Barrio de gatos

by
brec

Alberto Breccia y Moebius

Soy el único, en esta larga hilera de pehaches, que tiene ventana en la medianera. Esa pequeña ilegalidad –ínfima en el barrio de Flores– hace que la luz del sol llegue a este primer piso también por el oeste. Y hace que puedan visitarme los gatos de la casa de al lado: tres gatos adultos, de alrededor de seis años, que se pasan los días en una terraza enorme debajo de la cual se instaló una nutrida familia okupa. Independientes como sus hermanos los gatos callejeros, los tres viven de la caza de pajaritos, trepándose a las ramas del plátano en la vereda o haciendo excursiones al pulmón de manzana. Desde que están los okupas, aprovechan también los restos de comida de ellos. Pero no son gatos domésticos, al menos no en el sentido habitual. Son señores de una casa que hoy tiene personas. Vienen a mi departamento casi todas las tardes, a la hora en que el sol ya no les gusta mucho. Entran por la ventana y se quedan en el living, no los dejo pasar a la pieza. Y pueden cruzarse a veces con otros gatos: los domésticos de mis copropietarios. Estos visitan mi pehache de tanto en tanto, cuando sus dueños no están. Se cuelan por la puerta si la dejo abierta, o por las ventanas que dan al este y al pasillo. Tampoco vienen buscando comida, sino contacto con los gatos de al lado.

Alberto Breccia decía que todo buen dibujante debe tener gatos, y que cuantos más gatos tenga, mejor dibuja. Él no quería quedarse atrás: tenía catorce. Mis hijos dibujan y quieren mucho a los dos gatos que tienen en la casa de la mamá, pero todavía no los vi dibujar un gato. Quizás el secreto sea un amor incondicional, que no pide representación. Tampoco la obra de Breccia es generosa en felinos –sus animales tienen más arrugas: perros, hombres. Si la representación del gato no corresponde o está de más (pero a la vez se aprende a dibujar mirando gatos), hay ahí una moral estética. Quizás tenga que ver con esto otro que leí: los gatos son los únicos animales que se domesticaron a sí mismos. Las personas no los amansamos, ellos vinieron y se quedaron cerca de las casas. Y autodomesticarse nunca es lo mismo que ser domesticado. Los dibujantes pintan la aldea teniendo en cuenta esa diferencia, y representan a los gatos con más cautela que al resto de los seres y las cosas.

Ahora acaba de irse el gato de mi vecina de abajo, Patricia. Se llama Simón y hoy estaba solo. Empezó a venir cuando Patricia, que en los 80 armó un fanzine y una banda punk, estaba de gira presentando el libro que recopila aquellas viejas fotocopias y tocando con su nueva banda de cumbia. Patricia hace yoga y quiere mucho a Simón; es lo contrario de esa pionera del punk que se le ocurrió a Capusotto en la tele, Violencia Rivas, y que termina cada capítulo revoleando un gato o pegándole un tiro. Mi vecina es incapaz de maltratar a nadie, pero a Simón a veces lo deja solo porque, bueno, le está yendo bastante bien con la banda. En la misma manzana, del otro lado del pulmón verde, vive Juancito, un tipo con un corazón enorme, que antes cantaba en Pequeña Orquesta Reincidentes y ahora tiene grupo nuevo, Acorazado Potemkin. A este ritmo, y si su banda sigue en ascenso, ya van a venir también sus gatos a mi casa.

Van a sumar catorce en cualquier momento. De ninguno de ellos voy a decir que es “mi gato”, lo que sería un oxímoron. No voy a creer que son míos ni voy a representarlos: perdí el don de dibujar, nunca me gustó la manía de sacar fotos. Será mi secreto contra esta época: convivir con gatos y no mostrarlos. Un día surgirá de Alemania un ensayista serio, un filósofo riguroso, con la respuesta al enigma de hoy: por qué tanta gente ganó nuevas herramientas para comunicarse pero las usa para sacarles fotos a sus gatos. Explicará el fastidio que el mundo actual siente por la palabra y a la vez el abuso de la primera persona que cometemos: dos dramas incompatibles, dirá ese alemán, salvo en las fotos con “mi gato”.

Voluntad de domesticarse a uno mismo: eso podría estar sugiriendo la representación sin esfuerzo del gato en millones de fotos. Esa confianza o esa ilusión. Un animal vuelto metáfora de la pertenencia a medias, según nuestras propias condiciones, a la gran casa virtual. Sin embargo antes de internet éramos nómades. Recién hoy algo nos domestica.

No paro de escribir desde hace tres noches; debe ser por la luna llena, porque el whisky se acabó. Pongo todo mi esfuerzo en estar quieto y por la ventana de la medianera miro la terraza de al lado. Ahí están, esos extraños. Esos que cada tarde me visitan. Curtidos y ágiles, ni callejeros ni familiares, los tres ahora en actitud vigilante, preparados para cazar cualquier bicho desprevenido, mientras en los departamentos de la cuadra duermen los otros gatos, los domésticos, contentos porque hoy es martes y no hay recitales ni bares ni nada, y sus dueños duermen con ellos.

Enero de 2015

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