Cuatro pelis de adolescentes

by

boyhood

En esa etapa que va desde dejar atrás la escuela primaria hasta dejar atrás (o al menos creérselo) la casa de los viejos; durante esos años consagrados al robo de gestos y momentos restitutivos de una felicidad que existió o, mejor todavía, de la que se fue testigo, salvajemente exhibida por los veinteañeros, y que por lo tanto ahora se merece; en ese tiempo donde no asoma fácil, pero tampoco imposible, romper la ley y sentir que se le puede ganar por knock out a la fría administración de la vida, las personas vivimos lo que la gente de otro planeta llama “adolescencia”. Palabra rara, que invita a pensar que todo suma y que las correcciones que nos hacían fueron al pedo (no es ni con s ni con c, ¡es con las dos!), pero que igual rechazamos, cuando tenemos esos años, porque nos resulta vacía de contenido: como si existiera otra edad. “Viene de adolecer, que significa sufrir”, dice la tía más volcada a los programas de media tarde. La tía inventa mal, su perversidad llega al punto de querer fraguarle a nuestros días una fatalidad instalada en el idioma. Nada que ver, viene de adulto, dice un primo al que odiamos porque es “joven”. Qué jodidos son todos. Si venía de sufrir era mejor.

Y aunque no sé si es muy representable –es la edad donde andamos siempre peleados con las imágenes–, lo cierto es que el cine supo buscar la adolescencia con una  tenacidad implacable, y lo hace cada vez más. Lo que el cine encuentra en ella, en principio, no siempre, es un final abierto, y eso, para toda película que le escapa a Hollywood, se diría que es casi una obligación. Las historias de adolescentes tienen además otra característica y es que, en cine, suelen ocurrir en el tiempo presente desde el que se filma o narra –hay excepciones, como María Antonieta de Sofía Coppola o, en nuestro país, la versión que hizo Javier Torre de El juguete rabioso– mientras que, en la literatura, la adolescencia retratada muchas veces atrasa unos quince o treinta años, ubicándose en la edad del pavo del propio escritor. Punto, entonces, para los directores de cine por sobre los narradores, que son más nostalgiosos.

Podríamos hablar de veinte, treinta, cincuenta películas que vemos cada año y en donde los protagonistas están ahí, en esa intemperie. Yo voy a hablar de cuatro que se estrenaron hace muy poco, en este 2014 de alto contenido púber, año en que el trono del idealismo fue finalmente desocupado por el Che Guevara para pasar a manos provisorias de Pepe Mujica y donde hasta los chicos católicos, por lo común formateados en la displicencia, siguen escuchando y tratando de asimilar el “Hagan lío” del Papa.

*        *        *

“No pertenecería a ningún club que me acepte como socio”. La frase es de Groucho Marx y solía repetirla mi psicoanalista. La complementaria vendría a ser: “Sólo me haría de un club que no me acepte, que me cierre la puerta”, y creo que por este lado hay que entrarle a la última película de Sofía Coppola, The Bling Ring.

Si un club no te acepta es porque naturalmente pertenecés a él. Los círculos están más cerrados cuanto más iguales son sus integrantes y los que quedan afuera. Si las estrellas de la farándula fueran distintas y tuvieran otro estilo de vida, no habría barreras artificiales separándolas de sus fans. Saltar esas barreras, entonces, no exige gran cosa: ni estudiar, ni devenir, ni ponerse las pilas. Literalmente es eso, saltarlas, saltar el cerco, entrar como un ladrón. La forma más efectiva para ser admitido en un grupo cerrado es bardeando a sus integrantes, invadiendo sus espacios. Si te interesa. Y a los chicos de esta película es lo único que les interesa.

No quieren ser artistas ni ingenieros ni coger; quieren tener muchas ropas de marca, que es lo que tiene la farándula. La envidia es su epistemología; el Nombre del Deseo es Louis Vuitton. El problema de estar tan atravesados de cultura (aunque sea cultura berreta, marquera) es que los vuelve un poco decrépitos ya a los dieciocho. La ausencia total de espacios abiertos, no legislados, es acá la tragedia que corre por debajo. Lo otro muy importante es que la película está basada en una historia real, de un grupo de adolescentes que en California, durante 2008-9, robaron las casas de media docena de famosos. Sólo que los verdaderos “bling ring” eran más latinos y morochos, y los de Coppola son menos latinos y morochos. Esto tiene una explicación y es que la directora creció en una época en que el hall de la fama en Estados Unidos era todavía muy rubio. Madonna estaba en su horizonte como para estos chicos está Jennifer Lopez.

*        *        *

Los adolescentes protestan y luchan contra el sistema hasta que se enamoran de alguien y mandan la política al closet. Viven enamorados hasta que un día les toca cocinar pasta y la vida se vuelve un desencuentro y la pasta mata al sexo. Alrededor no hay nada: ni amigos ni humor. El cuerpo herido por la infamia de existir en sociedad se refugia en el sistema de educación o en las redes de la gestión cultural: a los veinticinco se es un docente solitario, el Profesor Isla.

De Sthendal a Rohmer, todo convertido en nada. Un solo brillo en la película, el de las pieles y los cuerpos, obviamente atrae más a los adultos fetichistas y llorones que a los adolescentes, que ignoran lo que es pajearse con la plenitud perdida. Salí del cine, después de ver La vie d’Adèle, con la sensación de que Francia está muy vieja.

*        *        *

En la vida, cuando la cabeza de un adolescente guarda un impulso a punto de estallar, casi nadie se da cuenta de eso hasta que estalla. En las películas malas, en cambio, los pibes hablan, protestan y anuncian todo el tiempo que se viene un quilombo. Por eso me gusta la última película de Celina Murga, La tercera orilla: porque es como la vida. No pienso contar nada de la historia más que el punto de arranque: en una ciudad chica de Entre Ríos (parece ser Concordia o Concepción del Uruguay), un médico y dueño de un laboratorio tiene dos familias: la mainstream, con esposa joven e hijito prolijo obligado a jugar rugby, y la clandestina, con mujer bonachona, hija mujer a punto de cumplir quince años y dos hijos varones: un chiquilín igual a Fontanini (defensor de San Lorenzo) y uno de 17 que es el que, bueno, un día estalla.

¿Se acuerdan del comienzo de Buenos Aires Viceversa de Agresti, del tema de Pescado Rabioso que le vuela la cabeza al pibe protagonista?  Acá el comienzo es todo lo contrario: los cuatro chicos de las dos familias jugando tranquilos en el patio al Ludomatic. Son diez minutos maestros los del comienzo. De la directora se dice que capta a la perfección la adolescencia, que ya lo hizo en sus películas anteriores. Lo hace sin la neurosis de creer que la película tiene que tener sacudidas porque la adolescencia es así. Pero claro que en un momento invade la rabia. Y en un karaoke el chico canta un cover de Spinetta muy punk.

La crítica del film señaló el contraste entre el padre monstruoso (su doble vida es monstruosa) y el hijo mayor que quiere cambiar el juego. Está bien, pero La tercera orilla no es un esquema simple. El héroe tiene rasgos del “enemigo”, y lo sabe. Le gustan algunas cosas del enemigo, le gustan mucho. Y además sabe muy bien que está en una encrucijada y que su caso no es tan simple como rajar de casa. Walter Benjamin decía que lo único irremediable en la vida es no haberse ido a tiempo de la casa paterna: lindo, a mí a los 19 me sirvió. Pero este pibe tiene que romper con la ley del padre y al mismo tiempo es el hombre de la casa (el otro es apenas un visitador y un proveedor de electrodomésticos nuevos).

La peli es un relectura del que para muchos es el mejor cuento de la literatura brasileña: “La tercera orilla del río” de Guimaraes Rosa. Cuentazo y gran canción de Caetano Veloso también. Es claramente una relectura no sólo por el homenaje en el título sino por cómo se conforma la familia en ambas historias: madre, hija mujer, dos hijos varones, padre evasivo. Pero después están las diferencias. En el cuento de Guimaraes Rosa el padre un día dice “me voy” y se sube a la canoa para perderse (“y lo dejé todo por esta soledad”, podría cantar ese padre). Acá el progenitor siempre fue un desnorteado y el que efectivamente canta “y lo dejé todo…” es el hijo, que tiene que irse para dejar de ser adulto prematuro y convertirse en un hombre a tiempo.

Los últimos quince minutos los pasé llorando, porque las historias de responsabilidades tempranas me conmueven. La escena final, que vi por ahí que fue bastante criticada, no me resultó fascinante ni esperaba que lo fuera. Me pareció, también, como la vida a los dieciocho, sin brillo ni espamento externo, el iceberg de la adolescencia bajando tranquilo, sus aguas preparándose para un nuevo curso –cuando la veas, lector, acordate cómo fue.

*        *        *

Finalmente está Boyhood, la más exhaustiva de las películas abiertas. Filmada durante trece años, desde que el actor y protagonista era un chiquito hasta que cumple diecinueve y entra a la universidad. Y filmada por un director, Linklater, que evidentemente es un experto de la fragmentación amable, de la elipsis clara, de la Gran Obra sin espamento. Está tocada por la maravilla que el psicoanálisis nunca va a explicar: cómo un padre y una madre bastante desastrosos pueden “hacer” de su hijo un gran tipo. La película hace foco en el chico pero es también una historia de maternidad, de paternidad y de hermandad, y uno como espectador siente su nariz moviéndose tan libre de cualquier tironeo por parte del director que al final es por esa razón, por esa soltura, que pudimos ponernos en la piel del chico, la chica, el padre y la madre. Este cronista, mientras la veía, fue una madre a la que los hijos le crecen y la dejan sola. Y fue también el padre que es, llevando a sus hijos a la cancha de San Lorenzo y hablando hasta por los codos de Romagnoli, como Ethan Hawke habla de ese beisbolista que todavía la rompe a los cuarenta. Eso atraviesa la charla entre un padre y su hijo adolescente: el mito del jugador pasado de años pero cuyo lugar no podría ser ocupado por ningún otro. Es la forma que tenemos de decir que está bien crecer, o que no está tan mal, mientras exista, tenue y a cierta distancia, la figura del viejo irreemplazable.

Anuncios

2 comentarios to “Cuatro pelis de adolescentes”

  1. FedericoR Says:

    Brillante, che. Hay dos o tres frases que me conmovieron mucho y no repetirè, porque esta esta no es la historia de mis emociones sin de Tlon, UQbar y Orbis Tertius.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: