siglo pasado era común que un traductor literario trabajara sólo para editoriales. Estas tenían un ritmo de edición más aceitado y hasta podía pasar que el traductor fuera un empleado de la casa, con un sueldo o una relación constante. Hoy uno trabaja para editoriales, escritores o estados. Cualquier elemento de esa triple E puede contratarnos. A veces son escritores (o sus herederos, o sus amigos) que quieren que su obra circule en el exterior. A veces son estados, que quieren promover la divulgación de su patrimonio literario. Se me ocurre que los espías, los agentes encubiertos y los distintos mecanismos para robar y ocultar información secreta fueron el sello de un pedazo del siglo XX, mientras que en este nuevo milenio los países, como los artistas en ascenso, más que ir por lo bajo buscan cualquier oportunidad para el autobombo. Así, de ocultar pasaron a competir entre sí por la exhibición más efectiva de sus patrimonios culturales. Y como estos suelen estar escritos en la lengua de cada país, ahí entramos los traductores. Vinimos a reemplazar a los espías haciendo lo opuesto pero con el mismo fin.

Cuando el trabajo viene de un escritor, uno recibe el llamado y no elige lo que traduce: lo negocia. De los estados en cambio raramente se recibe un llamado (y la invitación a traducir un texto que ellos eligieron); lo más común es que uno se entusiasme con un libro, o con un autor, y pida una beca o un subsidio para traducirlo. Los fondos o programas de traducción contemplan varias posibilidades (novelas de cualquier tipo, poesía, teatro, historieta) y, al menos a priori, no hay restricciones de autor: con que sea natural de ese país, alcanza.

Pero la mayoría de los trabajos se hacen con la otra E: las editoriales. Y pueden ser traducciones que ellas encargan o que uno propone. Para lo segundo lo que hay que hacer es llevarle a la editorial un proyecto, un libro que uno eligió y del que se tiene la seguridad de que los derechos de publicación en español no están en manos de otra editorial. Se hace un informe de ese libro y se traduce algún capítulo, que se da como muestra para que el editor evalúe. Mucha gente cree que con las editoriales primero hay que “pegar onda” ofreciendo una traducción gratis: sobre todo la gente de perfil universitario cree eso. Nunca hay que trabajar gratis y por suerte el grueso de las editoriales que están en el mercado formal (librerías) no promueven esa relación. Otro consejo para el que quiere vivir de este oficio es hacerse un primer currículum traduciendo algún libro para una editorial muy chica, de esas que no están en el mercado formal (sus libros más bien en ferias, festivales y ciclos de lectura) y que son muchísimas dispersas en todo el país: Funesiana en Buenos Aires, Neutrinos en Entre Ríos, Chuy en Bahía Blanca, etc. Yo hice eso para Eloísa Cartonera cuando las ediciones baratas con tapa de cartón se vendían en plazas. Las editoriales muy chicas no pagan, generalmente no tienen cómo pagar, pero el traductor que se está iniciando puede negociar un porcentaje de la venta de cada libro. También están las editoriales chicas a secas, o no tan chicas: sus tiradas son bajas pero tienen distribución en librerías, ISBN, algunas incluso van a la Feria de Frankfurt. La relación con ellas no es imposible; lo imposible es que te paguen. La única solución (siempre hay una) es llevarles una traducción y pedirles que ellas mismas gestionen un subsidio –las editoriales chicas son las mimadas de los programas estatales de apoyo. Si obtienen el subsidio, doy fe de que te pagan.

Por supuesto que los tres tipos de cliente –escritor, editor, estado– pueden estar relacionados entre sí. Cuando un escritor te propone un trabajo, él o ella pueden contar con apoyo estatal o editorial, no siempre lo pagan de su bolsillo. Los editores, a su vez, gestionan subsidios oficiales por sus propios medios, con los que costean la traducción y parte de la edición. De todos modos, a uno como traductor las propuestas le llegan (lo mismo si sale a buscarlas) de espacios bien diferenciados, y es bueno tener en cuenta estas diferencias a la hora de hacerse expectativas. Como también es bueno saber que, dentro de las editoriales medianas o grandes, algunas publican traducciones sin condicionamiento de apoyo oficial: cuando el subsidio está, bien; cuando no está, el libro se hace igual. Otras lo hacen solamente cuando hay apoyo.

* * *

Cuando empieza el otoño y llega, para enseguida quedar atrás, la Feria del Libro de Buenos Aires; cuando quedan atrás las presentaciones de libros recientemente traducidos y editados; cuando los invitados extranjeros vuelven a sus ciudades para reunirse con los afectos y preparar las valijas y los libros que llevarán a otros países del mundo y sus ferias; cuando la actividad toca su pico y todos se despiden con un abrazo y una felicitación, en ese momento el traductor literario se prepara, como un oso, para hibernar.

En medio del invierno, con las editoriales empezando a evaluar los libros extranjeros que recién en octubre (y en Madrid, o en Frankfurt) van a comprar; en medio del invierno y sospechando que esos encargos de nuevas traducciones van a empezar a caer con la primavera, y posiblemente con la última primavera, la del noviembre lluvioso y pesado; en medio del invierno y con la certeza de que es época no de ahorrar (ahorrar, si se logró, se logró en mayo) sino de economizar, de gastar poco; en medio de las preocupaciones por pasar el invierno llega de la nada el pedido de un desconocido: ¿traducirías mi libro? O llega una noticia: la editorial Mengana necesita un traductor para la enciclopedia de comidas sin grasas. El traductor hojea esos libros: le parecen impunes. La primera novela de Fulano es un desastre que el tipo, encima, quiere duplicar en español. A la enciclopedia hay que editarla, porque está robada de Wikipedia y ni siquiera homogeneizaron el texto. “Preferiría traducir sólo libros que me gustan”, dice entonces nuestro personaje. Y su novia le contesta: “No seas vago”. Su mejor amigo lo apura: “¿Cómo que ‘preferiría’? Hijo de puta, ¡si ya trabajás de lo que te gusta!” Su hijo vuelve antes de la escuela, se levantaron las clases por el partido del Mundial; escucha las cuitas del padre en torno a trabajos y preferencias y opina: “El técnico de la selección inglesa dijo que preferiría caer en el ‘grupo de la muerte’ antes que jugar en Manaos. Le tocó el grupo de la muerte en Manaos”.

En noviembre, con calor, en medio del vendaval de traducciones que las editoriales prevén lanzar en marzo; en el verano que ya asoma en noviembre por las calles que se tapan de autos porque todos durmieron con mosquitos y se levantaron cansados y nadie quiere ir a trabajar en subte o colectivo; en pleno noviembre con 32 grados al mediodía, el traductor se sienta en el living. En el escritorio junto a la ventana que alguien abrió en la medianera, se dispone a traducir durante horas con una botella de dos litros de agua tónica al lado. Y toma y traduce y piensa que el agua tónica es la octava maravilla. Va a buscar más hielo y traduce y sospecha que además de ser la octava maravilla es la más simple: agua carbonada con aroma de una planta que se llama quinina. Traduce y toma y abre una nueva ventana que le informa que en Argentina hay quinina a rolete porque se la cultivó mucho para tratar el paludismo. Hace una pausa e investiga la composición química de todas las marcas de tónicas. Cierra las ventanas paralelas que abrió y piensa en los tipos que corren por San Martín o Viamonte transpirando a lo loco y con una latita de Schwepps en la mano. Y se olvida del asunto para meterse de lleno, sin pausas, durante al menos una hora, en la novela que está traduciendo. Y siente que su oficio es el mejor que había disponible en esta ciudad.

Octubre de 2014

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2 comentarios to “La tónica del traductor”

  1. Rosa de los Vientos Says:

    Muy interesante este detallado ‘insight’ en tu profesión y sus entornos sociales ;). Increible, ¡¿8 libros por año!? Admiro a los traductores. Si a mi ya me cuesta traducir 3 palabras y encima me sale fatal, pues lo hago únicamente para mi blog…con la ilusión de comunicar ‘algo’ (enfermedad contemporánea) y en dos idiomas que no son mios originalmente, pero…no me gusta para nada hacerlo 🙂 Me quito el sombrero por tu dedicación al difícil oficio de traductor. Un saludo!

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