Barrera

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El aullido de los perros a la luna se explica.
Los bocinazos de los autos a la barrera, no.
El bulldog industrial con su correa
atada a la capital
apenas puede con sus fallas y encima
sufre una ajena: de cálculo.
Oro o lo que sea
estos minutos valen.
Chorrea la frente, los pies le pesan, se evapora
y entiende que la paciencia es el cuarto
estado de la materia. Detrás de él,
reservas de Ulises aguardan
la navidad de los autos, la condición
de nave que salga volando.
Hay, quién dijo que no,
en este lugar
todo tipo de fantasías
forjando familias tan nerviosas como imaginarias
a las que la cena se les atrasa.
Y hay un auto, a veces, que,
con la barrera alta, igual no arranca,
su conductor tomado por un nuevo puro límite
o ya midiendo el lío en que va a meterlo
su revelación.

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