Puntal en el desprendimiento

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La biblioteca estaba un poco fría y distante, y teníamos que volver a enamorarla. Recién casados, mi mujer y yo un día miramos los estantes y descubrimos con terror una especie de aburguesamiento general del espacio libresco. Alguien –no nosotros sino un espíritu maligno– había ordenado los libros por editorial, por forma, por color y en última instancia –la más terrible– por ambición de tener todo: todos los números de una revista, toda la serie de una colección, todos los títulos de una editorial. Faltaba incompletud en esa biblioteca. Sobraba dejadez en esa sofisticación. El matrimonio acusaba el impacto de todo con lo que te casás para amortiguar el matrimonio: cuando esas cosas se fijan, cuando no corre aire y algún punto de imprevisión entre ellas, terminan lastimando. El mundo había logrado instalar en nuestros cerebros de pareja la idea de que el Todo le da sentido a las Partes. Y así íbamos acumulando porque es “lindo”, porque la serie queda bien si está completa, aunque algunas temporadas no nos interesaban. Nos había entrado un virus no del todo ajeno a la dimensión invasiva del amor –del amor por la vida, por la pareja– pero que sin embargo se puede combatir y hasta erradicar. El matrimonio no es aburrido; lo aburrido es casarse y coleccionar todos los libros de Caja Negra o de Anagrama.

Así que nos miramos y dijimos: “Hay que empezar de nuevo, y algo de sangre va a correr”. Llegó entonces el tiempo de la selección: chau hermosas tapas huecas, chau partes insustanciales de conjuntos, chau traducciones al anagrameo de novelas que nunca nos iban a gustar. Mantuvimos ciertas cuchas y criterios, porque los dos los necesitamos: ahí el sector de poesía, más allá el de los cuentos y novelas, los estantes de abajo (que son los más altos) para el arte y la historieta; los de arriba para la historia, la filosofía, el ensayo… No nos interesaba postular el desorden tanto como defender la incompletud. Y por suerte vino un año malo, los dos tuvimos menos trabajo y la crisis terminó de salvar a la biblioteca y al matrimonio. Tener menos plata nos ayudó a dejar de tener lo que no nos interesaba. No sólo se acabó eso de comprar libros por la pinta del envase o por la serie que formaban; además fuimos al parque y vendimos o canjeamos todo lo que estaba en nuestra biblioteca de pura facha. Lo que quedó se ordenó en un esquema muy básico de sectores (“esta parte es narrativa; esta sub-parte, chilena”) capaces de hincharse o desinflarse por cualquier lado: por el medio, por las puntas. Uno de los dos arriesgó un orden alfabético, que por suerte no implementamos. Y así las cosas mejoraron, volvimos a enamorar a la biblioteca y, contentos con el resultado, al poco tiempo éramos de nuevo, mi mujer, el espacio de los libros y yo, un pequeño ecosistema familiar volcado por igual al orden y a la aventura.

En la volada cayeron libros de editoriales grandes, mundiales y conocidas, y otros de sellos chicos, locales y colorinches que alguna vez compramos pensando que iban a ponerle algo de picante y desfachatez a nuestra relación (con la biblioteca). Teníamos por ejemplo unas diez novelas de “nuevos narradores argentinos”, todas escritas en primera persona, y en donde el protagonista podía ser un escritor de barrio que viaja a Alemania a presentar su libro y termina pudriéndose del show business literario y comiendo feliz, y de parado, un shawarma en la estación del Zoo Bahnhof. Teníamos también pìlas de libritos en donde el héroe era un joven porteño ortodoxo que consumía drogas, chateaba, bailaba música electrónica y en sus sueños jugaba al tenis con Fogwill. Los habíamos comprado porque, desde sus tapas perfectamente diseñadas como pastillas, prometían un mundo de tibia locura llevadera y revitalizante. Lo que no sabíamos era que ese furor vital lo íbamos a terminar sintiendo recién cuando los fletamos de casa. En cierto modo nuestra biblioteca ya lo sabía, y por eso había relegado esos libros a un rincón bastante apagado e inútil: el popular (aunque no famoso) “estante de lo que no querés”, ese que, si la biblioteca fuera un aparato digestivo, sería el apéndice.

Hoy sólo dejamos que se queden en casa los libros que vamos a querer leer otra vez. Ese es el dogma: cuando los dos leemos un libro y sentimos que nunca más vamos a querer abrirlo, lo vendemos o lo canjeamos o lo regalamos o lo tiramos a la basura. Lo que nos gusta –la parte “no invasiva”, la llamamos– se queda en la biblioteca, y claro que uno nunca sabe si efectivamente va a releer tal o cual libro, pero de esa incógnita también se nutre la divina incompletud. De los que se quedan ninguno tiene, en principio, garantía de quedarse para siempre; casi todos están sujetos a la posibilidad de que en la segunda lectura (o en la tercera, que bien dicho es la segunda de la segunda) les toque tener que emigrar. En cuanto a la “parte invasiva”, le armamos la valija ni bien la detectamos y listo. Libro que no nos gustó va de regalo a alguien a quien podría gustarle o va a las webs de reventa, o va al parque, o va, de última, si creemos que nadie se merece ese oprobio, al tacho de basura, lo cual también es una forma de dar valor.Tomar decisiones caseras es hermoso; no activarlas es horrible. Y eliminar un libro impreso que no te gusta no es tan difícil. Hoy se habla mucho de los libros digitales y su supuesto triunfo y la próxima desaparición del libro impreso. Es una gran mentira digitada desde el interés o desde el miedo, y eso que algunos pronostican no va a ocurrir. Dos cosas hacen que el mundo de la edición digital esté condenado al fracaso: una es que sus libros no pueden compartirse; la otra, más importante, es que no se los puede reventar. El libro digital es un fiasco porque no tiene valor de desprendimiento; eso es algo que muchos editores no pueden ver porque ponen a los lectores en el lugar pasivo del consumidor. Pero para los verdaderos lectores que siempre existieron y existirán sólo importan los libros en la medida en que pueden dejar de tenerse. Compramos porque podemos perder, leemos porque podemos olvidar y capturamos porque creemos en las dos dimensiones del desprendimiento: la generosa del regalo y la fría del abandono, la reventa o la destrucción en el tacho de basura. Desprenderse es una forma de apuntalar. Las parejas que no entienden eso están amenazadas en el futuro mucho más que los libros, a menos que asuman esta verdad que hoy sabemos en casa: lo que no se puede soltar no puede amarse.

Enero de 2015

 

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Una respuesta to “Puntal en el desprendimiento”

  1. Natalia Castex Says:

    Me encanta este texto.

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