No hay más Dios (que Dios)

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larach

En la mesa de un barcito de la costa atlántica, hace quince años, de visita en la ciudad marroquí de Larache, escuché por primera vez hablar de “post-islamismo”. Un estudiante ateo, o laico, que nos invitó a mi amigo y a mí a compartir su mesa, tiró en un momento la palabra. Ahí, en el borde más cercano a Occidente del mundo de la sumisión a Dios o islam, el futuro se presentaba luminoso para aquel pibe que no había querido, dijo, irse a vivir a Europa y convertirse en ciudadano de segunda. Veía un avance de la democracia en los distintos países musulmanes, desde las playas de Larache hasta la isla más oriental de Indonesia, casi pegada a Australia, y estaba tan confiado en el futuro que, cuando se habló de grupos fundamentalistas, dijo que cada vez convocaban menos adeptos. Muchos de esos pequeños grupos se nucleaban en una historia y un nombre: Hermanos Musulmanes. Pero según los teóricos y los partidarios del post-islamismo, estaban condenados a desaparecer. Hace quince años nos sentábamos, mi amigo Federico y yo, en ese barcito donde, según el estudiante marroquí, alguna vez se habían sentado a tomar té con menta Bob Marley y los Rolling Stones. A unos metros estaba la playa y el mar abierto, celeste; un poco más lejos, en un vallecito, las ruinas romanas, totalmente abandonadas entonces, de la estación de Lixus: punto de embarque marítimo de leones africanos hacia los circos de Roma. En la televisión del bar –un local donde sólo entraban hombres– estaban pasando “Expedientes Secretos X”.

Nos explicó que en el futuro, en el post-islamismo, los países musulmanes iban a respetar la libertad de culto, y que las mujeres iban a tener los mismos derechos que los hombres –ahí el pibe nos dijo: “como en Argentina”. Nos sorprendió entonces con lo que conocía de Argentina: Menem, Evita, la música de Sandro. Se guardó para el final un golpe de efecto: “Tengo un primo en Haedo. Sus hermanos viven en Europa, pero él es el único que vive feliz”. Mientras charlábamos, en un momento me sentí atraído por el doblaje al árabe de los Expedientes X.  Y me di cuenta de que, cada vez que Mulder movía la boca, salían palabras, mientras que, cuando era Dana la que movía los labios, sólo de vez en cuando los acompañaba algún sonido, apenas en los momentos, interpreté yo, en que la trama tenía algo muy importante para decir a través de ella.

Quince años más tarde, en el ámbito musulmán ya no se habla de post-islamismo. Y hasta se esgrime la etiqueta opuesta: el resto del mundo que aún no abrazó el Corán vive en un estado de ignorancia “pre-islámica”. O sea, lo que nos define hoy a nosotros es que somos pasajeros en trance al Islam. El concepto de ignorancia pre-islámica es del filósofo egipcio Sayyid Qubt, uno de los héroes fundacionales del movimiento Hermanos Musulmanes. Qubt se formó en Estados Unidos lo mismo que su pupilo Osama Bin Laden, y acabó desarrollando una tesis según la cual el gran enemigo del islamismo es la religión del individualismo (que aunque hoy triunfe en Occidente es, para este autor, una religión primitiva, propia de los antiguos pueblos politeístas). El Yo es el Mal, es el falso dios, venga de la boca de un norteamericano o de un árabe. El eslogan de la tesis de Qubt, sencillo, repite un mandamiento de su doctrina: “No hay más Dios que Dios”. Y en un trecho de de su libro Jalones en el camino se dice que: “La tierra no puede ser purificada mientras el estandarte ‘No hay más Dios que Dios’ no se haya propagado por el planeta”.

Del estudiante marroquí con familia en el conurbano oeste nunca supe más nada. Pero en estos quince años me acordé seguido de él. Una década corrió entre la destrucción de las Torres Gemelas, aquel “Never mind the bullocks” de Osama Bin Laden, y la revolución en Túnez, democrática y encabezada por estudiantes. El universitario tunecino que en 2010 se mató prendiéndose fuego en la calle, y que con ese gesto inició la llamada “primavera árabe”, tuvo para mí la cara de aquel marroquí que quizás ya sabía, a fines de los ’90, que no iba a ser tan fácil instalar el futuro post-islamismo. Las protestas en Túnez se derramaron a Egipto, Jordania, Argelia, también a Siria. Los logros, parciales en el mejor de los casos, siguen defendiéndose hoy a través de acciones de protesta y milicias revolucionarias. Las lideran jóvenes que no quieren vivir bajo dictaduras algo tolerantes en lo religioso pero aun así interesadas en mantener al grueso de la población en estado de miseria y analfabetismo; jóvenes que tampoco quieren un gobierno fundamentalista opuesto a aquellos “dictadores laicos” y signado por las ideas de los Hermanos Musulmanes. Jóvenes que tampoco quieren la alternativa del exilio: emigrar a Europa y convertirse en ciudadanos de segunda.

Cuando creo que tengo una semana difícil pienso en esos pibes árabes, esos que no quieren una oligarquía laica ni una sumisión religiosa ni una vida de segunda en Europa. Ni saben dónde queda Haedo.

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Una respuesta to “No hay más Dios (que Dios)”

  1. natalia castex Says:

    El otro día hablaba con un amigo a quien quiero y admiro, mientras disfrutábamos de una increíble tortilla a la española, de lo mucho que nos aburre lo que escriben los “jóvenes” escritores. Todos hablan sobre si mismos todo el tiempo. La literatura se convirtió en anécdotas, en pequeñas selfies literarias. Ya sea para contar la masacre de París o para integrar una antología futbolística, siempre de algún modo se las ingenian para hacer pasar todos los relatos por el tamiz de su propia experiencia. Como si la falta de pericia para volver interesantes o creíbles a las historias hubiera que compensarla con el encanto de sus protagonistas.

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